Vilma

Cuento

En un intento desesperado por quitar de mí cuatro moscas que no me dejaban en paz, accidentalmnte saludé a una mujer que cruzaba la calle. Esto al parecer, resultó ser una invitación para que viniera a comer conmigo. Ella iba con alguien. La despidió y cruzó de nuevo la calle para llegar a sentarse frente a mi. El que ella estuviera ahí provocó que todas las moscas huyeran, esto me hizo pensar y dudar de mi olor corporal, pues ella llevaba puesto un perfume que olía a coco y yo únicamente refresqué mi cuerpo con la barra desodorante.

Junto al mostrador se encontraban comiendo a toda prisa unos jóvenes en compañía de su abuelo. A juzgar por las camisetas que apoyaban espiritualmente a un equipo deportivo, diría que únicamente iban rumbo a apoyarles a ronco pecho. Descarté la posibilidad de que fueran jugadores y que el anciano fuera su entrenador en el momento en el que uno de ellos se acusó a sí mismo de ser «Vilma». Me pregunté, instantes antes de tener a una mujer sentada frente a mí, el significado de éste. Hasta que salió al rescate su propia contestación la cual completaba la pieza faltante a este rompecabezas lingüístico. Creía, pues, que hacía referencia a alguna tía suya que tenía pésima condición física, o algo referente a la salud. Pero no, aquel nombre era un torpe juego de palabras que hacía alución a sí mismo quedando lleno tras haber comido: «Vilma-rrano». Ningún jugador sería tan estúpido como para decir eso.

La mujer esperaba sonriente. Pedí otro menú al mesero, quien coqueteaba a un hombre de mil años. Me lo entregó de mala gana para continuar sus frases de cortejo que, seguramente ese hombre habrá de haber inventado hace cientos de años. Para romper el hielo, hice una pequeña broma referente a una familia que almorzaba gustosamente junto al ventanal en el restaurante cruzando la calle.

“De seguro el padre querrá pagar.” comenté.

“Naturalmente.” dijo ella.

No me había dejado continuar. “Pero es más probable que el hijo se ofrezca a pagar, aunque no ha de tener dinero alguno en su cartera.”

“¿Por qué haría algo como eso?” interrumpió.

“Es por cortesía.” respondí con una sonrisa (por cortesía, también). Proseguí.

“Esto mismo, lo del hijo no teniendo dinero, estoy muy seguro de que la hermana lo contempló y ella se ofrecería a pagar por el hermano, quien primero había propuesto pagar por su padre, quien estaba dispuesto a pagar en primer lugar.”

Esta vez no interrumpió. Le dio un sorbo a mi café sin mi permiso y yo seguí hablando.

“No obstante la madre, por ser la madre, previó todo esto en el momento en que el padre pide la cuenta; por lo que ella sería quien termianría pagando voluntariamente el almuerzo. Sin embargo, el padre insistiría en que sería él quien pusiera los billetes sobre la mesa. Y ésto se convertiría en el cuento de nunca acabar.”

Concluí, reí y esperé su respuesta.

“Ya veo,” contestó después de un momento de reflexionar “¿siempre haces ésto?”

“Sí.” respondí sin saber a qué se refería con «ésto».

“Interesante.” espetó y comenzó a hojear el menú.

La manera en la que daba vuelta a las hojas me inducía en una especie de sueño del que no me permitía escapar. Sentía como me era llevado a una jaula del color de sus uñas.

Sonreí sin decir nada y bebí del café que le habían servido a ella.

Like what you read? Give Diego Rodríguez a round of applause.

From a quick cheer to a standing ovation, clap to show how much you enjoyed this story.