¿Cómo financiar la política sin sacrificar la democracia? (I: comunicación)

No es lo mismo financiar la política que financiar partidos.
No es lo mismo financiar partidos que financiar campañas.
No es lo mismo financiar campañas publicitarias que campañas políticas.


En días recientes, distintos partidos políticos han planteado “donar” parte de su presupuesto a un fondo de reconstrucción tras los sismos del 7 y 19 de septiembre. De manera oportunista y como si fuera una competencia, los representantes de cada una de estas organizaciones políticas empezaron a lanzar mensajes en redes y medios con porcentajes de los recursos públicos que reciben, retándose unos a otros en un juego de quién da más, hasta llegar al tope del 100%. Habría que decirles que se serenen y recordarles que no están donando nada, que ese dinero ya es de los mexicanos.

Un importante número de ciudadanas y ciudadanos, formal o informalmente, llevamos tiempo exigiendo a la clase política (gobernantes, legisladores y partidos, de manera indistinta) que detengan el despilfarro de recursos públicos para promocionar su ego e imagen. Nos hablan de ellos y no de política.

Este despilfarro se da, por lo menos, por dos vías importantes:

  • La publicidad oficial de las dependencias de gobierno
  • Las (permanentes) campañas electorales

¿Cómo repensar entonces estas formas de comunicación entre políticos y ciudadanía?: en clave radicalmente democrática. Desde esta postura, las campañas políticas y la publicidad oficial, no son solo herramientas democráticas en sí, sino que deben aportar algo a la democracia. Democratizar implica que estos espacios sean eco de la voz de las y los ciudadanos, de necesidades e intereses comunes, o brindar información relevante para el ejercicio de nuestra ciudadanía, para poner manos a la obra y contribuir en la construcción de una sociedad más justa.

Si estos mecanismos comunicativos se discuten como meros instrumentos propagandísticos, pierde la democracia y perdemos todos. Discutir si deben o no recibir recursos, más o menos, privados o públicos, nos da como resultado un gran argumentario técnico, pero con un sentido democrático limitado.

Campañas: ¿publicidad o política?

En la primera de las vías de despilfarro que menciono es sencillo plantear una solución: reducir el gasto en publicidad oficial o, incluso, eliminarlo, como algunos actores políticos ya lo han dicho, con excepción de áreas estratégicas como salud, protección civil y turismo. Y el que se quede, fiscalizarlo mejor, empezando por la manera opaca en que se reporta hoy en día.

Por otro lado, las campañas políticas son más complicadas. Pertenecen a un sistema complejo y con delicados equilibrios que tienen que revisarse constantemente, con el fin de que la política no sea secuestrada por una minoría económica con gran cantidad de recursos (empresarios que en su mayoría viven de contratos con el gobierno o, peor, el crimen organizado), ni por un partido con amplias mayorías y sin ningún contrapeso, o la simbiosis de ambos. Tenemos que evitar de igual forma corrupción y autoritarismo.

Principales tipos de financiamiento político-electoral actuales

Bajo el esquema actual de campañas, la eliminación del financiamiento público a los partidos tiende a debilitar la democracia. Los que tienen acceso a más recursos privados desplazarían de la política a los que tienen menos, a los que más necesitan de ella.

Esta idea perversa es conocida por el PRI-gobierno. Han demostrado más de una vez sus lazos con intereses privados como OHL o Higa, por nombrar algunos. Podemos sumar el que disponen del presupuesto federal y del de varios estados listos para ser desviados, preguntémosle a Duarte. Por eso es que no tienen reparo alguno en usar una retórica demagoga, torcer una legítima demanda ciudadana para su beneficio y eliminar el financiamiento público a partidos.

Todo esto pone en desventaja a cualquier oposición y, más grave aún, representa un duro golpe a la calidad de la democracia en todas sus formas, en instituciones, organizaciones civiles o movimientos sociales. A ningún sector social le conviene un gobierno que no rinda cuentas, mucho menos que disponga de todo el aparato del Estado para hacer su voluntad sin ningún contrapeso significativo.

Entonces, ¿reducimos el gasto?

La iniciativa #SinVotoNoHayDinero representa un gran logro en la reducción y distribución del gasto público en partidos. Le da valor agregado de protesta al anulismo y abstencionismo, y con ello obliga a los partidos a ganarse el voto.

A pesar de esto, sigue habiendo un problema central. Me aventuraré a afirmar que una amplia mayoría de los spots, bardas, espectaculares y eventos masivos, poco nos dan cuenta a los ciudadanos de las ideas, propuestas y programas de los partidos o candidatos, menos nos permiten contrastar. ¿Cuántos de estos aportan algo a la democracia? ¿No parecen ser más unas campañas de posicionamiento de marca que campañas políticas para tomar una decisión más informada?

