En tiempos de titulares vacíos

En 1971, durante la Guerra de Vietnam, Katharine Meyer Graham tuvo que enfrentarse una de las infliltraciones más grandes de documentos secretos del gobierno estodounidense. Como lo muestra la película The Post, el dilema con el que se encontró no era poca cosa: en un ambiente hostil y machista, Meyer Graham, primera mujer en la dirección de un periódico de alta circulación en Estados Unidos, tenía el reto de lograr una exitosa salida a bolsa del Washington Post. Por eso, sabía que publicar una serie de documentos que revelaban que el gobierno seguía mandando hombres a la guerra por razones ajenas al interés público, era enfrentarse a los poderes y presiones administrativas, financieras y judiciales. En ese sentido, los accionistas del periódico, todos hombres con poder, se negaban a publicar los documentos. Y Meyer Graham, entre el miedo que en retrospectiva no se puede juzgar, en principio, se convencía por decidir según esas presiones.

Alejandro Gaviria, en mi discurso favorito, resaltó que ‘los que creen en una sola cosa, los que organizan el mundo con base en parejitas, en narrativas binarias (los civilizados y los bárbaros, los explotados y los explotadores, los capitalistas y los proletarios, los buenos y los malos) casi siempre se equivocan. Tanto en sus predicciones como en sus prescripciones.’ En efecto, construir un argumento generalmente tiene numerosos matices. Por eso son procesos lentos y complejos, por eso importan.

Por tanto, estar abierto a cambiar de opinión es construir sobre lo construido. Que alguien, con análisis y datos, nos convenza de lo que inicialmente iba en contra de nuestra opinión, no es perder una discusión, es ganar conocimiento. En tiempos donde muchas veces las opiniones se manchan con titulares de contenidos vacíos, el reto es pensar. Dedicar tiempo a entender antes de opinar. A ser siempre curioso y cuestionar aquellas afirmaciones sin datos (reales) que las sustenten. A detectar nuestros sesgos y prejuicios y tener claros los contextos y variables de cada caso.

Una sociedad enferma de narrativas binarias, en los términos de Gaviria, estará condenada al dogmatismo, ajena al progreso que genera el cambio. Como le diría Winston Churchill a Anthony Eden después de convencer a la Cámara de los Comunes a no rendirse y luchar contra la Alemania Nazi (ilustrado de modo fascinante en Darkest Hours): Those who never change their minds, never change anything.

Meyer Graham, es un ejemplo de ello. Estuvo atenta a escuchar y analizar en perspectiva. No se dejó llevar por las presiones e intereses privados. Así, llena de dudas y miedos, frente a los ojos inquisidores de los accionistas del Post, cambió de opinión y tomó una de las decisiones más heróicas del siglo XX, la cual fortalecería la institucionalidad de Estados Unidos y su caso impondría un precedente en cuestiones de libertad de expresión que se expandería por el mundo.