
Los amigos son un poco así
“Dime qué lees y te diré cómo andas” le dije a mi amigo Agustín mientras nos íbamos del lugar donde tomamos un café de cuarenta y cinco minutos después de no vernos por casi un año. Porque tanto tiempo sin encontrarnos obligó a presionar los temas, que todo lo que queríamos hablar se resuma en un título de diario, fuimos pasando los tópicos rápido cosa de focalizar en todo pero en definitiva hablamos mucho de nada. Pasamos revista de lo que nos convocó y después un pantallazo al trabajo, los hijos, las parejas, los proyectos, las mudanzas, los compañeros de laburo, los amigos de toda la vida, ese lugar lindo donde estábamos sentados y que visité una vez con mis amigas, el tamaño de las casas que queda chico -ahora- que tenemos hijos, los años en que dormíamos mucho, los ex compañeros de trabajo… y al final, al final los libros.
A lo largo de mi vida me he dado cuenta que los amigos se van ubicando bajo temas y en un momento determinado –que puede ser cualquiera- se convierten en amigos temáticos. Mientras crecemos van, vamos, tomando forma y sumando características acerca de algo, nos retroalimentamos y complementamos porque así dicen –se riega y crece- la amistad.
Están los amigos temporales y los de toda la vida y en esa bifurcación entran: los todo terreno, los siempre dispuestos -que podés llamar las 24 horas-, los jodidos, los que conocen a todo el mundo y ayudan de manera desinteresada, los divertidos y los tristes, los que saben tu árbol genealógico tanto como vos, los que confrontan, los que aportan, los que guardan secretos hasta la tumba, los estómago resfriado, los que se interesan por tu salud, los sensibles y llorones, los fríos y calculadores, los que siempre tienen algo para contar… y los amigos que leen libros, los que saben las novedades del mundo editorial, los que te tiran la posta.
Gracias a este último tipo de amigo fue que llegué a El nervio óptico de María Gainza y a otros tantos libros que fui comentando en este blog. Es hermoso el libro de Gainza. Ofrece en once cuentos la historia de diferentes obras de arte de la mano de experiencias personales. Sirve para meterse en pintores como: Alfred de Dreux, Hubert Robert, el argentino Augusto Schiavoni, Rothko o Henri de Toulouse Lautrec. Queda claro que para Gainza los cuadros son sus mejores amigos porque de lo contrario no hubiera escrito este libro tan llevadero, contemporáneo, real, con arte bien contado, bien mirado, bien amigo.
Y fue en esos minutos finales, que salimos del bar y caminamos hasta mi auto que yo le recomendé a Agustín El nervio óptico y él me sugirió tres nombres más…
- Para tener en cuenta, me dijo.
-Y como conozco su darkismo le recordé — Mirá que no estoy leyendo bajones… ¿No me digas que son opresivos?…
-Bueno, si… un poco oscuros, me contestó y se rió.
No dije nada más. Nos saludamos. Me subí al auto. Los amigos que leen también son un poco así.