La luz me cegó momentáneamente. Mis ojos tardaron algunos minutos en acostumbrarse al gran dios dorado, mi gran dios hermoso; han pasado tres días y la espera se está haciendo larga; mis patas — o mis ansias — , inquietas, necesitan movimiento; forma.
Recuerdo una sensación parecida cuando comenzó la primavera, pero entonces, era por la necesidad de reproducción, lo pude saber cuando me encontré bajo la tierra cavando y cavando túneles de oscuridad, esa oscuridad cuya forma es ovalada. Hice una cueva principal que conectaba con seis canales; la entrada era el túnel más largo y me hallé ahí, como araña, inmersa en aquella fatigante y obsesiva tarea y no fue sino hasta terminarla que me pregunté: ¿Para qué hago todo esto? ¿Tiene algún sentido? Y no lo tenía o, no en ese momento. Era apenas una joven, mi cuerpo apenas había cambiado de costra por primera vez ni siquiera tenía pareja, ni siquiera pensaba en los machos, a Kúo lo conocí cuando mi casa ya estaba haciéndose vieja y decidí ir a aplanar el terreno, fue cuando lo vi con aquella inmensa y apestosa bola de mierda cerro arriba, que me enamoré a primera vista. Lo seguí en silencio, y sin se que diera cuenta me subí al excremento. Un olor dulce a pasto ligero, el color ámbar negruzco de la descomposición y sus tenazas llenas de angustia; nos miramos unos segundos y me animé a decirlo: Es una bola hermosa.
Hace un mes que él murió. Salió, al igual que yo, a entregarse al dios dorado y su cuerpo, ya vacío fue arrastrado por el viento, me he preguntado hasta dónde arrastrará el mío. Todos nuestros hijos han emigrado a tierras nuevas, allá donde el olor a estiércol se condensa en las mañanas, allá donde dicen que los desechos de bisonte se pulen mejor y más rápido, no como los de aquí, en donde esos caballos y la ingesta de paja seca hacen difícil la labor del pulido. Me tardé tres días en sacarle brillo a nuestra bola, pero estoy orgullosa porque la cubierta se selló tan bien que la mierda comenzó a fermentarse en unas horas y los huevos se calentaron rápido. La bola central era la que hicimos juntos. Las demás, con sabores distintos, eran sólo provisiones.
Cuando salí, no pude evitar seguir haciendo bolas, estoy rodeada de ellas. Bolas llenas de prisa y angustia, bolas en las que está creciendo el momento me mi muerte. Luego salió la diosa de plata y vistió el campo de oscuridad, esta luna que siempre me acompaña desde que pasé mi primera noche acá afuera y preocupada y miedosa, di mis primeros pasos en la tierra alta, lejos de mi cueva y de mi madre y mis hermanos, pobres de nosotros y de nuestra ocupada vida circular como nuestra mierda: nacemos dentro y salimos, luego volvemos dentro a darle hijos a naturaleza y volvemos a salir a que nos lleve el dios dorado, entonces llega el viento que nos transforma en materia para hacer más mierda.
Rápido, rápido, rápido; mis patas están acostumbradas a subir y bajar, subir y bajar, a darle siempre la forma convexa al tiempo para aprovechar cada terruño, porque desde que era una larvita que salió a recorrer su bola de mierda nunca imaginé lo parecido que le era el mundo ni la vida, que uno tenía que andar rodando de ciclo en ciclo hasta la vuelta que nos convertirá en su pertenencia sin voluntad; me recuerdo reflejada en los redondos ojos de mi madre tan obscenos y terribles, tan hermosos y extraños; me veo reflejada ahora en su muerte y sé que cuando ella gritó es porque no estaba lista para irse, yo llevo tres días lista, amasijando esta angustia para llegar al centro y ahí explotar dulcemente, quedarme quieta al fin y dejar de rodar en mi misma, aquí adentro en mi centro está el comienzo del fin a donde me formaré bola yo misma para que de ahí surja la muerte.
