Lo que ocurre detrás de los espejos (Inacabado)

| Nobody Dies Anymore de Tweedy

22 de julio a las 18:08. Escrito en mi muro de Facebook: (Me siento optimista) A fin de cuentas, creo, o al menos quiero creer, que quien me ha sustraído el móvil esta mañana lo ha hecho por razones imperantes. Y le disculpo porque, como todos nosotros, es esclavo de sus circunstancias. Ese tipo estaba determinado genéticamente o ambientalmente para acabar enganchado a algún tipo de mierda que le obligue a robar. Por tanto, que cada uno camine con su zurrón a cuestas, que el mío también pesa. Paz.

22 de julio a las 15:53. Escrito en mi muro de Facebook: (Me siento bendecido) Un yonki me ha robado el móvil. Espero que la piedra que se fume sea de calidad y le siente bien, y no tenga necesidad de ir al hospital por una sobredosis, una anemia o una insolación.

De un tiempo a esta parte, Fernando Espinoza había encontrado en la escritura un refugio para sus atrofias existenciales. Como ocurre con la inmensa mayoría de la gente de su generación, Fernando siente un gran vacío interior ocasionado por diversos factores que se han conjugado, todos al mismo tiempo, derivando en un sentimiento de tristeza inmensa unos días, un resquicio de esperanza sutil otros y una conmoción continua fraguada en la resignación y la misantropía.

Es un hijo de la crisis. La crisis global del segundo semestre de 2008, como le explicó Juan Antonio, su profesor de economía del instituto. Madoff. La estafa piramidal. Ese tipo y muchos más. La corrupción política que ha asolado España de dinero y de referentes. La precariedad. El austericidio cruel, impuesto por Europa.

Algunos meses sobrepasa los dos mil euros gracias las guardias de veinticuatro horas en el Hospital. Tiene suerte de que algunas de estas guardias son tranquilas -cuando llueve o hay fútbol.- y puede echarse un par de horas antes de que llegue algún nonagenario que padece de todo. Incuso en ocasiones, con algo de fortuna, ha mantenido relaciones sexuales durante las largas noches de vigilia hospitalaria. Después de seis años de estudio continuo y otro año más preparando el M.I.R., ha desembarcado en el Hospital 12 de Octubre con todas las dudas del mundo. ¿De verdad quiere dedicarse a la medicina? ¿Por qué? ¿A caso es un tipo altruista o comprometido con la sociedad? ¿Le importa la gente? ¿Pretende pasar los próximos cuarenta años vagando por el desierto, encerrado entre las paredes de un hospital?

Nadie le enseñó a fracasar. Las redes sociales tampoco lo hacen; cuando accede a sus perfiles no alcanza a distinguir mucho más allá de las playas de arena blanca, las sonrisas de ortodoncia y los culos tersos.

En los relatos de Fernando Espinoza no aparecen elfos, ni magos, ni es literatura universal, ni tan si quiera puede considerarse ficción. El joven médico se ha dedicado a atesorar los momentos fugaces que, por un motivo u otro, consideró dignos de ser almacenados en su dispositivo móvil. Así pues, y teniendo en cuenta que esos momentos han sido anotados de forma arbitraria, podría llegarse a la conclusión de que no fue Espinoza quien decidió qué y cómo escribir. Por el contrario, esas recónditas situaciones se encargaron de manipular la consciencia del escritor para lograr ser escritas.

Sea como fuere, el tipo acaba de ser víctima de un robo y ha perdido toda esa información que le recordaba lo acontecido en los meses anteriores, de manera que, en cierta forma, es aquí donde acaba su relato.

21 de mayo a las 19:45 en el parquecillo de Conde Duque. Escrito en el bloc de notas del móvil: La mirada de un perro mientras defeca.

21 de mayo a las 19:46 en el parquecillo de Conde Duque. Escrito en el bloc de notas del móvil: La mirada del dueño de un perro mientras defeca.

Con todo el rubor en las mejillas, un muchacho asoma la cabeza por el hueco de la consulta del doctor Calabuig. Para entonces, el residente de segundo año, Fernando Espinoza, ya había sido advertido de que el paciente tenía un bloqueo que provocaba habitualmente que no fuese capaz de contenerse en el colegio, en el supermercado, en la playa o en cualquier restaurante.

