Wanda, 31/12/1999

Te recuerdo Wanda

(A una década de la muerte de Wanda un 1 de octubre de 2004 -fecha que era también la de su cumpleaños-, repito esta columna que escribí tres meses después de su partida a modo de honrar y celebrar su memoria, lucha y vida. El escrito publicó originalmente en la sección de deportes del diario Primera Hora en enero de 2005, pero el homenaje a Wanda será eterno)

Por la naturaleza de mi trabajo, he tenido la oportunidad de estar cerca de algunos de los atletas más deslumbrantes y famosos del mundo. Deportistas a los que se les idolatra como héroes por su talento, por su valentía, por sus hazañas. Pero, debo decir que, no importa la grandeza de estos atletas, hay personas de la vida cotidiana que me despiertan más respeto y admiración, aunque nadie nunca les dedique unas palabras. Wanda, por ejemplo.

Eran los primeros días de octubre de 2004 y parecía que en Puerto Rico la gente sólo hablaba de una cosa: el regreso al ring del boxeador Tito Trinidad. Mi familia y yo, en cambio, sólo podíamos pensar en ella.

Es imposible saber el momento exacto en que el cáncer se alojó en su cuerpo. Si recuerdo que fue a finales de los años 80 cuando atacó su cerebro y depositó allí un tumor. Aunque los médicos no garantizaban nada, la operación para extirpar el tumor fue todo un éxito. Tonta enfermedad, no sabía que su espíritu era inquebrantable. Luego vinieron las sesiones de quimioterapia que le hicieron perder el cabello poco a poco, tal como el otoño deshoja a un árbol hasta desnudarlo.

Pero, en unos meses, Wanda volvió a florecer con las ganas de vivir intactas. El cáncer no se daría por vencido. Años más tarde amagó con alojarse nuevamente en su cerebro. Luego le costó uno de sus pechos. Poco después el otro. Ella luchaba con estoicismo, guiada por una fuerza interna que nunca comprendí del todo. Lo normal era que diera muestras de debilidad, que se dejara caer. Pero no. Quejarse no era una opción. Luchaba sin decir palabra. Pero la enfermedad tampoco cedía.

En el pasado año, el cáncer se encargó de recorrer todo su físico hasta que logró postrarla en una cama. Se apoderó de sus órganos, penetró sus huesos, tomó control de su cuerpo y lo pobló de tumores. Le arrebató la voz, le borró la sonrisa y le dejó a cambio una mirada llena de dolor e incertidumbre.

Pero, era inútil. El cáncer no podía cantar victoria. En más de 15 años de acecharla, la enfermedad nunca pudo tocar una parte de su cuerpo: su corazón. Ese corazón de acero inolvidable que con el recuerdo de sus latidos hoy me impulsa a brindarle estas palabras como homenaje.

El pasado 1 de octubre de 2004, día en que cumplía 43 años, mi hermana Wanda dejó escapar su último suspiro y se dejó ir de la vida. Pero se fue luchando…

A mi madre, por darlo todo.

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