Promesas sobre el bidé

Releí más de una vez el escrito y en cada una de las anteriores lo detesté más que la anterior. Suspiro tras suspiro, cafeína tras cafeína. No hay caso, no quiere arrancar. No importa cuánto me esfuerce en arreglarlo o en re-interpretarlo, no quiere sobrevivir. Este es el momento en el que no sabés si estoy hablando de un escrito, de una persona, o de un auto. Me encanta. Si me sincero, yo tampoco lo tengo muy claro. Pero ese no es el punto, ¿o sí?

Un poco ya me embolé, entre tanto hacer de mecánico medio que ya tire el trapo. Además puede que me haya dado cuenta de unas cuantas premisas difíciles de refutar (doy fe de aquello).

Sí, sí. Le di muchas vueltas al asunto y mi conclusión siempre es la misma: Qué bochorno. Bueno esa y un par más que no vienen al caso mas no por eso son menos importantes para el argumento.

El problema tanto ya no es no saber el problema, sino su solución (o por lo menos a la que llegaste vos). Porque, dale, del dicho al hecho hay un estrecho, ¿no?. Más que nada porque más o menos sabés lo que tenés que hacer pero cúanta resaca hay que dejar atrás, amigo. Qué difícil y sí, qué bochorno.