- Hola Manuel.- espetó el doctor Calabuig.- ¿Te sigues cagando encima?

Ante la pregunta a bocajarro del psiquiatra infantil, Espinoza hubo de hacer grandes esfuerzos para contener la carcajada. Al tratar de disimular que la situación le parecía de lo más grotesca, el joven residente hizo unos gestos con la cara y el cuerpo que le delataron sumamente. Tal vez el ridículo de sus movimientos robóticos, mirando hacia un lado y hacia otro, intentando sin éxito despachar el salvaje gemido que aguardaba dentro en dirección a cualquier otro rincón del cosmos, pero lejos de ese habitáculo, fue aún más estruendoso que si simplemente se hubiera partido de la risa delante del chaval.

- No, ya no. — negó el adolescente, sin ser capaz de levantar la mirada del suelo.

- Muy bien, ahora le preguntaremos a tu madre.- Sentenció con dureza y escepticismo.

A esta atroz apertura del interrogatorio le siguió un puñado de preguntas más sobre las notas que había obtenido durante el trimestre pasado. Malas, obviamente. También se habló sobre las horas que le dedicaba a la videoconsola o las veces a la semana que salía con sus amigos a la calle.

- Pero, ¿qué amigos?- Se preguntó, en silencio y con dolor, Espinoza.

No era necesario ser un especialista en psicología o sociología para reparar en que el pubescente Manuel no tenía incondicional alguno. Había repetido dos veces en la educación secundaria y se había cambiado de colegio otras tantas. Quizá hubiese conseguido formar algún tipo de relación amistosa, de dudosa confianza, con perfiles difusos en la red junto a los que pasaría horas y horas jugando online a shooters y otros juegos colaborativos en su minúscula, calurosa y, sin duda, protectora habitación.

- Sí, se sigue haciendo caca.- dijo su madre con la normalidad de quien se acostumbra a la desgracia.

Además había suspendido seis de siete asignaturas. Aprobó religión con un cinco. Doña Inmaculada levantó la mano a pesar de no saberse los distintos libros que componen el Antiguo Testamento ni saber el nombre de al menos seis de los doce discípulos de Jesús. Lo hizo porque no habló, ni cuchicheó, ni tiró borradores o papeles arrugados a la pantalla de la televisión cuando les puso en clase Jesucristo Superstar.

- Es verdad que juega como siete horas al día a la consola, pero nos ha dicho que quiere ser youtuber. Se acaba de abrir un Youtube de juegos. — añadió la madre.

- Un canal de Youtube.- profirió casi inconscientemente Espinoza.

El doctor Calabuig, Manuel y su madre tornaron sus ojos en Espinoza con diferentes matices.

- Perdón, pero supongo que se referirá a que su hijo se ha hecho un perfil en Youtube y acaba de abrir su propio canal de videojuegos para subir contenidos de gaming o crítica de videojuegos. Youtube es la plataforma.- Sonrió Espinoza, con cierto nerviosismo, atisbando una improbable pero posible alternativa vital para Manuel.

Se hace el silencio durante un segundo antes de que la madre del chico conteste:

- No. Los juegos de plataformas no le gustan.

18 de julio a las 14:26. Escrito en el bloc de notas del móvil en el salón de la casa de mis padres: Me encanta volver a casa y encontrar a mi padre, hipnotizado, viendo el tour. Es una sensación de calma que me transporta de alguna manera a la niñez. Qué sensación de calma y de satisfacción.

El tacto de unos céntimos en una mano mojada. Olor a cloro y a césped. Insectos en la hierba. Avispas. El sonido de la infancia se expande entre los cipreses. Chanclas, protector solar y trajes de baño. La asfixia colectiva que hace brotar unas gotas de sudor. Cromos de futbolistas, gusanitos, fresas de nata y fresas silvestres, arroz inflado. El Calipo, sustancia emperatriz. Los niños se secan en la sombra con toallas obtenidas de una colección de cupones de algún periódico deportivo de tirada nacional. Algunos llevan al piloto de coches campeón, héroe nacional, otros el escudo del equipo de turno. Ciertas toallas, como la de Fernando, llevan el logotipo de una sucursal bancaria, una agencia de viajes, una cadena de supermercados o una crema de manos. Viajes Arenas, Pocahontas, Buzz Lightyear. Pryca, Nivea y Caja Madrid. Podría hacerse una competición de toallas. Gana la más grande, la más corporativa, la más barroca o, mejor, la más improbable.

