Las Puertas de Tenochtitlán

DRAMATIS PERSONAE
La Malinche: Princesa maya y amante de Hernán cortés.
Bernal Díaz del Castillo: Cronista de la expedición y amigo de Hernán Cortés.
Fray Jerónimo Aguilar: Náufrago y traductor de Hernán Cortés.
Doncellas mayas.
Un mastín: Perro de batalla y mascota de Hernán Cortés.
ACTO I
En una alcoba grande y desordenada, repleta de objetos de viaje, balizas abiertas, bártulos y mapas, todo lo lujosa que pudiera ser la habitación en una expedición de comienzos del siglo XVI y casi improvisada, se encuentra La Malinche, princesa maya, amante e intérprete de Hernán Cortés. Se está vistiendo de gala, ultimando sus preparativos para acudir a la gran fiesta de esta noche. Toda la expedición está invitada a acudir a un claro de la selva próximo a la base. Están muy cerca ya de Tenochtitlán. Junto a la Malinche, vistiendo también como doncellas del viejo mundo, cuatro o cinco muchachas se agasajan con bromas y juegan con un mastín, que ahora aparenta ser un perro tranquilo. De pronto, una voz tras las cortinas.
BERNAL. ¿Son las risas de Doña Marina las que casi rasgan las telas de esta alcoba?
MALINCHE. Las de la misma, pero sólo entre otras. ¿A qué venís don Bernal?
BERNAL. A dos cosas. La primera, la menos importante. Vengo a avisarle de que el convite está a punto, como imagino que sabrá, para celebrar la venida de Fray Jerónimo de Aguilar, que aunque no sea un hombre muy de su agrado, ya sabe usted que para don Hernán su labor es muy útil… Del mismo modo que para todos nosotros.
MALINCHE. (Con desprecio) Lo sé. Y dispuesta me hallo para disfrutar, a pesar de los pesares, y sabiendo que ese hombre… O llámele alimaña si quiere también… En fin, va a recibir honores que yo jamás recibiré habiéndole servido de mucha más ayuda a don Hernán.
BERNAL. Ya sabe usted, Malinche, que si por mi fuera dos fiestas haría yo cada día por usted. Una al despertar y otra bien de noche… Por su utilidad y por el uso de su lengua que tan fundamental es y tan bien nos viene.
MALINCHE. Hágase caso, don Bernal. Que mi lengua bien útil me es a mi también. (Irónica y a parte) Y tanto usted como don Hernán, casi nadie, lo pueden… ¡qué digo! ¡Lo deben valorar! Y si hace falta, lo deben atestiguar frente al tribunal que proceda…
BERNAL. (Preocupado y en privado a Malinche) Quédese tranquila, doña. No sea que la escuche quien no la tiene que oír y nos obligue a hacer una misa a cada dos pasos que demos. Yo le prometo a usted una fiesta, que además es doble esta noche.
MALINCHE. ¿Doble?
BERNAL. Doble o triple si se cuenta su presencia. Ahora que lo pregunta casi podría decirse que la de hoy vale por mil millares…
MALINCHE. No me diga que fray Jerónimo ha vuelto a caer cautivo otra vez…
BERNAL. (Sonríe) No sea traviesa, doña Marina, que la gracia de encontrarlo ha sido providencia divina.
MALINCHE. ¡Vaya! Pues no será para tanto si no es eso… Dígame entonces.
BERNAL. Créame que sí. Que al alba salió de aquí un muchacho de los finos de cuerpo pero de los que aguantan diez carreras juntas, y se lió a subir monte arriba. Ya habiendo oscurecido pensábamos que haría noche en la cumbre, si había tenido suerte, y rezábamos a Jesucristo para que no fuese nada más que eso. Pues resulta que hace un rato, el muchacho ha llegado… Con el corazón en la boca, pero nada más que eso.
MALINCHE. ¿Una fiesta por nada más que eso? Un fraile que medio parlotea el maya y un muchacho que vuelve vivo de un paseo por el monte. Nada más que eso.
BERNAL. Bueno, señora, es eso y mucho más que eso…
MALINCHE. Es usted un auténtico dolor de cabeza… Termine.
BERNAL. El muchacho ha divisado una ciudad al otro lado de la montaña…
MALINCHE. ¡Tenochtitlán!
