La carpintería secreta de García Márquez: ¿cuál era su técnica?

La voz, el estilo, los párrafos, los adjetivos, las oraciones… Muchos expertos han tratado de encontrar la fórmula de Gabriel García Márquez, y muchos otros han tratado de imitarle.

El escritor colombiano destruyó las pruebas mecanografiadas y las anotaciones de Cien Años de Soledad, su ‘carpintería secreta’, como la llamaba. ¿Podemos conocer en qué se basaba su técnica estudiando toda su obra?

En parte sí, pues García Márquez fue dejando pistas en sus memorias y en algunas entrevistas que concedió, así como en biografías como la de Dagmar Ploetz, la traductora al alemán de sus obras (García Márquez, editorial Edaf).

La voz. García Márquez afirmó a The Paris Review que para escribir Cien años de soledad escogió la voz de su abuela. El autor afirmaba que cuando su abuela contaba cuentos, eran fábulas irreales pero ponía ‘cara de palo’ para hacerlas creíbles. De ahí nace el realismo mágico, donde lo verosímil se funde con lo mágico, lo irreal. “En vez de hablar de la realidad, debía hablar de la representación de la realidad”, cuenta Gerald Martin, su biógrafo. Es una voz que no se encariña con los personajes: es distante, como la de su abuela cuentacuentos.

Las metáforas. Fue uno de los recursos mejor empleados por el autor. La metáfora sustituye una cosa por otra para acrecentar su sentido. Por ejemplo, “lloró con lágrimas de aceite ardiente que le abrasaron las entrañas”; “Tuvo que remontar los afluentes de la memoria”; “la medalla de fuego permanecía en su retina” (un eclipse).

Las analogías y símiles. Sabía retratar imágenes con comparaciones seductoras (usando ‘parece’, o ‘como’). “Los alcatraces inmóviles en el aire con las alas abiertas parecían muertos en pleno vuelo”. “Piedras enormes como huevos prehistóricos”.

Los adverbios. Había que rehuir de todos los adverbios terminados en ‘mente’. “Porque me parecen feos, largos y fáciles, y casi siempre que se eluden se encuentran formas bellas y originales”, dijo en una entrevista para Ciudad Seva.

Los adjetivos. Dedicaba mucho esfuerzo a sustituir los adjetivos tópicos por otros que producían un efecto inesperado en la imaginación del lector. Por ejemplo: ojos fosforescentes, respiración pedregosa, fiemo empedernido, mosquitos carniceros…

Términos inventados. En El General en su laberinto usó ‘condoliente’. Dijo más tarde: “Existen el verbo condoler y el sustantivo doliente, que es el que recibe las condolencias. Pero los que las dan no tienen nombre”. (Ciudad Seva)

Términos poco comunes. “Una hamaca colgada de dos horcones con cabrestantes de barco”. “La laboriosa enumeración tronchó su último vahaje”. Y hasta escogía las flores por sus nombres más eufónicos como “caléndulas y astromelias”.

La musicalidad. Sus cuentos y sus novelas son muy eufónicos. Se podrían leer en voz alta y reconocer su hermosa musicalidad. Se debe a la profunda formación poética del colombiano, quien aplicaba a sus oraciones una métrica calculada (pie latino o griego). “Por propia iniciativa [de adolescente] comencé entonces a leer mucho, poesía y obras literarias en general, pero sobre todo poesía. Por eso creo que mi estructura cultural es esencialmente poética…” (Entrevista para Vogue).

Los párrafos esculpidos. Afirmaba que le encantaba trabajar mucho los párrafos y reescribirlos. Cien años de soledad contiene párrafos largos construidos con oraciones muy largas. También usaba mucho una técnica llamada ‘inversión’ por la cual se pone el final al principio, comenzando por un verbo o por los complementos, para evitar que todas las frases sonaran igual. Esa parte de la estructura era posiblemente lo más trabajado. García Márquez lo llamaba en sus memorias ‘romper párrafos’. “Ahogándose en la mare magnum de fórmulas abstractas que durante dos siglos constituyeron la justificación moral del poderío de su familia, la Mamá Grande emitió un sonoro eructo, y expiró”. (Funerales de Mamá Grande). Lo académico habría sido escribir: “La Mamá Grande emitió un sonoro eructo, y expiró ahogándose en la mare magnum de fórmulas abstractas que durante dos siglos constituyeron la justificación moral del poderío de su familia”.

Los diálogos fantasmales. No eran el punto fuerte de García Márquez, como reconocería siempre. No se parecen mucho a los excelentes diálogos de la novela americana del siglo XX, pero por eso mismo, los diálogos de sus personajes tienen siempre un aire fantasmal, poco natural, que aumenta el efecto mágico de sus relatos.

