Escaleras Mecánicas

Octavio Vellón Cortina
Nov 7 · 10 min read

1. Fiesta en la playa

Al entrar al mar, Narciso ni siquiera advirtió el erizar del vello de sus piernas. El agua estaba fría y la temperatura de afuera no permitía alardes ni filigranas. Esta sensación era mayor a causa de una fina y continua brisa, de modo que, para aquella gente osada que había decidido penetrar en la oscuridad remota de una noche de primavera, la delgada línea que separaba lo líquido de lo gaseoso suponía un doloroso contorno que obligaba a decidirse de forma apremiante entre lo uno o lo otro: zambullirse hasta disolverse como un terrón de azúcar en el café o aguardar en la orilla con la chaqueta puesta.

La figura frágil, tierna y tremendamente atractiva de una postadolescente le atraía hacia la negrura abstracta. Desde la profundidad sólo asomaba la cabeza de la muchacha y una mano quieta, que trazaba finas hondas blancas reflejadas por la luz de una luna inquisitoria, cuyo dedo describía repetidamente un movimiento de delante hacia atrás. No cabía duda de que era una chica con determinación — pensó Narciso. Aunque, probablemente, tras la rotundidad de sus gestos y el apremio con el que se había sumergido en el agua se parapetasen las inseguridades de alguien crecido en la era de la aprobación y la apariencia.

Narciso se acercó lentamente nadando a braza con la cabeza fuera del agua para no despeinarse. Al llegar a su meta particular, comenzó a rodear a la chica moviéndose como un astronauta en el espacio e iniciando una conversación insustancial sobre el instituto, la juventud, la inexperiencia y los gustos musicales. No se trataba sino de un pacto tácito, un preludio antes de la acción que ambos aceptaban como costumbre cultural. En realidad ninguno de los dos conocía los protocolos de seducción que se ejecutaban según la generación del otro.

Al mismo tiempo que la agarraba de la cintura, ella rodeó sus brazos por el cuello del profesor. Narciso sintió, esta vez sí, como todo lo erizable de su cuerpo se erizó. De repente todo se había convertido en un remanso de quietud. Mientras se besaban apasionada pero vaporosamente, él se dio cuenta de cómo se difuminaban los problemas cada vez que exhalaba el aire húmedo de esa fantasía líquida. Ahora ya no pensaba en los créditos, las letras del coche, la cotización de sus acciones, el pago de manutención de su hijo o en la timba de póquer donde perdió su reloj, de herencia familiar, tasado en varios miles de euros. Esa sensación, más serena que eufórica, le traslado a un colorido universo de plenitud que, aunque le parecieron horas, tan sólo duró unos segundos.

No temía que ese acto pudiese acarrearle problemas de ningún tipo puesto que la joven tenía la edad suficiente como para consentir la relación. Además, pese a impartir Historia Y Política Económica, era un profesor ameno en sus explicaciones, atento con las dudas de sus alumnos y paternal en el trato, lo que hacía de su figura un icono respetado en aquella facultad. Esto le hizo pensar que más allá de un sobresalto, unas cuantas sonrisas bobaliconas y algún que otro chascarrillo, los muchachos, que se difuminaban entre el paseo marítimo y la orilla, no comentarían nada de lo ocurrido, por muchas moralinas puritanas que los padres jesuitas hubiesen sermoneado durante todos los años de su rigurosa aunque occidentalmente sensible educación. Por otra parte, técnicamente ya no era profesor de Manuela, de modo que ningún aprieto legal podía interponerse entre esa ensoñación tan primaria y él.

Algo hizo que se detuviese. Pararon de besarse y sus caras se separaron unos centímetros, lo suficiente como para mirarse a los ojos. Narciso descubrió en ella una mirada sincera de indefensión, como si se le estuviesen revelando el secreto de la vida. En un imperceptible periodo de tiempo, lo que tarda en computar el cerebro humano, decidió que era el momento de penetrarla y, acto seguido, lo descartó. Acercó su frente a la frente de Manuela, respiró hondo mientras le sujetaba con mimo las mejillas con las manos de un padre y con la delicadeza de un alfarero se apresuró a darle un abrazo acompasado por una honda y purificadora respiración.

