Son más de 43
Las siguientes dos palabras pueden causar incomodidad: personas desaparecidas. Júntelas con la siguiente cifra y es probable que el sentimiento se transforme en una mezcla entre un escalofrío e impotencia: 16,000. Dieciséis mil personas desaparecidas. ¡Impactante! O bueno… tal vez no. Quizás esta fría cifra no causa reacción alguna. ¿Y 43? ¡Esa sí que lo hace! ¿Por qué la cifra de desaparecidos desde el 2012 nunca causó el revuelo social que causa la cifra de los normalistas faltantes? ¿Cuál es el factor que hizo que a cualquier mexicano con un mínimo de alma le enchinara la piel el caso Ayotzinapa?
Mi hipótesis radica en que, por primera vez, los desaparecidos tienen cara. Es bien sabido que un muerto es una tragedia; mil muertos, una estadística. Con una violencia que parece incontenible, poco a poco nos hicimos tolerantes a una realidad espantosa. Como dicen por ahí: a todo se acostumbra uno, menos a no comer. Y sí, dentro de “todo”, caben miles -y miles- de desapariciones forzadas, asesinatos, secuestros y todo tipo de violaciones a los derechos humanos. Nos hicimos tolerantes a un modus vivendi en el cual la vida vale lo mismo que un cacahuate. Nos hicimos tolerantes a un sistema que facilita la explotación del ciudadano común a favor de los empoderados, en complicidad con los criminales, y que usa la corrupción como arma letal. Nos quedamos dormidos, acurrucados por un cuento de hadas que nos pintaba un futuro mejor, mientras se torcían las leyes a favor los que dan las órdenes.
Hoy, despertamos. Y fue necesaria una tragedia, una novela que suena a ficción para darle identidad a un grupo de cuarenta y tres personas que en otras circunstancias habría sido una cifra más. Cuarenta y tres: el .2% del total de desapariciones en México desde que Peña entro al poder. Un número tan chico que al redondear los miles habría desaparecido. Sin embargo, hoy son cuarenta y tres los que han lanzado a miles a las calles. Y así, sin aviso alguno, se puso al gobierno en jaque con la crisis más grande que ha vivido la actual administración.
De nada sirve que el pueblo haya sido sacudido de su somnolencia inducida si las cosas van a seguir igual. La inercia que ha cobrado el movimiento debe de ser aprovechada para lograr llegar a consecuencias que sienten un precedente, que logren un cambio. Pero decir “cambio” suena a cliché y se pierde entre discursos si no se especifica cuál es ese cambio. Pues bien: durante décadas se ha tejido una red de impunidad y complicidad política que de manera sistemática ha sacado provecho de la sociedad. Y no solo ha sacado provecho, sino que ha convertido al Estado en enemigo de ciudadano. Con la corrupción cómo aliada, los criminales de calle se fueron convirtiendo en capos, y poco a poco lograron someter al poder público, para después apoderarse casi por completo de él.
El cambio radica, entonces, en ponerle un alto a esta red. En imponer tolerancia cero a los actos de abuso de poder, de corrupción y complicidad. La única manera en que alguien llega a ser corrupto es porque esta seguro de que su acto quedará impune, que no habrá una sociedad que le exija cuentas. Es hora de que los gobernantes – y los futuros gobernantes- tengan bien claro que la ciudadanía no se quedará callada ante los abusos que antes quedaban impunes. Es hora de que quede claro que el pueblo tiene un límite, y que este se ha pasado ya. El sistema político debe renovarse, aún cuando eso implique la renuncia de un Presidente. Y para ello, es necesario ejercer una ciudanía activa e informada que tenga bien presente una cosa: gracias al silencio, hoy no son cuarenta y tres, son DIECISEIS MIL.