El arte de untar una tostada

Brooke Cagle on Unsplash

Hay alguien a quien le preparo el desayuno todas las mañanas que me dice entre burla y enfado que no hace falta que pinte las tostadas como si fueran una obra de arte, que sólo son tostadas. Y es que sí, para mí untar una tostada con mantequilla y mermelada es un ejercicio relajante, casi de meditación y soy perfeccionista hasta dar asco. Cada fragmento de tostada con la misma cantidad de mantequilla y mermelada, las esquinas bien cubiertas… Me gusta hacer las cosas como me gustaría que me las hicieran a mí.

Y eso que ya te conté que yo desayuno tostadas con aceite y sal. Al respecto, esa misma persona me dice que por mucho que intente echar el aceite como yo lo hago, es incapaz, que se ha fijado y que no hay forma de copiar mi movimiento de muñeca. Medio de burla, medio en serio, obviamente, pero estas cosas a mí me hacen pensar.

Las manías son un tema de conversación que creo que debería ser recurrente entre parejas y amigos. Creo que son el origen de muchos divorcios en la actualidad. O, al menos, de muchas peleas. Porque chocan las unas con las otras y el respeto o la tolerancia empiezan donde terminan tus propias manías.

Por ejemplo, imaginemos que tengo la manía de dejarme el último sorbo de café porque suele estar frío, amargo, con posos y me mata el saborcito rico que ya conservo en la boca. Ahora imaginemos que tú tienes la manía de beberte hasta a última gota del café que hay en la taza porque no soportas ver que quede nada. Choque. Y este es light. Pero los hay que pueden hacer tambalear los cimientos de la paciencia de una.

Por supuesto, hay manías propias y manías inculcadas. Es decir, hay manías que desarrollamos por nosotros mismos y otras que, si te paras a pensar, vienen de los miles o millones de veces que tus padres te han repetido algo. Por ejemplo: ¡No se deja ni una miga en el plato y ni una gota en el vaso!

Con los años, nos volvemos menos tolerantes y más exigentes. Desactivar el chip de una manía cuando vas a casa de alguien, a un restaurante, a un hotel… me cuesta. Me cuesta respirar hondo y decir: si alguien hace las cosas, las hace a su manera, que seguramente no es la tuya. Ni mejor ni peor, simplemente distinta. En mi propia casa, la desactivación es misión imposible.

Darte cuenta de que tienes un problema es, dicen, el primer paso para su resolución. Lo único es que no tengo yo muy claro que esto la vaya a tener a corto plazo. Yo diría que empeora día a día.

De momento, cuando entro en conflicto con las manías (o ausencia de las mismas) de alguien y voy a estallar y a convertirme en una bola de fuego que ríete tú del kame hame ha, me obligo a pensar: ¿no te gusta así? Pues hazlo tú, bonica.