Que vivan los lunes

Ya sé, hablar de “soy del 13%” suena extraño. Es el problema actual de querer crear movimientos, de intentar darle un giro a una historia y buscar formas de hacer un cambio cuando hay algo por cambiar.

Y claro que hay algo por cambiar. El problema: cerca del 87% de la población mundial se siente miserable en sus trabajos. Las razones son varias y de todo tipo. Pero me niego — me niego, repito — a no hacer nada para que esa cifra ridícula de 13% aumente, y aumente sustancialmente. Esa es la razón principal por la cual con mi socio, amigo y aliado Andrés Acevedo creamos el podcast 13% Pasión por el trabajo. Porque estamos cansados de no hacer nada al respecto.

Después de nueve episodios al aire contando historias de personas que aman lo que hacen, con mucho trabajo y aún más aprendizajes, nos dimos cuenta de algo: no es claro qué significa ser parte de ese 13%. Y mi opinión es que no es claro, precisamente, porque no hay una única respuesta. Si tuvíeramos una lista de pasos para amar el trabajo todo sería mucho más fácil. Pero no es así, es complejo. Y esa complejidad es la que le da valor al tema, lo vuelve relevante.

No pretendo, por tanto, dar una lista de claves categóricas para amar el trabajo y ser parte del 13%. No creo en respuestas únicas. Sin embargo, después de analizar varias conversaciones (inspiradoras) que he tenido con personas enamoradas de sus trabajos, sí pude encontrar patrones en común. Quiero compartir, entonces, lo que yo considero que debemos tener para aumentar esa cifra. Para que, quienes creemos que estamos en ese 13%, logremos contagiar—con menos palabras y más acciones — a quienes se han negado a vivir con el amor que se merece esa parte de la vida que se llama trabajo.

Y quiero empezar por lo que para mí no es estar en el 13%. No es tener una sonrisa todo el día y llegar saltando de emoción al trabajo. No es una pildorita de la felicidad, en los términos de Aldous Huxley. Para mí, es algo mucho más profundo que eso, algo más práctico y necesario.

Es mantener una mente curiosa. Llena de ganas de aprender eternamente y crecer constantemente. Que entienda el balance perfecto entre saber un poco de mucho y mucho de un poco, de saciar la vida con miles de experiencias y reflexionar sobre algunas teorías. De perderse entre los caminos inesperados, pero también aprender a enfocarse con coherencia en aquello que aprendemos a querer. Es ver el mundo con los ojos del optimista escéptico, que aplaude los logros, pero nunca para de proponer formas de seguir mejorando. Repensar narrativas y resignificar conceptos.

Es ser paciente. Saber que lo que importa toma tiempo, muchas veces más de lo imaginado. Entender que la maratón es larga y con frecuencia vamos a parecer varados. Pero también saber que con perspectiva, consistencia y confianza en las fortalezas propias, los logros llegan. Es amar los procesos, enamorarse locamente y sin garantía de ellos. Disfrutarlos, porque la vida no es el resultado, sino los miles de caminos que andamos lentamente. Es, en últimas, elogiar la dificultad.

Es arriesgarse. Tener presente que si se quiere lograr algo, existe el riesgo a fracasar. Saber que si se quiere tener una voz, existe el riesgo de ser criticado. Entender que si se quiere amar, existe el riesgo a perder lo amado. Es tener la convicción de que la valentía no es la ausencia de miedo, sino el modo inteligente de afrontarlo. Saber perder y levantarse las veces que sea necesario.

Y todo lo anterior — siempre— acompañado con una dosis insaciable de humildad. De sencillez. Esa que deja encontrar la belleza en los detalles, simplificar los problemas y ser cada día más amables. Esa humildad con la que, en palabras de Kant, logramos tratar al ser humano como un fin en sí mismo, y nunca meramente como un medio. Esa sencillez con la que podemos agradecer a la nada por dejarnos vivir en el mejor momento de la historia de la humanidad.

Es verdad, estas son actitudes que no son propiamente de la vida laboral. Son actitudes hacia la vida. Pero ese es exactamente mi punto: el trabajo es una parte fundamental de la vida, y si empezamos a replantear la actitud hacia el trabajo, comenzaremos a darle un nuevo significado a esa palabra. A fin de cuentas, no sé qué significa ser parte de ese 13%. De lo que sí estoy convencido, y no me cabe duda, es que es una cuestión de actitud. Es cuestión de cambiar el modo de ver el día a día. Aceptar lo que no se puede cambiar y cambiar lo que no se puede aceptar.

Estrategias y puntos de análisis habrá miles (ya hemos tratado algunos en los episodios con nuestros invitados y lo seguiremos haciendo). Pero sin esa actitud, sin esa forma de afrontar la vida, hay poco por empezar a hacer para mejorar esa preocupante cifra de 13%.

Es emocionante que la gente empiece a decir “soy del 13%”. Yo, por mi parte, lo seguiré haciendo. Sin embargo, lo que realmente me importa es que personas curiosas, pacientes, arriesgadas y humildes, que quieran dejar este mundo mejor de lo que lo encontramos, se levanten todos los lunes con la alegría de empezar una semana llena de retos. Porque el lunes, ese día que por costumbre la cultura nos ha dicho que debemos odiar, es el día perfecto para mandar las excusas a la basura y afrontar el mundo de una forma completamente distinta.

Nicolás Pinzón Guerrero