La Lagartija (relato corto)
Ni leyendo los relatos de Stephen King sentía tanto pavor. La sensación de que aquella locomotora corriera por unos raíles de hierro, produciendo un ensordecedor ruido metálico, le provocaba a Ron cuanto menos unos sudores fríos de pies a cabeza. Y allí se encontraba, con su vieja maleta y su abrigo bajo el brazo, esperando nervioso en el andén a que llegara la máquina propulsora.
Llegó a su compartimento, uno pequeño y acogedor, pues así le parecía a Ron a simple vista; debe serlo a razón de las más de 5 horas de viaje que le esperan. Acomodó su maleta en la bandeja superior a su asiento, no sin antes sacar una manta polar y una revista sobre excavaciones subterráneas, tema que le apasiona, no tanto como estar enlatado entre paredes de hierro fornido con un “tsuuuu tsuuuu …” de fondo. Se sentó y se colocó la manta sobre las piernas, hacía un frío helado allí dentro, y cuando se dispuso a leer su revista se percató de que una señora estaba a su lado. Tan absorto estaba en sus inquietantes pensamientos que la locomotora ya había alcanzado su velocidad normal, y por tanto, recorrido unos kilómetros. Pero tan pronto empezó a pasar páginas de su revista se dio cuanta que no viajaba solo, no tanto por su fémina acompañante que seguía en brazos de Morfeo, sino por un intruso, pequeño y juguetón, entre sus ropajes.


Empezó a respirar muy deprisa, le picaba todo el cuerpo; el pequeño visitante corría que se las pelaba. Ya sea por su espalda o por la entrepierna, el renacuajo que se divertía a su costa entre su ropa le sobresaltaba por momentos, tanto que comenzó a moverse en su asiento, tiró la revista al suelo, quedando abierta a doble página con un artículo que decía “Incursiones: rutas y ríos subterráneos”, y despertó a su durmiente compañera de viaje. El chico así se levantó y empezó a rascarse siguiendo al intruso con un ritmo corporal dantesco, allá por donde iba el renacuajo allí se dejaba las uñas en un osado intento por despojarse de él. La señora, aún bajo los efectos del sueño, no dijo nada del curioso baile de su extraño compañero, y se limitó a exclamar:
— ¿Deseando llegar? ¿Quizá le espera alguien?.
— No, qué va — dijo Ron, empezando a dudar en su respuesta — , es que me incomodan estos trenes, y además, el asiento es incómodo, ¿no cree?.
— Realmente no joven, llevo viajando en estos chismes toda mi vida que mis huesos se han acostumbrado a estos asientos rígidos y compactos.
Los huesos. Creía Ron que el intruso de sus ropas se le estaba metiendo hasta en las carnes. Miró luego al suelo y se encontró con la manta polar a un lado y su revista de excavaciones bajo su pie derecho. “Maldita sea, el renacuajo este ha interrumpido mi lectura y lo que es más, ahora me tengo que despojar de él si no quiero rasparme yo solo todo el cuerpo”. Así que se las ingenió con la señora delante.
Dicho y hecho. Tomó su manta, que era muy amplia, y ató dos extremos a cada lado del compartimento, uno junto a la ventana y el otro en el portaequipajes superior de su asiento donde dejó su maleta. Así improvisó una especie de probador. Tras ello, empezó a desnudarse, primero los zapatos, los calcetines después, los pantalones de pana con sus tirantes elásticos, la camisa y la chaqueta al final, quedándose en ropa interior y con la piel de gallina. Y allí estaba, el intruso que tanta juerga se estaba dando entre sus ropajes: una lagartija enana. Ron quiso cogerla al vuelo, pero el animalito dio un pequeño brinco y empezó a trepar por la manta con tan mala fortuna que ésta cayó por su propio peso al suelo, quedando él desnudo a la vista de su acompañante. Una viva estampa digna para coger una pulmonía y para que la tierra le tragase. A continuación, y llevado por un acto reflejo y lleno de pudor, recogió la manta y cubrió su pueril desnudez; la señora estaba en ese momento mirando al otro lado, justo por la ventana, donde el paisaje cambiaba veloz. ¿Le había visto casi como su madre le trajo al mundo? Sin dejar de mirar por la ventanilla, la buena señora dijo:
— ¿Sabe? Los jóvenes como usted de verdad no suele viajar mucho en tren, y los que lo hacen se comportan de una manera, digamos, extraña. Le fascinan estos vehículos a vapor, o le tienen respeto, que muchos se quedan quietos y helados como un témpano de hielo durante el trayecto. Noto que no es su caso, muchacho. Está muy inquieto.
“¿Noto? ¿Porque había dicho eso y no “veo? Fiuuuuu, quizá no me ha visto en paños menores”, caviló Ron por unos segundos. En todo caso, empezaba a pensar que su compañera de viaje era un poco rara. Se limitó entonces a improvisar de nuevo su probador con la manta y se vistió tan rápido como pudo, pues tiritaba a raudales y le temblaban tanto manos y piernas que no atinaba con la cremallera del pantalón o los ojales de su camisa.
El osado y accidentado viaje llegaba a su fin. Así lo fue, y todo gracias a una insignificante y diminuta lagartija que tanto festín se dio por su cuerpo y no tardó en poner pies, mejor dicho patas, en polvorosa en cuanto se vio liberada. Puede que eso quisiera, pudo deducir Ron, y gracias que el animalito no le dio por morder sus ropas, o a él mismo, para ganarse su merecida libertad. Porque eso era justamente lo que Ron quería ahora: salir de aquella máquina de hierro, liberarse de un tren más en su vida, y salir de allí, sobre todo de la vista de la amable señora que le acompañó en la ajetreada travesía. Recogió sus bártulos y antes de unirse a la gente que abandonaba sus compartimentos, la mujer le paró en seco con su bastón de madera — ¿Dónde lo tenía escondido durante todo el viaje? — y le pidió que le ayudara a bajar del tren. El chico, cortés y educado, así lo hizo. Al apearse y tocar tierra al fin, sintió una libertad sin igual, notaba una suave brisa por su cara y una calma que difícilmente había conseguido en su periplo. La señora, agarrada al brazo del muchacho, afirmó:
— Gracias. Es usted un joven muy considerado al ayudar a una pobre mujer ciega a bajar del tren.
Seguidamente la mujer prosiguió su camino en la estación, ayudándose de su bastón y con su bolso en la mano, pues no tenía más equipaje que ese, dejando a Ron más helado aún que cuando subió al tren hace 5 horas.