Contempus Mundi

A mi hijo:

Escribo esta carta sabiendo que tu madre no te abortó como había amenazado, ella era muy predecible. No sé exactamente si llegues a leerla, tal vez sólo se quede en manos del archivador de documentos del penal. Aun así lo haré por si alguien interesado quiere leer las palabras de un hombre a su hijo.

No sé cuál sea tu nombre, pero conociendo a tu madre, te llamó como a quien ella llamaba padre, su distribuidor de droga. Así que, tal vez te llames Gerardo o Iván. Te llamaré como el primero.

Gerardo, nunca supe lo quera un padre y mucho menos estoy interesado en saberlo, pero aquí hay mucho tiempo libre y me pongo a imaginar cosas. Imagino como podría ser nuestro encuentro. En un bar barato de alguna orilla de la ciudad. Te esperaría ahí desde la noche siguiente, preparándome para encontrarte con algunos tragos de valentía. Me reconocerías porque me siento como tú, jorobado con la cara casi en la mesa. Sabrías que soy yo inmediatamente y sin voltearte a ver, te pediría que invites la primera ronda. El hombre de la barra me serviría un whisky sin hielos y tú pedirías una cerveza clara. Harías algún comentario sobre la pelea de box del día anterior y después de no obtener respuesta, me preguntarías que cómo me trata la vida. Por primera vez te miraría de pies a cabeza, me burlaría de tu ropa de trabajo y de tu horrenda vida de esclavo del capitalismo. Confundido, sacarías tu cartera desgastada y me mostrarías las fotos de mis nietos. “Lo hago por ellos” dirías para remover aún más mi lástima y yo, diría que tu esposa esta buena, elogiaría su tono de rubio y su buen gusto en vestidos, te diría que se parece un poco a tu madre.

Algo frustrado, terminarías tu cerveza de una vez y yo sacaría una cajetilla de cigarros, te ofrecería el único para obtener otro whisky. Me dirías que lo has dejado hace dos años por la salud de tus pulmones y de tu matrimonio. Después de no aceptar mi regalo, me pedirías de todas formas otro vaso.

Algo se agitaría en ti y de repente me dirías que te he arruinado la vida, que siempre fui un asco de persona y me odiaste hasta la muerte. Que veías a tus amigos jugar fut-bol con sus padres y tú los envidiabas desde las bancas. Que me merezco todo lo que soy y que te doy lástima. Me perdonarías sin siquiera habértelo pedido porque viste un programa de autoayuda en donde decían que perdonar es sanar y que por esa razón estabas ahí conmigo. Yo te aplaudiría sarcásticamente tu buen corazón y después me ahogaría, con una risa perfumada de alcohol, a causa de tu simplón discurso. Recibiría a cambio tu puño en mi rostro y saldrías devastado después de que te dijera que golpeas como mujercita. Te irías a llorar al lugar solitario más cercano, porque no tendrías el valor siquiera de llorar frente a alguien. Como yo lo haría después, frente al vacío de whisky vacío. Vivirías tu vida igual que lo habías hecho, hasta ver en las noticias que un vago se suicidó aventándose de un puente y que en su carta póstuma dejaba a su hijo su única herencia: el vicio. Una corazonada te diría que era tu padre aquél vago y saldrías a recibir tu herencia en el bar más cercano. Llegarías a tu casa al amanecer y tu esposa molesta te diría que tu padre murió, que te dejó en una carta escrito que aunque no le interesó en lo más mínimo de lo que se trataba la vida, fuiste la única persona en la que él pudo sentir amor.

Atte: tu padre.

Show your support

Clapping shows how much you appreciated No Hilda’s story.