Eres una chica maravillosa. — dijo desde la gravedad de una caverna. — Crece, disfruta de los años que vienen. Quiérete y sé muy feliz, porque tienes todo lo que necesitas para serlo.

Tan pronto como soltó esas palabras, Narciso se preguntó a qué venía aquél sermón y qué efecto provocaría sobre ella. Ella se limitó a asentir con la cabeza, tal vez había entendido todo o quizá no entendió nada, en cualquier caso el profesor sabía que sus palabras no habrían sido necesarias puesto que Manuela era una chica inteligente, virtuosa y próspera.

2. Visita al médico.

Como el magma que aflora del manto, una nueva energía manaba por los poros de la piel de Narciso. Por una vez en mucho tiempo, se sentía un tipo maduro y las fisuras que agrietaban su existencia se mostraban ahora recónditas en el desván de una ilusoria e ilusionante mansión de proyectos templados. Esa clase de planes que los hombres ponen en marcha cuando se acercan a los cuarenta: Salir a correr tres veces por semana, apuntarse de nuevo a la liga local de pádel, acudir a clases de salsa, dejar la carne roja, sustituir el café por infusiones, retomar la cordialidad con su ex mujer o abrirle una cuenta de ahorros al pequeño Cirilo. En definitiva, lo que trataba de hacer inconscientemente, como todos los hombres de su edad era activar los mecanismos de prolongación vital, esto es, expiar de algún modo los excesos que se dan en la primera parte de la aventura humana. Se dio cuenta de que su vida ya no era la de un vivelafrance en el día en el que comenzó a ver a la policía como un servicio al ciudadano en lugar de una amenaza. La seguridad comenzó a ser más importante que la emoción.

Debido a los cambios en su modus vivendi, Narciso soportó unos días de ciertas náuseas y algo de dolor abdominal. Por el esfuerzo físico, el abandono de una alimentación pisci ovo lacto vegetariana tras su separación o, tal vez, por la paz espiritual de la que se vanagloriaba interiormente, sufría ciertas bajadas de tensión responsables de una ceguera transitoria seguida de hormigueos que describían una ruta desde sus sienes, atravesando la zona parietal de su cráneo y desapareciendo agonizante, como un corredor que tropieza en la carrera, entre el occipital y las cervicales. Esta sensación de fragilidad cósmica, que apenas duraba un instante, le obligaba a sentarse durante unos segundos en el sofá del salón.

En otra época habría dejado correr el dolor y los mareos durante unos días hasta que hubiesen desaparecido solos, pero ahora por fin consideraba que estaba en derecho pleno de utilizar la sanidad pública al igual que cualquier otro ciudadano español. Antes no. Durante su juventud, la masculinidad y esa máscara, que suprime todo gesto de sensibilidad o emoción en la que fueron educados los hombres de su edad, hacían que en él se manifestase un sentimiento de superioridad e incluso de culpa si alguna vez debía ir al médico.

Los hombres jóvenes, fuertes y sanos — pensaba entonces.- no deben ir al médico a no ser que las tripas se les estén desparramando entre las manos.

El calor húmedo de una ciudad costera empezaba a golpear los días de un agonizante mes de mayo. Cuando comenzó a preocuparse, Narciso ya llevaba una semana tomando ibuprofeno y Primperán, remedio para sus náuseas que le retrotraía unívocamente a su infancia. Los medicamentos hacían efecto, si el efecto se entiende como alivio sintomático inmediato, pero con el paso de las horas y de los días, la molestia arraigada a su seno interno no desaparecía.