Fernando piensa que ojalá todos los días fuesen cinco de agosto. Quiere escapar. Sí. Pero, ¿a dónde? No quiere desaparecer en el espacio. Huir en el tiempo es imposible, así que supone que la única alternativa que tiene es tratar de escabullirse a una realidad paralela, tal vez detrás de los espejos. Un refugio cognitivo que evite este hastío. ¿Es esto de lo que hablaba Baudelaire? Es demasiado joven para sentirse tan cansado. Evasión o derrota.

30 de Marzo a las 16:40, en el tren hacia Madrid. Escrito en unos folios con el sello del hospital: Acabo de ojear un par de álbumes de fotos en casa de mis padres, concretamente dos en cuya etiqueta, pegada sobre el lomo, podía leerse “niños V” y “niños VI” respectivamente. Este tipo de cosas siempre hace que el aliento me sepa a hierro. He visto fotografías de 1993 y 1994, de cuando las fotos eran más valiosas. Casi todas se circunscribían a un verano de los muchos que pasamos junto a los yayos en Castelldefels. Era un niño muy guapo.

Otras fotografías habían sido tomadas en un baile de fin de curso donde tuvimos que representar una obra de teatro en la que un tambor era el papel protagonista y el resto del elenco estaba compuesto de animales y vegetación del bosque. En este tipo de performances había dos tipos de niños: Los que hablaban y los que hacíamos de árbol.

Se mantiene muy fresco en mi memoria el recuerdo de cuándo yo pasé a formar parte de ese grupo proscrito de niños mudos. En el primer ensayo partía con toda la confianza del mundo por parte de la Señorita María Jesús, quien me asignó el papel protagonista del tambor. No sé si fue la presión de actuar frente a mis distraídos compañeros de clase, si, por el contrario, me daba miedo no ser capaz de aprender tres o cuatro frases de texto — que la profesora me repetiría desde el foso del escenario durante la actuación-, o si simplemente no me apetecía lo más mínimo meterme en berenjenal alguno. El caso es que la maestra, tras un pase de texto, decidió que el papel de tambor era demasiado importante como para que yo lo interpretara. El papel cayó en las manos de Ramón y además creo recordar borrosamente que me llevé una reprimenda por parte de la señorita por lo mal que me salía.

Especulo y creo que en el fondo, aunque años después al cruzármela por el pasillo esbozaba una sonrisa cuando me veía, la señorita María Jesús me tenía manía y que la decisión primigenia de que yo hubiese sido el tambor recaía en el velo de Sor Inés, la rectora del colegio y mi mayor valedora. Sor Inés cortaba el bacalao y lo corta, porque sigue viva a sus cinco mil quinientos años. Siempre que la he vuelto a ver me recuerda que, desde esa edad temprana mía, corregía al hablar a otros niños. Ya entonces era un buen filo fascista.

Árbol. Retomo que ahora iba a ser un árbol. Inmóvil y con el tronco marrón. Un tipo de esos que aún sale en las cintas de VHS hurgándose la nariz mientras sus padres le graban desde el público. Es uno de los primeros recuerdos vivos que mantengo de mi infancia. Sin embargo, es cierto que tras este choque traumático, el primero de los primeros ego-formativo-profesionalmente hablando, pasé de curso y olvidé a María Jesús.

9 de junio a las 23.52. Escrito en el bloc de notas del móvil. La estrella del porno y filósofa italiana, Valentina Nappi, en la sala equis tras la proyección de la película “Queen Kong”:

- “Bisogna scopparsi ai perdenti”. (Es necesario follarse a los perdedores.)

8 de junio a las 0:41. Escrito en el bloc de notas del móvil. Dos jóvenes, cuyo acento sudamericano no acabo de identificar, nos entregan unos folletos de un club de striptease en la esquina de Gran Vía con San Bernardo:

- “Tengan chicos, para que no se tiren la paja.”

- “Para que hagan algo diferente… ¡Salir de la rutina!”