Reducir el financiamiento no ataca el problema político de fondo. ¿Cómo se utilizan los recursos públicos, sean muchos o pocos? ¿Cómo se desarrollan las campañas y qué le aportan a la ciudadanía?

Un modelo distinto de campañas

SÍ queremos política y una cancha pareja para la deliberación.
NO queremos campañas huecas, de derroche y espectáculo.


Los institutos electorales y, en particular, el Instituto Nacional Electoral, se encuentran rebasados en su capacidad para cumplir las funciones que tienen por ley. Aún con el amplio presupuesto del que disponen, no es suficiente.

Pongamos un escenario: un candidato a la presidencia paga una gran cantidad de publicidad impresa en toda la república, desde espectaculares hasta carteles, tapiza el país. Para poder contabilizar esto y saber si se ha rebasado el tope de gastos, ¿cuántos ojos necesita el INE o cualquiera que quiera interponer una denuncia?

Por más candados a los partidos, la fiscalización de los recursos sigue siendo complicada y los actores políticos encuentran la forma de sacarle la vuelta. Cada atribución que se le suma al INE, paradójicamente dificulta su labor o nos obliga a aumentar su presupuesto.


Es posible sancionar la publicidad engañosa por su contenido, independientemente de la magnitud de su distribución. ¿Que no es acaso publicidad engañosa promocionar la imagen de un “político” que no habla de propuestas políticas? Empecemos por ahí entonces.

El paradigma de las campañas políticas es un paradigma de espectáculo que se cuestiona muy poco, en comparación a la parte técnica de su financiamiento. Necesitamos migrar a un nuevo paradigma de contraste y deliberación de propuestas y programas: un paradigma de las campañas centrado en debate.

Algunas ventajas:

Principales tipos de financiamiento político-electoral bajo un modelo de campañas centrado en el debate
  • El mayor recurso destinado a campañas no se asignaría a los partidos, sino al INE. Sería dedicado a la organización de debates transmitidos por radio, televisión e internet, además de la utilización de espacios públicos dentro de la demarcación por la cual se compite. Nos permite conocer y contrastar en igualdad de condiciones las ideas tanto de actores con una gran estructura partidista, como de aquellos que no la tienen.
  • Reduciría atribuciones secundarias de los institutos electorales. Así, aunque los institutos tendrían un ingreso extra para organizar los debates, se reduciría significativamente una gran cantidad de presupuesto destinado a las tan complejas como insuficientes formas de fiscalización bajo el modelo actual.
  • Los contenidos publicitarios serían fiscalizados de manera más eficiente. Pensar en primar la visibilidad de ideas de un amplio espectro político y evitar la publicidad sin propuesta, puede ayudar al INE a identificar más fácilmente los contenidos y materiales sancionables que no aportan al ejercicio y reflexión democráticos.
  • Repensar el financiamiento de los partidos ya no a partir de su visibilidad en periodos electorales, sino desde su capacidad organizacional en relación con sus militantes, simpatizantes y votantes. Se fijaría un piso mínimo de financiamiento y dependiendo el número de votos obtenidos este podría aumentar hasta el techo máximo que se considere sensato (de manera similar a #SinVotoNoHayDinero).
  • Mayor flexibilidad con el financiamiento privado de los partidos. Al centrar las campañas en debates, todo gasto publicitario se sometería a criterios más rigurosos de reducción y fiscalización, que a su vez dan una mayor facilidad de sanción en caso de no cumplirse. En consecuencia, el financiamiento privado de los partidos sería en su mayoría para gastos operativos ordinarios, no por ello exentos de ser regulados, transparentados y fiscalizados.
  • El fin de las permanentes campañas electorales. De la mano de la eliminación del gasto publicitario de las dependencias de gobierno, las campañas centradas en el debate reducirían esa laguna que permite a actores políticos promocionarse fuera de los calendarios electorales.
  • Fuera de los años electorales, siguiendo al punto anterior, se incentivaría también un modelo político e informativo de discusión y contraste, donde el énfasis estaría en partidos y grupos parlamentarios que hagan críticas a gobiernos o a otros grupos, y no en quién publicita más una postura unilateral.

¿Se puede financiar la política sin hacerla rehén de las campañas publicitarias huecas de los distintos actores políticos? ¿Se pueden pensar nuevas formas de financiamiento de la política que no sacrifiquen las conquistas democráticas? Yo creo que sí.