Márgenes de error

No soy politólogo ni analista. Ni siquiera militante. Tomen mi opinión como la de un simple kirchnerista mas al que ayer se le quemaron todos los papeles. Porque si bien el escenario de ballotage estaba en los planes (la diferencia siempre estaba dentro del margen de error de las tan benditas encuestas que ahora son un margen de error en si mismas), una diferencia tan ajustada no la veía venir ni el mas optimista de las filas macristas. Mal de muchos consuelo de tontos: creo que los papeles se nos quemaron a todos por igual.

Aunque no tenga ninguna cualidad académica o política para mostrar, no dejo de ser alguien (de tantos) que mas allá del reproche, la frustración o el enojo que pueda sentir intenta comprender que es lo que sucedió. Y voy a tratar, con la menor tosquedad conceptual posible, de tirar algunas reflexiones al vacío acá. Mas por descargo que por la posibilidad real de que alguien pueda sentirse interpelado a leer esto.

Lo primero que me sale es pensar que la crítica tiene que ser hacia adentro. Si de las PASO a las generales casi que no sumamos votos, hay que pensar qué sucedió ahí. No sirve enojarse con cierta clase media anti-peronista que hoy festeja la democracia y hasta el sábado pasado pendía del hilo clientelar y fraudulento del peronismo. Hoy festejan ellos, y bien merecido lo tienen (aunque me duela). Son las reglas del juego. Si los criticamos a ellos por no respetarlas, tratemos de no caer en lo mismo.

Tampoco sirve enfrascarse en el microclima. Sobre todo cuando la realidad se obstina en decirnos que estamos equivocados. Desde el 54% que el kirchnerismo está a la defensiva, tanto a nivel político como ecónomico. Por operaciones externas, sí, pero por decisiones internas también. ¿Podría haberse evitado el cepo para frenar la mega fuga de capitales que sucedió con la devaluación que igualmente se hizo en el 2014? ¿Se podría haber encaminado otra relación con parte del sindicalismo y el peronismo tradicional? Preguntas que hoy no tienen respuesta, ni las necesitan.

Lo cierto es que el kirchnerismo, con CFK a la cabeza, decidió emprender una misión que parecía titánica y hoy parece directamente imposible: lograr seguir construyendo política con restricción externa en economía. Por ir por todo, corremos el riesgo de quedarnos con nada. La disputa con Clarín tenía sentido cuando el BCRA no tenía que desprenderse de u$s 100 millones todos los días. Es cierto, la economía no está tan mal como muchos auguraban, pero tampoco está en su mejor momento: y ese era un pilar de las dos gestiones previas. ¿Hubo intentos de golpe de mercado? Seguro. ¿Hubo impericia en los equipos económicos que los facilitaron? También. Sonaba linda la idea de “vivir con lo nuestro” mientras los silobolsas se llenaban, pero en un país de matriz claramente importadora, el cuello de botella tarde o temprano te hace sentir el golpe. En ese sentido, la pelea con los fondos buitre fue muy bien explotada en lo político, pero en lo económico creó un desconcierto que solo profundizó lo que se venía dando. Lección aprendida: los mercados tienen mucho poder de fuego, y no solo sobre variables económicas. En ese sentido llegamos a un lugar extraño. Si bien el país no está económica o políticamente en llamas, como en transiciones anteriores, esta “relativa calma” llegó con una sociedad que si bien está conforme en lo individual, no lo está del todo a nivel macro. Otro concepto errado: Que a alguien le vaya bien en lo personal, no lo hace pensar automáticamente que es porque hay un contexto que lo favorece a eso. Influyen otras cuestiones, como sistemas de pre-cognitivos de creencias, que modifican esa percepción.

Si la economía no venía bien, las noticias desde la política tampoco. Desde el 2011 que el kirchnerismo no hace mas que explicar derrotas en las urnas. Primero en las legislativas (“la gente vota equilibrio, las presidenciales son otra cosa”, “si Massa no rompía esto no pasaba”, “Y que quéres, si pusimos a Insaurralde”), luego en las PASO (“si no fuera por las inundaciones tendríamos el 40%”, “Scioli no pudo captar el voto independiente porque tenía que fidelizar el kirchnerista”, “tendría que haber habido interna”, “si Palacios definía por abajo esto ya estaba cocinado en el 2014”) y bueno, ahora a explicar de vuelta (“Fue por Aníbal, con Randazzo ganábamos”, “La interna del PJ con el kirchnerismo duro nos mató”, “Tucumán nos mató”, “Subestimamos al PRO y a Macri”, “Regalamos la provincia”).

Probablemente todo eso sea cierto. Todos sabíamos que Aníbal Fernández era piantavotos, no pensábamos qué tanto. Todos sabíamos que parte del PJ clásico iba a jugar en contra, pero no pensábamos que tanto. Todos intuíamos qué la cosa estaba difícil… pero no suponíamos que tanto.

Hubo una clara expresión de la sociedad. Y no hablo en términos románticos, hablo en términos reales: el centro del país, ese que siempre definió el rumbo, y que acompañó en otros momentos, hoy nos soltó la mano. Y eso no se puede explicar sólo desde las lógicas relacionales de la política tradicional. Sería un error hacerlo: todos sabíamos que hay una fuerte disociación entre la clase política y las bases. Pero no pensábamos qué tanto. También nos soltó la mano nuestra propia base, esa nueva clase media, con sus demandas de segunda generación que no supimos entender o comprender.

De repente Scioli, ese candidato que nos prometía el acercamiento con ese electorado independiente tirado mas al centro y con el peronismo tradicional, mostró sus propias limitaciones. Como también las mostró Cristina a la hora de conducir a sus propios militantes. El kirchnerismo, acostumbrado a dejar heridos de la puerta para afuera, los empezó a dejar también puertas adentro. Una combinación fatal.

Así las cosas, probablemente Macri sea el nuevo presidente del país a partir de diciembre. Y no solo por errores nuestros. Interpretó, él o sus asesores, cierto espíritu de época en una porción importante del electorado. Yo pensaba, erróneamente, que ese espíritu era “kirchnerismo con buenos modales” (y en esa suposición, Scioli era un buen candidato, un aterrizaje suave de ocho años de una conducción política muy particular, con luces y sombras muy marcadas). El mensaje es otro: se marcó un límite. Esto es lo máximo que toleramos. La derecha, porque no me queda duda de que lo son mas allá del maquillaje, nos ganó en las urnas. Y eso duele el doble. Pero hay que aceptarlo. Son las reglas del juego de la política, que entre tantas cosas, es también la disputa de intereses contrapuestos. A veces ganamos, hoy toca perder. Reflexionemos y pensemos, que queda mucho por venir.