Así se va a llamar mi banda de cumbia.

Es el futuro y tu dinero no vale.

Y es toda una concesión llamarlo tu dinero, en realidad es dinero
del banco central, controlado por el gobierno de turno. Es una herramienta que te facilitan, un servicio, lo pueden prestar bien o mal. Y si no te gusta, igual te empujan a aceptarlo en forma de cancelación de deudas mediante las leyes de curso legal (para los contratos avalados por el Estado, claro).

Pero no es tu dinero, porque el dinero no es una cosa. El organismo que decide cuánto emitir, sus empleados, sus imprentas… esas sí son cosas que pueden ser consideradas propiedad (bueno, los empleados quizás no). Lo que sacás del bolsillo junto al celular y las llaves cuando llegás a tu casa es en realidad un servicio, o la representación del servicio. Por eso la prisa de algunos en quedarse con la máquina de hacer billetes por sobre los billetes, porque lo que tiene valor no son los dineros, es el Dinero. (Con D mayúscula, para diferenciar al servicio de las unidades que se cuentan).

El Dinero que nos acostumbramos a usar es información centralizada, quizás más conveniente que el oro en la operatoria diaria, pero sujeto a todo tipo de manipulaciones y distorsiones humanas. Las crisis económicas y el rol de los bancos centrales rescatando a sus amigos, o abusando de información privilegiada, nos hizo descubrir al Dinero como información, un sistema de señales vital para organizar los trenes de la economía.

Incluso viéndolo en retrospectiva, también era así cuando usábamos oro constante y sonante: el pedazo de metal brillante amarillento no es valioso por algún tipo de afección sentimental o la utilidad que se le pueda dar; es valioso porque sabemos que un tercero, por voluntad propia, va a aceptarlo como forma de pago por alguna transacción futura. Y con la oferta limitada por la naturaleza (cuando no por un estado), el oro que tenemos es un testimonio de nuestra posición en esa red de personas que usan oro para organizarse; y eso le da valor, no como metal, sino como Dinero. Incluso más valor que al dólar estadounidense, por ser menos caprichoso.

Nos despertamos al hecho de que la tarjeta de débito, crédito, los billetes,
el saldo de la SUBE, el plazo fijo, la caja de ahorro, son todos canales de televisión del mismo dueño, con la misma línea editorial, y donde el único rol que nos queda es el de un consumidor con opciones limitadas. Y si a la
falta de opciones le agregamos falta de libertad (léase: prohibición por la fuerza de investigar nuevas opciones), puede que nos de un ataque psico-bolche y descubramos un apego fashionista a los morrales de lana de alpaca y las gorras verdes con estrellas rojas. Para salvaguardar el buen gusto, y
colateralmente la paz social, un grupo de nerds cuya única experiencia en el uso de la violencia física es siendo víctimas del bullying, ideó una forma totalmente pacífica y voluntaria de ofrecer un servicio de Dinero descentralizado. Lo llamaron Bitcoin.

Se veía venir, ya que todos los servicios de información reciben el mismo
trato en el mundo de Internet. Somos más exigentes, no queremos ser solo consumidores, queremos un rol más activo, ser productores audiovisuales, críticos de espectáculos, selectores de bandas, traductores de películas, periodistas, agencias de mensajería, arquitectos que incluso imprimen casas con impresoras 3D.

¿Por que no íbamos a querer ser productores de Dinero, escribanos o bancos?

El Bitcoin es una red de personas que ponen sus computadoras a trabajar; no hay que pedir permiso para sumarse a esa red de personas, solo tener una computadora para ponerla a trabajar. No discriminan por raza, religión ni club de fútbol. Esto se debe un poco a que las computadoras no poseen ninguna de esas características de sus dueños, pero principalmente a que el ánimo de lucro borra cualquier diferencia.

Esa red de personas, autodenominados mineros — aunque lejos de conocer
al presidente por sobrevivir enterrados 70 días
 — ponen sus computadoras a trabajar en asentar envíos de Bitcoins entre cuentas (llamadas direcciones). Todo queda guardado en un único libro contable compartido que todos colaboran en armar.

Los dueños de esas cuentas somos otro grupo de gente, tenemos bitcoins, o esperamos tenerlos, y para guardarlos creamos direcciones de bitcoin, que guardamos en nuestras billeteras bitcoin. No ponemos a trabajar nuestras computadoras, no somos parte de ese alegre grupo de mineros, ellos trabajan para nosotros y por cada envío de bitcoin que hagamos nos cobran una comisión.

Una dirección tiene una parte pública, destino u origen de una transacción, y una clave privada, que nos permite iniciar transacciones y firmarlas digitalmente, para probarle a los mineros que efectivamente somos los dueños de la dirección de origen.

Los mineros comparten todas las transacciones y compiten para escribirlas en el libro de balances y obtener las comisiones de recompensa. En el medio, como toda la información está compartida por todos, se aseguran de no procesar transacciones que no fueron firmadas por el dueño de la dirección de origen, o que intenten gastar una cantidad de bitcoins mayor a la disponible en esa dirección. Además, en un proceso de consenso constante, se aseguran que nadie quiera gastar el mismo saldo simultáneamente en más de un lugar. Todo esto sin que haya entre ellos en ningún momento un ‘dueño de la verdad’. Cualquiera que intente romper esas reglas es ignorado por el resto de los mineros: el trabajo de sus computadoras y el gasto de electricidad se vuelven inútiles. El mejor incentivo para portarse bien.

La de los mineros es una sociedad de la cual se puede entrar y salir voluntariamente; por innecesario, el bien común no existe como concepto. El miedo y la desconfianza a los desconocidos es un incentivo a colaborar y compartir información, el egoísmo y el ánimo de lucro se vuelven virtudes al enfrentarse en competencia, donde el ganador es el que sea más virtuoso y eficaz en dar utilidad el sistema, con el escrutinio letal y constante de sus competidores. Los que comprenden lo virtuso de este tipo de sociedad son seducidos para intentar replicarla en otras sociedades entre personas. Descubren la ventaja de trabajar con estos defectos (mmm, defectos?) humanos, en vez de continuar la búsqueda setentosa de un nuevo hombre que no los tenga.

Hoy en día es la forma más rápida y barata de enviar y recibir pagos y remesas globalmente (más aún si son montos pequeños); un instrumento de inversión especulativa muy accesible y auto-gestionable; y una forma de colectar y administrar fondos totalmente transparente y públicamente auditable. En un futuro esperamos que puedas escriturar una casa en menos de una hora por internet, y que sea más barato que un minuto telefónico; que puedas seguir el destino de los fondos públicos en tiempo real; que no tengas que preocuparte más por la inflación; y que en tu rol de actor de la economía puedas conectarte y colaborar con otros actores en tu misma situación para conseguir fines comunes.

Espero haberte dado la buena noticia de que hay un Dinero que es tuyo para hacerle lo que quieras.

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