Asco a las 7

Daniela no encuentra su lapicero azul. Eso le recuerda no volver a prestarlos. Está escribiendo con el rojo, como si a este país, a este mundo, le faltara más ese color.

Es jueves, llovizna y todo parece bañado en un ambiente de negatividad. O así lo percibe ella, pues el resto de personas en la calle eligió la indiferencia para tomar sus decisiones.

En el tráfico, los pilotos siguen estúpidos y los peatones tiran la basura al suelo, llenando la banqueta de desperdicios.

Y Daniela parece quedarse con esa suciedad. Ha comenzado a sentir asco, porque el planeta se esmera en recordarle que la tragedia es continua.

Asco por quienes matan, asco por quienes lo justifican, asco de quienes buscan respuestas, asco de los que comparan, de los ateos, de los guatemaltecos, de los europeos, del medio oriente, asco de los intelectuales y de los ignorantes selectivos, de la universidad y de su tesis. Asco de los religiosos y asco de los indiferentes.

El mundo es eso que te tragás por partes que de a poquito te engorda el corazón y lo vuelve obeso, arrastrándote al piso todos los días.

Se pregunta Daniela cuándo dejará de sentir asco, y sabe que la respuesta es cuando muera. La pregunta verdadera es: ¿cuándo y cómo dejará de existir? Ojalá en un concierto, se dice a sí mismo, para morir cantando mientras sonríe.

Al menos esta cerveza no da asco.