2 de junio a las 19:30, lugar y situación desconocidos. Escrito en el bloc de notas del móvil: Me resulta extraño que en junio siga lloviendo. Sería más agradable que los días fueran soleados y la gente saliera a la calle. En cualquier caso, esta lluvia es maravillosa.

31 de mayo a las 14:30 tras ver la historia de Instagram de alguien a quien sigo. Escrito en el bloc de notas del móvil: Schadenfreude. (Concepto alemán que designa el sentimiento de alegría o satisfacción generado por el sufrimiento, infelicidad o humillación de otro.)

Con el paso de los meses, la gran herida emocional que sufrió Fernando Espinoza comenzó a cicatrizar, en gran parte, debido a que el joven doctor se volcó con su trabajo y sus escritos.

- A ver José Luis, ¿En qué año estamos?

- En…

- Dígame.

- En… mil… novecientos… veinticuatro.

El señor José Luis estaba había llegado deshidratado y muy aturdido. Tenía noventa y cinco años y padecía un poco de todo. A Fernando aún le causaban cierta ternura este tipo de casos, porque en el fondo, la conducta inocente de la gente tan mayor y tan frágil le recordaba a la de los niños.

- Doctorcito, será mejor que no se le muera José Luis.- Le espetó sonriente el doctor Jeferson Advíncula.- Supongo que no querrá llevarse otro mes más “el ciprés de oro”.

El ciprés de oro era un galardón ficticio que se otorgaba al internista bajo cuya supervisión había muerto más gente durante ese mes. En realidad se trataba de una broma, seguramente macabra fuera del contexto del hospital, que no revestía ningún tipo de consecuencia. La mayor parte de los pacientes que se estudian en medicina interna desde los últimos treinta años en adelante han sido en su mayoría, y de forma creciente, ancianos. Los casos de enfermedades recónditas han sido suplidos por algo acuñado como “toditis”, esto es, personas tan mayores que cuando acuden al hospital y se les hace un chequeo, se descubre, sin sorpresa, que padecen de insuficiencias de todo tipo, tumores, órganos atrofiados que funcionan milagrosamente, etcétera.

- Señora, o empieza a vigilarse el azúcar o vamos a tener que empezar el salchichón.- comentó la doctora Ferráiz haciendo un gesto con su mano derecha imitando una sierra.

22 de mayo a las 3:18 en mi cama. Escrito en el bloc de notas del móvil.: Burgués, hombre, blanco, heterosexual, joven.

30 de marzo a las 14:35 en el sofá del salón de la casa de mis padres. Escrito en el bloc de notas del móvil. Un beso espontáneo en la mejilla. No necesitaba nada más para ser feliz.

Alguien llama al móvil de Espinoza. Lo extrae del bolsillo de su abrigo. Hace frío, está escuchando música mientras camina por Plaza de España en dirección a Gran Vía. Tiene el pelo mojado, se acaba de duchar en ese gimnasio que va camino de convertirse en otra promesa incumplida. Mira la pantalla del teléfono.

- No. — piensa.

Es Antón, no lo coge.

- No. — De nuevo.

No alcanza a saber realmente por qué no ha cogido la llamada pero está ligeramente incómodo. Al ver su nombre en la pantalla le ha sobrevenido un escalofrío, un mal augurio, una intuición macabra que me advierte de que algo no va bien.

- No.- insiste una voz dentro de sí.

Bueno. Tal vez Antón necesite un sofá donde estirar las piernas. Quizá sea eso y simplemente le quiere anunciar que viene a Madrid en unas semanas para alguna suerte de reunión de alguna organización que gestiona cierto tipo de asuntos difícilmente definibles orientados hacia un objetivo poco concreto para el cuál mucha gente ha debido poner, por ejemplo, sellos, impregnar firmas, escribir documentos, graduarse la vista, sonarse la nariz, quedarse hasta tarde en la oficina, mancharse la camisa de café, tropezarse al subir por las escaleras porque el ascensor ese día estaba averiado, cancelar su cita de tinder, tomarse un alprazolam antes de ir a dormir, mirar una media de doscientas cincuenta veces la pantalla del móvil, aplazar la cita del martes con el psicoanalista, romper su promesa de dejar de fumar, olvidarse de tomar la pastilla diaria de aquel producto para la caída del cabello, cenar un sándwich delante del ordenador, llegar tarde a la partida de squash ¿Aún hay gente que sigue jugando al squash?

