Te plantas ante la pantalla en blanco sabiendo que quieres llenarla de palabras. Palabras que con un orden concreto abran el grifo de tu alma para dejar salir todo eso que guardas, que estancas.

Bajas la música que enmudece todo lo que duerme dentro de ti. Escuchas tu respiración e intentas escuchar todo lo demás. Poco a poco detectas el murmullo, distingues sonidos, pero no entiendes; hace tanto tiempo que dejaste de escuchar lo que llevas dentro que has olvidado el dialecto de tu corazón, hace tanto tiempo que no te dejas ver en tu interior que todos tus sentimientos te rehuyen, gruñen y enseñan los dientes. Ahora eres un extraño más en estas tierras y tienes que cuidar tus espaldas.

Bajas la música, cierras los ojos, apagas el mundo, e inspiras una vez más.

Espiras.

Inspiras.

Espiras.

Hay una sensación de paz en dejarse llevar por la corriente en el mar. Cerrar los ojos y hacerse el muerto. Que tus oídos solo escuchen el sonido del agua taponándolos.

Hay una sensación de paz en dejarse llevar por la sobredosis de somníferos, dejar que tu consciencia abandone tu cuerpo, que tus extremidades no respondan a ninguna orden y tu razón caiga ante la invasión del químico en tu organismo.

Hay una sensación de paz en acercarte a los labios que quieres besar y besarlos.

Hay una sensación de libertad en la paz que nos deja hacer todo lo que deseamos que nunca entenderás por qué te niegas lo que quieres, ni por qué quieres lo que no puedes tener.

Subes la música. Apagas el mundo. Los callas.

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