Días nublados
“Perspective: that kind of alchemy we humans get to play with, turning anguish into a flower” — BJ Miller

Hoy amaneció oscuro de nuevo. Son tantos los días nublados seguidos, que ya ni me acuerdo de cómo se siente el calor del sol en la cara. De vez en cuando veo algunos rayos a lo lejos, pero a las pocas horas desaparecen, justo cuando me había ilusionado y empezaba a hacer planes veraniegos. Yo que ya me había encaramado el flotador de Mickey en la cadera y ¡oleee!… va de vuelta desinflado. Trato de distraerme y no pensar en ello, pero la falta de vitamina D en el cuerpo ya se está empezando a notar en mis débiles huesos, y a su vez, mi flaqueza física alimenta la fragilidad mental en un círculo vicioso del que no estoy pudiendo escapar.
Aquí, tierra adentro, las cosas no pintan bien. El exceso de humedad está pudriéndolo todo. Esto es una fiesta de hongos y parásitos por doquier. Son los únicos seres que parecen estar disfrutando los días grises. Cuando respiro este aire tan pesado, puedo sentir las esporas entrar por mi fosas nasales, atravesar la epiglotis sin ninguna tipo de resistencia, bajar a toda velocidad por la laringe, y contaminar toda mi sangre una vez que traspasan los alveolos pulmonares. El mareo constante confirma que mi cuerpo les pertenece más a ellos que a mí mismo. Cristóbal Colón es cualquier cosa a la par de estos viles colonizadores.
Por si fuera poco, casi podría asegurar que los oigo riendo dentro de mí. Porque acá adentro, en este vacío, cualquier sonido se magnifica con el eco. ¿Pueden creerlo? Unos bichos tan insignificantes, a carcajada plena, burlándose de un ser mucho más evolucionado como el humano. O al menos eso era lo que yo pensaba antes, pero luego me explicaron que la evolución orgánica no funciona así. De cualquier manera, maldigo a Darwin y a esas sabandijas. Igual no se de qué tanto se alegran: un día de estos, a esos hongos también les va a hacer falta el sol. En su ausencia, yo creo que nadie puede sobrevivir.
Allá, mar afuera, las tormentas no cesan. He intentado salir remando hacia otras costas, cuando diviso algunos de esos lejanos rayos solares. Pero las olas, furiosas de verme intentar algo, me revuelcan una y otra vez. Hay días en los que me gasto mis horas tratando de superarlas. De hecho, en más de una ocasión he llegado a distanciarme alrededor de unos 100 metros de la orilla. En el momento en que empiezo a relajarme un poco porque creí haber superado el escollo, repentinamente un tsunami se me viene encima y me deja aún peor que antes: tragando sal y desmoralizado. A veces, el revolcón es tan duro que quiero quedarme ahí, bajo el agua, sin ganas de salir. ¿Cuál es el sentido de volver a intentarlo, luego de tantos fracasos? ¿Acaso este oleaje es un castigo del karma, causado por algún error que cometí en el pasado? ¿Cuántos días más puedo aguantar en la penumbra? Súbitamente, mis manos rozan la delicada arena y me devuelven a la realidad: la marea me ha sacado a la orilla sin darme cuenta. Resiliencia, pensarán algunos; para mí, no es más que la inercia.
Hay otros días en que las energías ni siquiera me dan para meter los pies al agua. Menos aun si se desata una marea roja por esas fechas. Porque la sensación babosa de las algas entre los dedos es de lo peor que puede haber. ¡Ufff… la naturaleza sí que puede ser asquerosa cuando se lo propone! Entonces, prefiero quedarme en la orilla haciendo figuritas en la arena con alguna rama que me encuentre. Y aunque muchos podrán pensar que ese fue un día desperdiciado, lo curioso es que me hace sentir bien. Por unos instantes, mi concentración está volcada en lo que estoy haciendo, aunque sea dibujando garabatos o abstracciones. De alguna manera se siente catártico, se me olvida que está nublado. Nada de lo que está pasando afuera importa… aunque sea unos pocos minutos… Eventualmente, retumbará un rayo o empezará a llover, borrando así mi pasajera ilusión.
Pero si hay algo que extraño más que a nada en esta penumbra, esa es mi sombra. ¿Quién es uno sin su propia silueta? Sin ella, no se cómo guiarme, o en qué dirección caminar, o cuál es mi propósito en la vida. Porque aun cuando mi cuerpo esté carcomido de hongos por dentro, si mi sombra estuviera presente, jamás habrían podido colonizarla. Porque por más fuerte que estuviera el oleaje, ella sabría mantenerse a flote, sabe nadar mejor que un pez vela. Porque si a mí me da asco la marea roja, a ella no la inmutaría en lo más mínimo. Mi sombra es sublime, mi sombra es apasionada. Y en el fondo, se que ella no es más que una extensión de toda esta oscuridad. En algún lugar, acá alrededor, está esperándome. Y si eso es con lo que me toca lidiar, voy a tener que inventarme una estrategia para que nos volvamos a encontrar.
Así que tengo una idea: hoy no voy a salir desesperado al mar, buscando el sol en otras tierras. Tampoco voy a dejar que los parásitos se apoderen de mis neuronas. Más bien, agarraré el tronco más fuerte y resistente que encuentre en la playa, me quedarme estático y dibujaré mi propia sombra en la arena. No se si me va a quedar exactamente como debería: ya no me acuerdo bien de su forma original. Tampoco se cuán opaca pintarla, o la profundidad necesaria para que ni el viento ni la lluvia la borren. Pero eso será parte del reto: hacerla como me la imagino. O mejor aun: como yo realmente deseo que se vea ahora. Y cuando termine, la contemplaré un buen rato, hasta que nos reconozcamos mutuamente otra vez.
Hoy amaneció oscuro de nuevo. Pero hoy algo se siente diferente.