Tras un análisis de sangre y otro de orina, el profesor volvió a casa donde guardó reposo durante una semana. Afortunadamente, hacía ya un año que había instalado un aparato de aire acondicionado en el salón, de modo se pasaba las mañanas leyendo a R. L. Stevenson, Alenxandre Dumas, Jack London o E. A. Poe lamentándose por dos motivos: la extinción del género relativo a marinos y otros aventureros y, por otra parte, la agónica idea de no volver a tener quince años nunca más. Además estudiaba también algunas revistas económicas, no menos espeluznantes para la observación ajena que los relatos de Poe. Ojeaba los diarios deportivos en su tableta electrónica, mientras deslizaba los distintos perfiles de las chicas que iban apareciendo en la pantalla de su móvil a través de una aplicación de citas. Se alimentaba de sopa de huevo, fideos finos, pequeños tacos de jamón y finas hebras pollo, añadiendo finalmente unas gotas de limón como se acostumbró durante años a ver hacer a su abuela cuando visitaba el pueblo de su padre. También comía verduras hervidas y espárragos a la plancha. Pasaba las tardes echándose la siesta en el sofá durante la retransmisión del Tour de Francia, recordando los veranos con su padre, y luego, tras beberse una horchata en la terraza a la vez que observaba el mar, apetitoso, verde y abarrotado de rostros y costumbres, volvía al salón y continuaba leyendo. Se sentía atrapado en una coraza gigante de cemento. En determinado momento incluso se imaginó golpeándose la cabeza como si de un jarrón de miel se tratase, imaginando que todo el néctar se esparcía por entre las butacas y con ella desaparecían súbitamente todos sus problemas.

“Me temo que vamos a tener que hacerle más pruebas, señor Greco.” — apuntó el doctor Espinoza. — “Estamos valorando sus análisis de sangre, hemos observado que tiene anemia, que es un síntoma que puede no significar nada de gravedad, pero nos gustaría descartar ciertas cosas.”

Narciso se sometió a una tomografía axial computarizada que certificó que padecía cáncer de páncreas.

3. Fracaso generacional.

Chalé. Squash. Tenis. Pádel. Libertad. Corbata. Gemelos. Niños. Batman. Libertad. Superproducción. Neoliberalismo. Narcóticos. Estados. Libertad. Unidos. Oficina. Cocaína. Empresa. Libertad. Beneficio. Barbacoa. Iglesia. Churros. Libertad. Costillas. Filatelia. Egoísmo. Pirámide. Libertad. Meritocracia. Eufemismo. Libertinaje. Soborno. Libertad. Juego. Universidad. Departamento. Poder. Libertad. Charla. Privatización. Hamburguesa. Tecnología. Libertad. Noventas. Dinero. Vacaciones. Psicólogos. Libertad. Porno. Polo. Gomina. Asistenta. Libertad. Pop. Televisión. Depilación. Cirugía. Libertad. Colágeno. Velero. Crédito. Náuticos. Libertad. Cuñado. Inversor. Putas. Albornoz. Libertad. Champán. Sushi. Hípica. Condón. Libertad. Pañales. Prosperidad. Implantes. Marisco. Libertad. Supermercado. Medicamentos. Piscina. Salud. Libertad. Mamada. Ostras. Tetas. Navidad. Libertad. Conservantes. Colorantes. Étnico. Aventura. Libertad. Turismo. Filipinas. Vietnam. India. Libertad. Aeropuertos. Diamante. Periódico. Sonrisa. Libertad. Dentífrico. Maquillaje. Puros. Reservado. Libertad. Autoestima. Aprobación. Mitin. Política. Libertad. Ficción. Ocio. Llavero. Velocidad. Libertad. Zoo. Ansiolítico. Hidratación. Veganismo. Libertad. Angora. Persa. Pedigrí. Smartphone. Libertad. Necesidad. Espectáculo. Musical. Aparcamiento. Libertad. Modernidad. Descapotable. Desarrollo. Césped. Libertad. Sombrilla. Cóctel. Legía. Oncología. Libertad. Soberbia. Trabajo. Comunión. Comilona. Libertad. Inmobiliaria. Globalización. Frigorífico. Adicción. Libertad. Riesgo. Parterre. Jardín. Aspersores. Libertad. Lujuria. Residencia. Quimioterapia. ONG. Libertad. Seguro. Póliza. Fetiche. Ejecutivos. Libertad. Deportivo. Economía. Competencia. Virtual. Libertad. Esclavitud. Bienestar. Higiénico. Espuma. Libertad. Instantánea. Fotos. Salón. Gestoría. Libertad. Pánico. Inconsciente. Colectivo. Masa. Libertad. Audiencia. Público. Espectador. Porcentaje. Libertad. Alopecia. Incomprensión. Horas. Extra. Libertad. Objetivos. Robots. Criptomoneda. Polvo. Libertad. Envase. Camiseta. Moda. Reciclaje. Libertad. Abogados. Divorcio. Liposucción. Colección. Libertad. Dietista. Vitrocerámica. Plasma. Parqué. Libertad. Moqueta. Taxi. Beicon. Aspiradora. Libertad. Videoconsola. Catálogo. Esquís. Andorra. Libertad. Burbujas. Gimnasio. Crucero. Vestidor. Libertad. Occidente. Geriatría. Ketchup. Lavavajillas. Libertad. Anal. Safari. Dromedarios. Culpa. Libertad. Atracciones. Aplicaciones. Tacones. Obesidad. Libertad.

