Personaje 4: Solange

Hace dos meses cumplió veintiún años. Se le vino a la mente dejar sus estudios de cocina para dedicarse al periodismo, pero su padre no estaba muy convencido y le dijo que si veía su nombre en un artículo de cualquier cosa impresa le pagaría los gastos de la carrera, eso y por que el arroz nunca le queda bien. Tiene una voz nasal como un bugs bonny enfermo, sus ojos café claro casi miel pueden derretir a cualquier persona débil auditivo.

Se viste según las modas alternativas, cambiando de estilo casi cada temporada, como los árboles. Le gusta la nieve sabor chicle, el té con cuatro de azúcar y Luis, su vecino. Tiene una pecera con tres tortugas llamadas como pintores renacentistas, se le “ocurrió” la idea cuando tenía ocho años y veía televisión abierta.

Esta semana se enteró de la muerte de un famoso escritor y decidió colarse al funeral por medio de los contactos de su padre, quien trabaja en un puesto de gobierno sin hacer mucho esfuerzo físico. Cuando Solange estaba frente al ataúd pensó en que la cara de un escritor no es siempre como uno se la imagina, siempre es mucho más feo y viejo; también se dio cuenta que el muerto tenía en la nariz las características marcas que hacen los lentes pero no los traía puestos y se preguntó si a la gente que usa lentes la entierran sin ellos.

A pesar de no reconocer los rostros de los escritores que asistieron, eligió diez personas al azar y les habló (más bien interrogó) acerca de la vida literaria, repartió tarjetas con su nombre y sus datos que mandó a hacer un día antes en calidad de “urgente” con el amigo diseñador de su padre. No le gustó el café que ahí ofrecieron y mandó pedir, como ya sabemos, tres inmensas ollas a nombre de su padre.

Los buenos escritores son enemigos del café, quieren acabar con el sea como sea, quieren desaparecerlo de este mundo; por eso se lo beben a tragos inmensos. Solange se dio cuenta de eso cuando caminaba de regreso al estacionamiento.

Un mes después recibió un mail a nombre de un escritor medianamente reconocido, su corazón comenzó a latir, se imaginó levantando los pies sobre una pila de papeles en la cómoda silla de la oficina más alta del New York Times, dirigiendo pacientemente a editores y columnistas a través de la más nueva versión del iphone

Dejó de imaginar para leer el correo: “El café del funeral de Herrera estaba delicioso, me gustaría obtener más…” Con un gesto de tortuga ninja al ver una pizza, ella respondió que estaba estudiando cocina y sería un placer proporcionarle más café.

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