El Luna

“Todo ser inteligente debe comprender el destino científico de esta figura. Los selenitas, si existen, responderán con una figura semejante, y una vez establecida la comunicación, será fácil crear un alfabeto que permita conversa con los habitantes de la Luna.” Julio Verne

Sus huellas dejaban en el piso de cristal la marca de la corporación, sus pies eléctricos no eran percibidos por la mayoría. Vino de vacaciones de invierno hace pocos meses, tenía una sonrisa a prueba de gravedad; no lo mismo sus piernas, arqueadas por la diferente forma de caminar. “Allá, no pesan los problemas” decía constantemente en una voz casi inaudible.

Añoraba el silencio de su lugar de nacimiento, pero estaba sorprendido por la diferenciación de las notas musicales, como si nunca hubiera escuchado radiohead. Su sentido del tacto también despertó de un letargo imperceptible, posaba sus yemas en todo lo permitido y lo prohibido, pagamos sin fin de multas por cada visita en los museos.

Después de pedirme ser su pareja, lo trasladaron a la universidad de la costa para mejorar sus pulmones, la especie humana no está lista para los constantes cambios de la gravedad fuera de la tierra, decían palabras sueltas de la orden de salud. Sus sentimientos florecían como tulipanes, blanquísimos; luego, hedían de marchitos, era insoportable. Destruía aparatos, puertas, planes e ideas.

No hace falta detallar su piel, una tersura de gota de rocío hecha cenizas. Se le enchinaba cuando leía sus poemas terrestres, salidos desde el fondo de su espacio. Llegué a quererlo. Tanto, que cuando él cambiaba, yo dejaba de ser yo. Dependía de él de una forma extraña, algo parecido a imanes que giran sus polos constantemente. Había intentado suicidarme al creer no ser suficiente, ni para él ni para mí.

Cuando supimos de su traslado, respiré mas de alivio que de preocupación. El destino nos alejaba sin necesidad de que moviéramos un dedo. Claro que la despedida fue triste, traté de no llorar mucho por él, por su pulmones de hoja de arroz. Mi abuela me contó que conoció a mi abuelo por medio de Internet, cuando sólo se podía comunicar por medio de mensajes escritos. Él vivía en Alemania y ella en Oaxaca, me cuenta que las distancias no deben ser impedimento en estos tiempos como lo eran en aquel entonces. Sé de sus intenciones, pero también sé que tienen planeado regresarlo a la luna, y con suerte se irá a recibir estudios superiores a Marte. La mitad inferior de sus tejidos son sintéticos, resisten mucho más que los míos, diseñados para el proceso de información. Aun así podíamos sentir eso que, lejos de facilitar las cosas, nos quemaba internamente.

Decidió por ambos. Le obsequió su vida a la marea una noche y dispuso enviarme la mitad de las cenizas de su cuerpo, la otra mitad esta en su hogar; aquél maldito satélite que mengua mis días a extraños recuerdos, que llena mis ojos de lágrimas brillantes y renueva los latidos cada que pronuncio su nombre. Él me mostró las fases de las cosas y que no todo es siempre bello, que no todo dura para siempre; y que tengo que vivir un poco más para que nuestro hijo, cuando esté en edad de su primer viaje por Andrómeda, lance nuestras cenizas y así, vivir sin gravedad, sin un lugar que nos separe.

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