Morfología de las tazas
Con la taza medio vacía. Sobre la mesa a veces hay una taza grande, honda, verde, medio vacía. Tiene una hoja de helecho pintado a mano en un fondo verde claro; en el borde, una línea de un verde más intenso rodea la circunferencia que tiento con mis labios. Está ahí, ignorándome, déspota, como para ver si me voy y la dejo en paz, como para ver si la dejo de rellenar. Estoy yo ahí gracias a ella, ignorada. Con la taza medio vacía delante de mí, observo la pared derecha, sus grietas y sus bordes, sus galaxias. Pienso en mis plantas moradas y que, como no sé su nombre científico, tienen nombre de canciones o personas: Velouria o María. Bueno, concretamente, no pienso en ellas, sólo las rodeo con los pensamientos, les dibujo su forma con una inconstante línea de palabras visuales: tierra, piso, maceta, agua. Y sólo con esa línea de palabras que serpentea, puedo experimentar la tranquilidad.
Con la taza medio llena que, atrapada, da inicio y utilidad a mis dedos, voy y vengo, del sillón a la cama, de la cocina al espejo, busco respuestas, las llaves o las preguntas, pero sólo encuentro sorbos de café más tibio que caliente, más ácido que amargo, más acostumbrado que necesario. Con un concepto en la mente doy pasos inciertos para tratar de extenderlo, y de vez en cuando me lo digo en voz alta o se lo digo a la taza, que más ancha arriba que abajo, sólo contesta su inscripción digitalizada: coffee ͦ coffee ͦ coffee. Me ve como un anciano con Parkinson, me desconoce. Confusa por descubrir un motivo o las preguntas o las llaves, aprieto una de mis uñas con mi colmillo derecho y suspiro.
Con la taza de peltre me descubro en las mañanas, medio vacías, más tibias que frías y trago tras trago, degluto algunas horas o algunas melancolías. Abro la agenda, leo los nombres de los pacientes, imagino su cara, sus demonios, sus egos y sus peinados, trato de adivinar qué zapatos se pondrán, porque usualmente yo uso los mismos. Laura, Sonia, Abraham, ¿qué piensan al elegir sus zapatos? Laura y Abraham eligen comodidad, su trabajo lo requiere y a su autoestima no le importa. Sonia suele combinarlos con su blusa, su bolsa o su emoción en turno. Al final del día uno de ellos falta y me quedo con la idea (más duda que certeza) de las huellas de sus zapatos y del paradero de la taza de peltre que no está en el lavatrastes.
Con la taza más vacía que llena, de plástico y transparente, observo la oscuridad del cielo y la claridad del café o del pensamiento, no quiero insomnios, ni ideas de plantas, ni conceptos, ni zapatos de personas. Con la taza a medias, como reflejo de algo que no veo pero que intento descubrir, quizá busco no vaciarme ni llenarme, busco tal vez –o sigo buscando todavía- mí forma lejos de los enredos mentales, quizá mejor representada por la forma de una taza.
