La melancólica muerte del chico ostra / Tim Burton

Se le declaró en la costa

y en la playa fue la boda

su larga luna de miel,

en la isla de Capri fue.

Para la cena el mesero,

le puso un solo platillo:

un gran caldo de mariscos.

La novia pidió un deseo.

Y el deseo se realizó.

Dio al fin a luz un bebé.

Pero este, ¿Era humano o no?

Bueno, quizá. Tal vez.

Diez dedos en pies y manos,

y demás órganos sanos.

Podía sentir y escuchar.

Pero, ¿normal? No, ni hablar.

Este engendro antinatura,

este cáncer incidente,

era la imagen viviente

de toda su desventura.

Ella se quejó al doctor:

“No es hilo de mi madeja.

¿De dónde sacó ese hedor

a salmuera, pez y almeja?”

“Y ha sido usted afortunada.

Yo, la semana pasada,

traté a una niña con pico

y tres orejas. ¿Me explico?

Si es mitad ostra su niño

búsquese otro a quién culpar.

-Y añadió con cierto guiño-:

¿Se ha puesto a considerar

una casita en el mar?”

No sabían como llamarlo.

A veces le decían Carlo

y a veces -con voz perpleja-

“eso que parece almeja”.

Encogido el corazón,

ninguno en verdad sabía

si el chico ostra algún día

rompería el caparazón.

Los cuatrillizos Montalvo

cierta vez se lo toparon.

Le espetaron un: “¡Bivalvo!”

y enseguida se escaparon.

Una tarde en que llovía,

Carlo se sentó en la calle.

Y miró arremolinarse

el agua en la alcantarilla.

Aparcada en la cuneta,

conmovida y afligida,

su madre daba salida

a su congoja secreta.

Ya se habían acostado

una noche, y ella dijo:

“Cariño, huele a pescado

y yo creo que es nuestro hijo.

Y aunque dicen que una dama

debe callarse estas cosas,

me parece que le endosas

tus problemas en la cama.”

Él probó cuanta loción

pudo hallar en el mercado.

Tenía el cuerpo colorado

y comezón, comezón.

Y de rascar y rascar

la piel empezó a sangrar.

El doctor, tras una pausa,

dijo: “El remedio a su mal,

podría ser su misma causa.

Las ostras como sabeís,

dan gran potencia sexual.

Supongo que si os comeís

a vuestro niño podreís

saciar el ansia carnal.”

Se acercó muy de puntitas,

muy a oscuras y en celada,

por que no notara nada

quien le daba tantas cuitas.

Y en voz muy baja le dijo:

“Claro, queridísimo hijo:

no quisiera interferir

ni causarte desconsuelo.

Pero, ¿has pensado en el cielo,

o te has querido morir?”

Carlo parpadeó al oírlo

pero no le dijo nada.

Su papi apretó el cuchillo

y se aflojó la corbata.

Cuando lo levantó en vilo,

Carlo mojó el abrigo.

Y en su boca ya valva,

se escurrió por su garganta.

En la costa lo enterraron,

en la arena, junto al mar.

Una oración murmuraron

y se fueron a cenar.

Una cruz que daba pena

marcaba su sepultura

Y unas letras en la arena

prometían vida futura.

Pero al subir la marea

una ola grande y fea

borró sin pena ni gloria

para siempre su memoria.

De regreso en el hogar

él se empezó a acercar.

La beso y le dijo: “Bella,

hagamos otra faena”

“Pero esta vez, -susurró ella-

pidamos que sea una nena.”

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