La página virgen

Hola, plantilla en blanco… ¿Qué tal? Hoy me estreno en este entorno. Y además llego a ti sin depilar. Sin una gotica de maquillaje. Sin peinar. Con lo puesto, que no es mucho. Llego a ti igual que llego a una amiga con la que me voy a tomar un café. Sin guión previo. Sin idea de qué vamos a charlar. Vengo a dejarme sorprender por la experiencia.

Con mi amiga enseguida surge el tema. Si no es uno, es otro pero contigo… contigo es otra cosa. Tú no me sigues el rollo. No me saludas, ni me besas. No me preguntas, no me miras a los ojos, ni me analizas… Contigo todo tengo que hacerlo yo. No me queda otra pero, de hecho… ¡es genial! porque tampoco me censuras (eeeeh que mis amigas, las buenas, tampoco lo hacen), ni levantas una ceja, ni cuestionas lo propuesto.

Aún así, la página en blanco es el clásico reto al que se enfrenta el que escribe. Da lo mismo que sea celulosa o pantalla. Ahí está esa página en blanco que te absorbe y quiere tu alma, tus pensamientos, tu primer retoño… o una manchita de café. Dame argo, por favor. La verdad es que tampoco es tan exigente porque admite lo que le echen. Lo peliagudo viene luego. No es exactamente la página en blanco lo que da respeto sino más bien el lector, el receptor de tu perorata. Aquel que lee las paridas que has vertido en esa sufrida página, virgen antes de llegar a ti.

Mucho se habla del síndrome de la hoja en blanco. Del agobio que puede llegar a sentir el que tiene que escribir. De las musas que se van de parranda y lo dejan a uno triste y solo. Pero cuando las musas se van es el momento de lanzarse. Ahora que nadie mira. Ahora que nadie lee sobre tu hombro. Porque como mejor se baila es con los ojos cerrados. Girando como un derviche absolutamente ajeno a su entorno. Inmerso en sus giros vertiginosos, poseído por su propio movimiento, en el trance de su propia danza. Y entonces, cuando bailas para tu propio disfrute, aflora una sonrisa que tú no controlas y una vibra que no sabes que desprendes. Entreabres los ojos, para comprobar que no te vas a dejar los dientes contra aquella columna y, entonces, descubres al que te mira. Sepas que no te mira por lo bien que bailas, ni por lo mal, sino por la libertad que destilas.

Liberar a las musas. Mandarlas a paseo. Soltar las expectativas. Cerrar los ojos y escribir (a tientas es difícil acertar la tecla, lo sé, pero hay que probarlo). Escribir sin más. Sin analizar cada palabra, cada línea. Sin juzgar. Dejar salir esos pensamientos que no sabías que albergases hasta que, al cabo de un rato, los lees. Dar libertad a tus dedos y confiar en que ellos sabrán llevarte a lugares insospechados. Sin pensar. Sin evaluar. Para decirlo todo. Para no decir nada. Para pasar el rato. Para sentir que has ejercido un pedacito de tu libertad.

Y al terminar leer, releer, editar, pulir, eliminar lo superfluo y sorprenderte de los mensajes (cada vez menos velados) que tu subconsciente te lanza a través de tu escritura. Tu yo interior se manifiesta a través de tus dedos. Esos dedos que lo mismo te ponen un calcetín, que te rascan una oreja. Esos dedos tan mundanos se convierten, de repente, en el puente a tu esencia.

Imagen: Pixabay