4. Despedida a la realidad.

A nadie le gusta que le digan que se va a morir. Es una mierda. Ese puto misterio de la muerte me fascina: todos fingimos saber que nos vamos a morir, pero, cuando alguien va al hospital y el médico le dice que le quedan tres meses de vida, cae y no es capaz de asumirlo. A mí no me importa morirme, lo horrible de todo esto es saber cuándo y por qué. Y otra cosa: ¿sabes eso que alguna gente dice de que prefieren morirse ellos antes de ver morir a la gente a la que aman? ¡Y una mierda! La vida no tiene sentido sin tus seres queridos y tal… ¡Nada! La vida no tiene sentido sin mí, joder.

Es abrumador pensar que todo esto, lo que me rodea, a lo que llamo realidad, seguirá ahí, por muchos años, con toda esa gente sonriendo en Instagram como si todo estuviese bien y haciendo barbacoas y masturbándose delante del ordenador y yendo a trabajar y planificando sus vacaciones y mientras tanto no se dan cuenta de que se están muriendo. ¿Cuál es la solución a todo esto? ¿De qué va toda esta basura? ¿Un ajuste de cuentas universal? ¿A caso no fui un buen amante? ¿No abracé todas las noches a mi mujer? ¿No le procuré un niño al cosmos y lo acuné en la madrugada? ¿Enterré demasiados hormigueros cuando era un niño? ¿Mi coche consumió demasiada gasolina? ¿De qué coño se trata? ¿No he sido un buen amigo? ¿No cuidé, sin descanso, a mi madre durante todos esos meses en el hospital? ¿No leí lo suficiente? ¿No lloré demasiadas veces viendo marchar a la chica de la que estaba enamorado? ¿No bebí las suficientes cervezas junto a mis amigos? ¿No fui devoto con mis alumnos? ¿No traté de divertirme en este baile? ¿Acaso no voté al partido correcto? ¿No me hice del equipo del que hay que ser? ¿No fui comprensivo? ¿No fui buen hermano? ¿No me duché lo suficiente? ¿No me comí el lechón más suculento? ¿No miré a las estrellas?

Y aquí estoy. Se me ha hecho corto el viaje. Y lo que queda va a pasar rápido. Así que no encuentro otra motivación que ir a pasear y que todo ocurra mientras tanto. Entonces escucho el repicar de las campanas en la torre destartalada de la iglesia: suena como a Dios. Es el sonido de Dios. No estoy seguro de lo que hablo pero, ¿de qué hablar si no tienes con quién? Negarse a afrontar el futuro supone, de facto, estar haciéndole frente. Si no hay historias en lo que cuento es porque mi pecho no me deja sentir como al resto. Pero llegará un día, y será pronto, hermano, en el que la sangre que emane pomposa y alegre de mi vientre se impondrá. Y toda la víscera, el hermoso impulso, y todas esas decisiones descabelladas, encontrarán su redención en un florido patio de razones e imperiosa humanidad.

Octavio Vellón Cortina

Written by

Periodista cultural, escritor y actor. @octaviovelc en Instagram.

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