BERNAL. Justo. Y por lo que a atinado a contar, su hermosura y extensión es tal que ni las más majestuosas ciudades del otro lado se le acercan a las enaguas… Está construida sobre un lago gigante, sus callejuelas son canales y sus terrazas y patios brillan como repletos de oro y lujos. Es inmensa…
MALINCHE. Y tendrá palacios…
BERNAL. Como soles de lustrosos.
MALINCHE. Pues tenía razón, don Bernal. Hoy nos toca celebrar…
BERNAL. ¿Se refiere a usted y a mí? (Las doncellas que acompañan a malinche ríen tímidamente como disimulando lo que han escuchado).
MALINCHE. No sea grosero. Que la grosería es peor que la ingenuidad, don Bernal. Y usted de ingenuo ya tiene un rato. Que a veces confunde el oficio con el gusto. Y el gusto me lo voy a dar en el convite. Así que, cuanto antes se vaya, antes termino.
BERNAL. Perdóneme señora… Es que estos aires y estas latitudes le confunden a uno.
MALINCHE. (Sin mirarle, jugando con un espejo) Será el cacao con chile, que le suben los rubores.
BERNAL. Será…
MALINCHE. (Hacia las doncellas) Y vosotras desfilad también, que ya habéis escuchado más de lo que os importa y tendréis que ir galopando a contárselo a todos los santos varones, esos que os manosean por la noche. ¡Largo!
Las doncellas salen correteando y cuchicheando a fuera del aposento. Sale tras ellas don Bernal Díaz del Castillo haciéndole una reverencia a la Malinche.
ACTO II
En esa misma alcoba, se encuentra ahora Fray Jerónimo Aguilar. Su aspecto resulta contradictorio: pese a ser un español lleva la cara labrada con marcas de guerrero de alguna tribu maya, las orejas horadadas y el pelo como un indígena. Viste con camisa, jubón y calzón. Una ropa vieja, lo único que le han podido prestar en la escasez de esta expedición que lo raciona casi todo. Pese a vestir como los españoles su tez le delata: Lleva ocho años siendo siervo de Cocomes, primero y los Tutul Xiues, después. Se oyen ladridos de los mastines afuera, salvas de trabuco, la gente canta canciones. De pronto entra La Malinche.
MALINCHE. (Hacia afuera de la alcoba) De eso nada querida… aguarda, que busco un abanico. ¿Cómo me tapo yo la sonrisa en el baile cuando se me acerque don Andrés de Tapia? Con esas espaldas de quien embiste como embiste una tropilla de caballos… (Repara, ya dentro, en Jerónimo) ¡Qué haces tú aquí!
JERÓNIMO. ¡Más te vale que te calles! Saco de carnes y plumas de pavo…¡Suerte tienes de haber recibido el santo bautismo! (Malinche se acerca enrabietada a clavarle las uñas. Forcejean y finalmente ella cae al suelo)
MALINCHE. ¡Voy a hacer que traigan a los mastines y te despellejen vivo! ¿No te da vergüenza? Con Jesucristo, San Francisco y los apóstoles mirándote y tu robando… Y pegándole a una señora.
JERÓNIMO. ¿Qué señora? Tu eres un puerco o como mucho un gallino pintando de pavo real.
MALINCHE. ¿Por eso me intentabas desplumar, bellaco? Y en medio de la fiesta que a buen gusto han tenido de prepararte como si fueras un héroe y no un cobarde… ¡Qué harías para que no te sacrificaran los Cocomes! Pronto esto se lo voy a largar a don Bernal y a Hernán y verás lo que te queda de fraile, si es que aún te queda algo… ¡Te vas a volver a Sevilla remando!
BERNAL. Ojalá pudiera llegar a mi Écija a nado. ¡Aunque tuviese que nadar otra vez entre tiburones! ¡Antes que quedarme aquí! Me iría con el culo flotando para que me lo vieses desde la orilla… ¡Adiós puerca, adiós! Eso te diría…
MALINCHE. ¡Ay si tu dios te oye decir eso!
JERÓNIMO. Mi dios y el tuyo. Que te voy a clavar una cruz en la frente para que se te quite esa cara de celo que no se aguanta… ¿A quién vas a ir a contar nada?¿A don Hernán o a don Bernal?¿ O a los dos juntos mejor? Y por nada espero que sea al uno encima y el otro debajo… Mantén la boca cerrada, salvaje infanta postiza, que más te vale.
MALINCHE. Me dices salvaje tú, que llevas la cara como al que le pega un zarpazo un puma y las orejas horadadas con unos agujeros donde cabe Tenochtitlán entero.
