Carmela

Esa noche mientras esperaba el colectivo, Carmela se dio cuenta de que algo no estaba bien. Eran las diez de la noche y en las afueras de la ciudad donde ella vivía ya no quedaba nadie. A pesar de que era primavera, en esa zona la gente se iba a dormir temprano.

Estaba preparada para una reunión de trabajo con motivo del fin de año. Su horario de oficina terminaba a las cinco de la tarde y ese día había tenido tiempo de atarse los ruleros. Cada día, cuando regresaba a casa ponía la pava y se preparaba un té con limón en una taza de asa pequeña. Hacía tostadas y aunque a veces se le quemaban las raspaba con un cuchillo y se las comía con mermelada casera de naranja que realizaba en el tiempo libre. Después, ponía un mantelito en la mesa y acodaba todos los elementos. Se sentaba y se sacaba los zapatos.

Cuando giró la cabeza para ver si se asomaba el ómnibus sintió un tirón en el hombro, cuando giró hacia el otro lado no vio a nadie. En el hombro izquierdo llevaba una cartera cuadrada negra y opaca. La abrió y revisó que todo estuviera en su lugar: el monedero de broche, el espejito de cartera, el peine pequeño y el lápiz de labio rosa pálido, después se volvió a sentar y cruzó los tobillos.

Durante la semana, después de merendar lavaba la vajilla y subía a la habitación. La decoración era victoriana y tenía apenas unos colores pasteles. Parecía el cuarto de una mujer anciana y no el de una cincuentona del mundo moderno como ella. Después se sentaba en la cama, bajaba el cierre de la pollera azul, se desabrochaba la camisa y se quedaba en enagua. Se metía al baño y cerraba la puerta, aunque estaba sola, así, se quedaba hasta la noche.

Cuando sintió un ruido se levantó nuevamente para seguir la trayectoria de los vehículos. Vio hacia el horizonte y levantó la mano. El colectivo pasó sin detenerse, pero cuando el vehículo avanzó, ella ya no estaba.

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