¿Hasta cuándo conviene estirarla?

Alan Mealla
Sep 5, 2018 · 6 min read
(Cr: Hulu)

De todos los problemas que se le pueden adjudicar a las series en esta nueva “era dorada de la televisión”, uno de los más comunes es el de su extensión, de estirar la historia más allá de lo que ella permite. A casi todos les debe haber pasado de mirar una serie, ahora que vivimos conectados a los servicios de streaming por sonda, de terminar una tercera, cuarta o posterior temporada de una serie a la que le tenían mucho cariño, fanatismo inclusive, y quejarse de cómo los creadores “arruinaron” la historia, de cómo “cerraba bien” en la temporada anterior, en fin, de lo innecesario seguirla sin un objetivo claro, sin nada nuevo que contar.

El modelo del on demand, la cultura del streaming que te lleva a ver una temporada entera de una serie en un fin de semana (o un día si tenes el tiempo y el entusiasmo), sumado a la conversación que se da en redes sociales, construye una necesidad en la audiencia, que se transforma en una necesidad comercial. Igualmente eso no se limita a Netflix, ya que en casos como los de HBO o el furor de Hulu, con The Handmaid’s Tale, por ejemplo, también generan una base de fanáticos cuya intensidad y demanda genera renovaciones de temporadas casi automáticas, sin que los creadores tengan bien en claro el camino a seguir.

Con las series basadas en otras obras de ficción esto suele pasar mucho, particularmente con las “más comprometidas”, las que marcan el estándar de televisión de calidad y arrasan en las temporadas de premios. “Big Little Lies”, la serie de HBO con Nicole Kidman, Reese Witherspoon y Shailene Woodley, está basada en el libro homónimo de Liane Moriarty y cuenta la historia de un grupo de madres en un pequeño pueblo en California. En principio fue pensada como una miniserie, aunque por su victoria abrumadora en los Emmys del año pasado, más el apoyo del público y la crítica; fue renovada para una segunda temporada.

El anuncio generó controversia, ya que la noticia de una “renovación” sin fecha de estreno definida, puso en jaque todos los premios ganados en su condición de miniserie, pero ese problema es menor frente a las posibilidades que esto presenta. La primera temporada cubrió el libro de Moriarty casi en su totalidad, por lo tanto, cabe la duda sobre cuánto más se puede contar de una historia que cerró de una manera tan justa como hizo “Big Little Lies” en sus siete primeros capítulos, dejando muy poco que resolver.

La figura del fan ha evolucionado con las redes sociales a tal punto de poder influir en el desarrollo de una serie. El “fandom”, como también se conoce a la comunidad de seguidores activos en redes sociales, tiene en sus manos un poder que antes de las redes era impensado. Si no te gustaba una serie, no estabas de acuerdo con una decisión de los guionistas o te caía mal algún actor/actriz, lo más que podías hacer en su momento era abandonarla o a lo sumo discutirlo con gente cercana a vos que también la estuviera viendo. Para los desarrolladores eras un número. Ahora los números tenemos voz y un contacto directo con tanto actores, guionistas y productores. Tenemos medios para llegar a esas figuras y, con la suficiente cantidad de gente de nuestro lado, podemos llegar a influir en las decisiones que atañen a dicha serie. Como grupo, más allá de pertenecer a comunidades que van desde lo masivo hasta el nicho más pequeño, los fanáticos, por medio de las redes han logrado revivir series canceladas, renovar temporadas y hasta influir en desarrollo de ciertos personajes dentro de la trama.

El poder de los fanáticos está más en auge que nunca y los productores de series de televisión no son ajenos a ello. Así aparece en escena el malogrado fanservice. El fanservice implica darle lo que quiere a la comunidad de seguidores. Se trata de ajustar los hechos o realizar gestos para complacer a los fans. Sin embargo, aunque hay excepciones, lo que funciona para la historia y lo que la comunidad pide a gritos no son lo mismo. El problema que crece cada vez más es que, para seguir alimentando el negocio, los productores se inclinan hacia lo segundo.

The Handmaid’s Tale retrata un mundo distópico donde los derechos de las mujeres han sido totalmente oprimidos por un régimen totalitario. Ya con su segunda temporada completa y el desfachatado anuncio de del creador, Bruce Miller, de que la serie tendría diez temporadas, muestra una historia perjudicada por la propia conciencia (y arrogancia) de su creador acerca de los recursos que le funcionaron en un principio, sin contar de la situación política de Estados Unidos. Refleja la necesidad de explotarlos sin reparos para generar impacto en su fandom, intentando darles una y otra vez todo aquello que les gustó de su primera temporada, pero con el volumen al máximo.

La estética se mantiene, se ve como uno espera pero la historia hace agua, y el hecho de no tener material de origen en que basarse pareciera ser su primer problema. El libro de Margaret Atwood, en el que se basa la serie, está contado casi en su totalidad en la primera temporada, salvo por pequeños detalles que habían quedado afuera. Además, la novela de Atwood tiene un mayor peso dentro de la sociedad, más aún en tiempos donde los derechos de las mujeres están siendo negados o removidos por gobiernos conservadores. Los símbolos de la serie se convirtieron en bandera para sectores del feminismo, tanto en Estados Unidos como en otras partes del mundo, dándole más peso a la necesidad de una segunda temporada, pero también la posibilidad de abusar de los elementos que permitieron a la audiencia empatizar con ella. Al no haber un material de base, la total libertad de los creadores para tomar el camino que quisieran los llevó a decisiones innecesarias en cuanto a su escritura. Pareciera más enfocada en mostrar enemigos exagerados y gestos diseñados para la tribuna.

Es cierto que en casos recientes, como el de Game Of Thrones, que ya lleva dos temporadas sin libros en que basarse, mantiene una historia de manera digna, pero también sirve recordar que no siempre fue netamente fiel a los libros de George R.R. Martin, tanto así que hay personajes cuya relevancia en la serie supera en demasía la que tienen en las novelas. Además, los creadores saben el final de antemano, por lo que tienen que construir el camino con ciertas instrucciones del autor. Aunque eso pasa también con la serie anterior, sin los mismos resultados.

La idea de la televisión como una forma de arte que últimamente es comparada con el cine en cuanto a calidad y presupuesto, hace perder la noción de que también es un negocio. Toda forma de arte lo es en cierto punto, pero las series de televisión muestran esa encrucijada cada vez más. La “televisión de calidad” ahora se pone en un lugar de superioridad que, por por mas Twin Peaks que exista, son una fachada para juntar seguidores. Se ha generado un snobismo frente a la televisión que genera exigencias sin pensar en los límites de cada producto: se estiran series hasta el hartazgo, se retoman historias terminadas para calmar la necesidad de nostalgia de ciertos grupos de fans y se piensan tramas en función de cómo esa escena se volverá un meme. Sin embargo, el panorama no es tan desolador.

Estamos en un momento donde los servicios de streaming y las redes sociales han abierto el juego, no solo a formas nuevas de contar, sino también de planear una serie, de crear relatos que vayan a su propio tiempo e interpelen a sus audiencias sin abusar de sí mismas. Las posibilidades existen. Queda en manos de los creadores de contenido poner en claro cuáles son sus prioridades.

Periodista. Mastico los caramelos ácidos. No sé silbar.

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