JERÓNIMO. Las bestias que me dejaron el rostro así tenían la misma cara de mono que tienes tú…
MALINCHE. ¿Seguro? A mí me ha llegado que cuando te encontraron en la espesura, en algún rincón de Yucatán, te vieron sonriendo y jugueteando con unos críos. Me aseguraron que vestías con un paño sucio que te cubría las vergüenzas y poco más. Con las carnes al aire y los pelos como se los cortan los Xiues…
JERÓNIMO. (Refunfuña y continúa rebuscando) Cállate que me quito el cinto y acabamos pronto…
MALINCHE. (Subiendo el volumen progresivamente) Quítate lo que te tengas que quitar, que yo voy a ponerme a gritar bien alto.
JERÓNIMO. (Para y la mira) No te das cuenta, doña. ¡Que yo quiero lo mismo que tú!
MALINCHE. ¿Ser consorte del Virrey de Nueva España?
JERÓNIMO. No volver a verte el gesto. Me quiero marchar de aquí. Huir de esta pesadilla salvaje y cruel. Y recogerme en mi hogar, donde me espera y siempre me ha esperado el señor. Allí está mi labor y allí me debo.
MALINCHE. Y lo vas a hacer dejándonos en cueros contra los mexicas…
JERÓNIMO. Sólo necesito unas monedas de oro, unos mapas y un caballo… Y os dejaré tranquila para siempre… Seréis la única intérprete de Don Hernán. Todo el mérito para usted. Y así pasaréis a la historia. ¿Qué os parece? ¿Qué cree que dirán los libros? “Y así es como Doña Marina y don Hernán liberaron a los pueblos del Yucatán del pecado y la barbarie. Trajeron y predicaron el santo catecismo ante miles… Cientos de miles de almas que jamás volvieron a estar perdidas.”
MALINCHE. Eso espero. Por desgracia tu oferta es desproporcionada. Vamos rumbo hacia la gran Tenochtitlán, la gran capital del mundo mexica, con menos de cuarenta caballos y el oro justo como para convencer a quien aún no esté convencido. Además, yo hablo el Nahuátl, pero te necesito. Tu algo entiendes de la lengua maya, por tanto no podemos permitirnos perder esa mitad.
JERÓNIMO. (Irónico) Hablas como ellos…
MALINCHE. ¿Qué?
JERÓNIMO: Que hablas como ellos. Como los hombres con los que compartes cama. Los que te arrancaron de tu casa. No crees en dios, pero haces que lo parezca. No crees en ellos, pero les haces creerse dioses. Celebras con vino pero a ti te gusta el agua que corre por estos ríos. No crees en la expedición pero llevarías el pendón de España hasta las mismísimas puertas de Tenochtitlán. ¿Por qué lo haces, Malinche?
MALINCHE. Porque dios me ha dado este regalo.
JERÓNIMO. Pero, ¿de qué me estás hablando?
MALINCHE. De lo que hay entre mis piernas. ¡Esa es mi bendición! Y mi rostro que cae en gracia. Pero lo más importante que me ha dado Jesucristo, tu señor y el mío, es lo que tengo encima de los hombros. Sin la cabeza no se va a ningún lado Jerónimo, y yo hace mucho tiempo que me prometí que no iba a morirme. ¿Vas a morir tú, fraile?
JERÓNIMO. Sólo cuando Dios lo disponga.
MALINCHE. ¿Y es Dios quien dispone que te apertreches de oro y robes un caballo en medio de tu festejo? ¿O es dios el que te dice “Jerónimo, tu sufrimiento ha sido mi voluntad durante estos años, una prueba, pero ya te he rescatado”…?
JERÓNIMO. ¡Ocho años! (Se hace un silencio tenso y desgarrador) ¡Esa ha sido mi prueba! ¡He vivido ocho años en el infierno! Dios… Era su precepto, pero yo le pedía noche tras noche que a la siguiente mañana, la primera corriente marina me estrellase tan fuerte contra los arrecifes que me destruyera en mil pedazos para que nadie le rindiera jamás cuentas a mi cuerpo. Cada instante que fui un esclavo pensé que iba a ser el último… Cuando naufragamos en Cozumel vi cómo la gente se ahogaba entre las tablas y las cuerdas… Cuando pudimos llegar a la arena ya nos esperaban los Cocomes. ¡Esas alimañas de corazón negro! Vi cómo le abrieron la cabeza a fray Diego y a otros cuatro. Y cuando Valdivia desenvainó lo cosieron a palos y lo despellejaron allí mismo con una macana. Tuve que ver a esos malnacidos comérselo aún vivo… ¡Me hicieron comer carne de hombre! (Solloza y cae de rodillas.) Siento asco de mí mismo ¡La condena de Dios ya es segura! En realidad debí morir hace mucho tiempo. Si esto no es el infierno, no sé cómo debe de ser.