La disciplina. Confesaba que, como periodista, era muy indisciplinado y tuvo que imponerse un método. ”Me vi obligado a establecer una pauta de trabajo que iba de las nueve de la mañana a las dos de la tarde, cuando mis hijos volvían de la escuela. En ese tiempo tenía cuarenta años…Después me sentí culpable de escribir sólo por la mañana, intenté continuar por la tarde, pero caí en cuenta de que en la segunda parte del día nada me resultaba bien y debía rehacer todo a la mañana siguiente”. (Vogue). “No creo que puedas escribir un libro que valga la pena sin una extraordinaria disciplina”. (The Paris Review)

Media cuartilla al día. “He tenido que someterme a una disciplina atroz para terminar media página en ocho horas; peleo a trompadas con cada palabra y casi siempre es ella quien sale ganando”. (Vogue)

Sitios de inspiración. “Logro escribir sólo en un ambiente familiar que ya esté identificado con mi trabajo. Una pieza de hotel, una habitación puesta a mi disposición por otra persona, una máquina de escribir prestada, me bloquean, y esto es una lástima porque cuando viajo no puedo trabajar… (Vogue).

El estado de gracia. Confesaba que no podía acometer ningún escrito sin inspiración. “Debo estar también en un estado de gracia, con el tema preciso y el tono exacto para desarrollarlo”. (Vogue). “Estoy convencido de que no es un estado de ánimo especial en el que se puede escribir con gran facilidad y las cosas fluyan… Ese momento y ese estado de ánimo parecen venir cuando has encontrado el tema adecuado y la forma correcta de tratarlo. Y tiene que ser algo que realmente te gusta también, porque no hay peor trabajo que hacer algo que no te gusta”. (The Paris Review).

El primer párrafo. “Una de las primeras dificultades es la de escribir el primer párrafo. He llegado a pasar meses para ‘tomar la onda’: apenas superado este escollo, el resto ha salido facilísimo. Creo que con el primer párrafo logrado se supera la mayor parte de los problemas que plantea escribir un libro; allí queda definido todo: el tema, el tono, el estilo.. (Vogue). En una serie de artículos que escribió para responder dudas de los lectores (Gabo contesta, El Tiempo Casa Editorial), García Márquez afirmaba: “Siempre he creído que la novela debe agarrar al lector por el cuello desde la primera línea”. Y ponía como ejemplo el escalofriante comienzo de La Metamorfosis de Kafka, cuando un hombre amanece convertido en cucaracha.

La exageración. Aguaceros que duran años, esponjas y cangrejos que caminan por las casas, pelos de niñas muertas que sigue creciendo, hombres con alas, mujeres con cuerpos de araña… Según el autor: “Si tú escribes que has visto volar un elefante, nadie lo creerá; pero si afirmas haber visto volar cuatrocientos veinticinco, es probable que el público lo crea”. (Vogue)

Técnica cinematográfica. Algunas novelas como El coronel no tiene quien le escriba las escribió García Márquez con recursos de cine. “Cuando vuelvo a leer ahora el libro, veo la cámara”, confesó. (Dagmar Ploetz, en García Márquez) Se refiere a que las escenas son muy visuales, que hay más diálogos y que parece en algunos aspectos un guion de cine.

Las pequeñas acciones. El autor emplea el recurso (tomado de Hemingway en El Viejo y el mar) de describir un personaje por sus pequeñas acciones, como lo hace en El coronel no tiene quien le escriba. Este coronel que espera que le den una pensión, vive pobre con su mujer enferma: para ella reúne restos de café en una lata, revuelve en un arcón hasta encontrar un vestido de boda que será su mortaja, y hasta alimenta con granos de café a un gallo que es lo que le ha heredado de su hijo fallecido… (Dagmar Ploetz, García Márquez).

La atmósfera. En sus narraciones suelen repetirse palabras que envuelven la acción en una agobiante atmósfera. Abuela, sol, polvo, aguacero, fritanga, pestilencia, pájaros, gallos, mastines, patio, podrido, calor sofocante, funeral, misa, viento, siglos, bananas, cataclismo, amor víboras, sudor, criatura, selva, vapores, bíblico, muerto, hamaca, arsénico…

Giro inesperado. En sus relatos, llega un momento en que aparecen unas palabras que cambian el curso de la narración real a lo irreal. Suele ocurrir en los primeros párrafos. En El ahogado más hermoso del mundo unos niños ven algo que se acerca por el mar. Piensan que es un barco enemigo. Se dan cuenta de que no tiene arboladura. Quizá es una ballena que se quedó varada, pero “solo entonces descubrieron que era un ahogado”. Y continúa de forma alarmante: “Habían jugado con él toda la tarde enterrándolo y desenterrándolo en la arena…”.

(En la foto, García Márquez con un ejemplar de Cien años de soledad sobre la cabeza)