- No.- le advierte la voz mientras repara en que la boca le sabe a hierro.

Instintivamente, Fernando le envía un mensaje a Antón. “¿Me has llamado?”, le dice como si el no haberle cogido la llamada se debiese a un despiste. “Sí, ¿estás ocupado?”, le contesta. Apenas dos segundos después de contestar recibe otra llamada suya. Esta insistencia velada, esta sequedad en sus palabras hace indicar que, efectivamente, algo malo ocurre. Pero si ese algo está relacionado con Antón, está casi seguro de que ese algo también está relacionado con Marianne. Porque ambos viven en Bruselas desde hace poco más de un año. Pienso que si se tratase de una desgracia relativa a algún amigo en común de Madrid, habría bastado con entablar una conversación por mensaje.

29 de marzo a las 21:45 tumbado sobre mi cama en la casa de mis padres. Escrito en el bloc de notas del móvil. Hoy es mi cumpleaños. Jueves Santo y la gente sale a la calle en busca de un dios. Soy la cara más triste de toda la fiesta.

Por más que haya pasado un mes desde entonces, aún se me eriza la piel cuando lo vuelvo a leer. He estado un tiempo sin escribir y he de reconocer que ha sido por miedo. Miedo a no ser capaz de ordenar adecuadamente todas estas ideas que flotan alrededor de mi cabeza cada vez que veo, toco o huelo. Pero tal vez la pregunta que debería hacerme es otra: ¿Por qué me decidí a escribir de nuevo? O mejor, ¿Para quién estoy escribiendo?

25 de marzo de 2018 a las 12:03 en casa de mis padres. Escrito en el ordenador portátil: Anoche cambiaron la hora. Estuve hasta las seis de la madrugada con mis amigos de la infancia en un bar llamado La Cueva en el pueblo donde crecí. Estuvimos jugando a los dados, como los soldados que se jugaron los harapos de cristo. Unos nos retábamos a los otros, quien perdía se bebía un chupito de lo que eligiese. Yo tuve la fortuna de beberme sólo uno en las cuatro rondas que jugué. Aun así acabé tan borracho como el resto. Fue una buena noche.

Hoy ha amanecido un día espléndido. El sol ilumina de otra manera: de pronto es primavera y la felicidad puede verse allí a lo lejos, ahora vuelve a parecer alcanzable. Esbozo una sonrisa mientras escribo.

Fernando Espinoza respira tranquilo. Ha escuchado el tono de voz de Antón y parece muy tranquilo. Creo que le llama para algún asuntillo menor, la más probable de las hipótesis si se hubiese dejado de especulaciones y corazonadas. Hablan durante veinte minutos. En gran vía hace frío y una gota le resbala por la punta de la nariz. Aprovecha la manga de la sudadera para limpiarse. Ya se encuentra casi a la altura de la calle Montera y aún continúan hablando sobre el trabajo, las vacaciones y los amigos. Se empieza a hacer evidente que no le ha llamado para eso.

20 de Marzo a las 3:22 en mi cama. Escrito en el bloc de notas del móvil: Hay una pequeña proporción de gente, ínfima tal vez, que disfruta tanto del rutinario día a día como del conjunto de su vida. Mientras tanto el inmenso resto de nosotros hemos aceptado que lo corriente es no deleitarse del tiempo. Del nuestro y el de la gente a la que amamos.

26 de febrero a las 14:55 en las escaleras de la plaza de los cubos, frente a los cines Renoir, tras enviar un mensaje a través de una red social a una desconocida. Escrito en el bloc de notas del móvil: Una chica y un chico se conoces en una red social destinada a buscar diferentes tipos de relación. Ella pronto le cuenta que tiene un novio y una relación abierta. Le informa también de las normas que ambos han acordado: Sólo un polvo. No pueden ver a otras personas más de una vez. A medida que los días pasan y continúan hablando, el muchacho comienza a sentir curiosidad y, poco, esa curiosidad se convierte en atracción. Quedan una y dos veces. Ella quiere acostarse con él. Él, que se siente enamorado, evita el sexo a toda costa porque no soporta la idea de no volver a verla más.