MALINCHE. Jerónimo, recomponte.
JERÓNIMO. ¿Qué sentido tiene ya para mí todo esto?
MALINCHE. Eres un estúpido, Jerónimo. No me apenas. Yo he visto morir a mucha más gente que tú. A los míos. Con su fe, su amor, sus pasiones, sus tierras, sus ríos y su cultivos. Con sus fiestas y sus hijos. Hernán no es un asesino. A dios doy gracias. Pero esta es una tierra de violencia. Siempre lo ha sido. Antes fue una guerra de caciques. Ahora todo ha sido agitado por una fuerza más grande, más fuerte y más violenta.
JERÓNIMO. ¿Y dónde le ves tú el sentido a todo esto?
MALINCHE. Me complace ver que tú tampoco se lo ves. Esto que vivimos carece de sentido. Es una mera cuestión de tiempo y espacio. Tu y yo estamos aquí y no en otro lado. Dos meros peones que se mueven en un tablero cósmico. Pero… ¿Sabes cuál es la diferencia, Jerónimo?
JERÓNIMO. ¿Cuál?
MALINCHE. La diferencia es que a mí me colocaron en el tablero y tú decidiste entrar solo.
JERÓNIMO. Pero… Yo entonces era muy joven y ni siquiera había salido de mi tierra… No sabía lo que me podía aguardar aquí…
MALINCHE. Yo casi no sabía hablar cuando un español se me puso encima.
JERÓNIMO. No entiendo entonces por qué no huyes como trato de hacer yo he intentas volver con los tuyos.
MALINCHE. Los míos no son los míos. Los míos no existen. A mí primero me raptaron y luego me ofrecieron como obsequio. Esa misma noche, y antes de yacer conmigo, los españoles me bautizaron. Tardé mucho más en dirigirle la palabra a Hernán que en aprender el castellano. Pero finalmente asumí que mi destino estaba escrito.
JERÓNIMO. ¿Y ahora qué?
MALINCHE. Ahora toca vivir. Eres tú quien sigue viendo esta situación como una condena y no un privilegio.
JERÓNIMO. ¿Privilegio? ¿Pero qué…?
MALINCHE. El privilegio de ver lo que nadie ve. Vivir lo que nadie vive. Caminar por lugares que nunca nadie había visto, ni siquiera nosotros. Saborear frutos que jamás en tu tierra se saborearán. Ver ciudades que nunca más verá. Eso es la vida que te espera Jerónimo.
JERÓNIMO. No puedes ni imaginarte cómo me atormenta la idea de ser enterrado aquí.
MALINCHE. Eres un hombre afortunado. Tendrás la suerte de ser enterrado aquí.
JERÓNIMO. ¿Te burlas de mí?
MALINCHE. Por supuesto (sonríe), a otros ni siquiera los entierran.
JERÓNIMO. (Agachando la cabeza) Le debo una disculpa, doña Marina.
MALINCHE. ¿Ahora me hablas con respeto?
JERÓNIMO. Qué remedio. Es usted la otra mitad de mi porvenir.
MALINCHE. Fray Jerónimo de Aguilar, no nos vamos a amar nunca pero, al menos, nos soportaremos.
JERÓNIMO. Malinche, yo te guardaré el secreto.
MALINCHE. No hace falta. Ya lo sabe todo el mundo. Ahora discúlpame, voy a un convite que le han preparado a un fraile y a un muchacho. No tardes en salir.
Sale y se oyen voces de doncellas diciendo “¿Dónde estabas?”,”¿ qué hacías ahí tanto tiempo?”, “Nos moríamos de vergüenza por entrar y ver algo”, risas. JERÓNIMO mira la bolsa de oro, los cartapacios con los que pretendía huir, los deja en el suelo como al que se le cae el alma y mira al horizonte. Allí divisa Tenochtitlán. Su magia le hipnotiza. Allá le espera.
TELÓN.