Apenas Espinoza colgó el teléfono, una especie de fuerza vital descendió desde su pecho en dirección a los pies. Algún tipo de cambio verdaderamente físico se había dado dentro del cuerpo. Los ojos se le inundaron y dos regueros se abrieron paso por encima de las mejillas. Se sintió muy solo. Tremendamente solo. Vagó Gran Vía arriba casi hasta la altura del Círculo de Bellas Artes donde giró sobre sus talones, como alguien que ha decidido que es hora de dejar de hacer estupideces, y puso rumbo hacia su casa.

Antes de llegar al portal, en algún momento de esa travesía ilógica, la más amarga que recuerda, escribió un mensaje escueto a Marianne.

24 de febrero a las 1:01. Escrito en el bloc de notas del móvil. Acabo de salir del cuarto de baño: Me odio. Me odio con todas mis fuerzas. No sé quién es el que está frente al espejo.

17 de enero a las 1:36. Historia de Instagram: Ayer, después de pasarme casi dos días llorando, le dije a mi madre que la quería mucho. Debe ser la segunda o, como mucho, la tercera vez en mi vida que lo digo. También ayer debió ser la primera vez, desde que tengo uso de razón, que le dije a alguien que le odiaba. Supongo que la vida va de eso, de equilibrar sentimientos. Creo que es un buen comienzo para una novela. O tal vez un buen final.

16 de enero a las 10:56. Mensaje de WhatsApp de Antón para mí: “Hola Fernando. Lamento mucho haberte causado este daño. Creo que me conoces lo suficiente para saber que jamás he tenido ni la menor intención de herir a nadie. Y menos a ti. Espero que con el tiempo podamos normalizar toda esta situación. Un abrazo.”

15 de enero a las 21:56. Mensaje de WhatsApp para Marianne: “He hablado con Antón. Me gustaría hablar contigo por teléfono”

Había amanecido un día espléndido, soleado y cálido, como todos los días tristes. Espinoza se levantó de la cama con un nudo en la garganta aún mayor que el del día anterior. Se dirigí a la habitación de su hermana y se acurrucó junto a ella en su cama. Ella sabía perfectamente los sacrificios que en otro tiempo había hecho por esa relación. Se levantamos casi a las once. Cuando fue cambiarse rompió a llorar. Su hermana entró en la habitación y le dio un abrazo fuerte, tal vez pronunció alguna palabra. Fernando sollozó desconsoladamente en su hombro y dijo: “lo único que quiero es ser feliz.”

Los dos hermanos desayunaron en una cafetería del barrio. Se sentaron en unos sillones desvencijados pero cómodos. Swing en la radio. En otras circunstancias habría sentido una sensación de agrado al ver a la camarera. El olor a café y tostadas, que suscitaba una nostálgica sensación de paz y descanso, estaba anulado por un bloqueo sensorial, así que retomó la conversación con su hermana sobre toda la situación y por qué le afectaba tanto. Cada cierto tiempo se veía forzado a interrumpir el relato y respirar hondo. Durante toda la mañana tuvo que hacer esfuerzos para impedir que afloraran las lágrimas. Salieron de nuevo a la calle en dirección al magno edificio de Correos del Paseo de la Castellana. En los cristales de los edificios observaba su reflejo y sintió compasión por el muchacho que había al otro lado. A menudo le ocurre. Al mirares a los espejos y, más concretamente, al mirarse a los ojos durante un rato, es capaz de ver a la figura que tiene delante como si fuese un ente ajeno. Se trata de una especie de desconexión de la mente con el cuerpo. Este fenómeno apenas dura un par de segundos, quizá tres. En ocasiones le resulta aterrador pararse a pensar quién es la persona se encuentra frente a sí mismo, mirándole fijamente. Recuerda que la primera vez que le ocurrió tendría unos nueve años y se asustó mucho. No sabía quién era el niño del espejo. Tampoco sabía quién era él mismo, si el chico rubio y tierno de los lunares o el duendecillo que se refugiaba detrás de su piel, sus músculos, sus tendones y sus huesos. Parece ser que antes era el duende y ahora es el niño.

Bajando por el barrio de Chueca el sol les bañó el rostro de una vez por todas y por primera vez en doce horas sintió cierto alivio divino. Aprovechó para respirar mientras percibía un ligero calor en la cara. Estiró los brazos y las muñecas asomaron entre las mangas del abrigo. Vitaminas.