Buscando al Fin del Mundo

En el 2014 decidí llegar de una vez por todas al fin del mundo. Hacía tiempo ya que buscaba alcanzar ese lugar pero siempre con fallos rotundos. Siempre iba al lugar equivocado. Una vez lo busqué en la Muralla China, por Ba Da Ling. En el medio de tanta montaña me di cuenta que allí no podía ser: había mucha gente y el chocolate que servían en los almacenes era leche en polvo mezclada con cocoa y agua caliente. Esas cosas no pasan en el fin del mundo.

Otra vez nos fuimos a un lago helado en Finlandia, quizás engañados por las promesas embebidas en el nombre de ese país. Luego de un chapuzón en el agua fría de aquel lago sentí que allí tampoco podía ser el fin del mundo. Si bien estaba frío, el sol se reflejaba demasiado en los copos de nieve.

Al norte de Helsinki, Finlandia

Hasta decidí salirme de lo habitual y llegué a ir a mausoleos comunistas en plena plaza roja. No se podía entrar con el celular, ni sacar fotos, ni hablar. Estaba muy oscuro además en aquel cuarto. Demasiado encierro, nada que ver con el fin del mundo.

En la Plaza Roja, Moscú

Según los libros que leía cuando era niño, el Nilo es el río más largo del planeta. ¿No empezará ese río en el fin del mundo? Junté coraje y con unos amigos nos fuimos en camioneta hasta Uganda a visitar la cuna del Nilo. Ellos no sabían que mi plan secreto detrás de todo esto era encontrar el fin del mundo. Allí había un restaurante que vendían cerveza y hasta una gaseosa con mi nombre. Si bien mi nombre podría ser una buena señal de que estaba cerca, ese lugar no podía ser el fin del mundo, porque antes de que yo llegara ya sabían mi nombre y lo habían puesto en una etiqueta.

Dentro del agua, donde comienza el Nilo

Igual no me desilusioné y lo seguí buscando, esta vez pensé que el fin del mundo podría estar perdido en algún desierto norteamericano. Fuimos con mi esposa a visitar a una tía a la ciudad del Lago Salado en Utah. Al final de la visita, cuando la convencí para irnos en tren hacia California ella ni se imaginaba que yo en realidad buscaba el fin del mundo, que íbamos a atravesar esos desiertos tras ese lugar de mi obsesión. El tren partió con diez horas de retraso. Una buena señal, porque al fin del mundo no hay que llegar a tiempo. En pleno desierto de Nevada el tren se detuvo. Estábamos en el medio de la nada. El cielo nublado y la incertidumbre se desplomaba sobre los pasajeros. Yo por dentro saltaba de alegría. “¡Llegué! ¡Lo logré!” pensaba. Estaba equivocado. La policía había detenido el tren por exceso de velocidad. Nunca pensé que cosas así podrían pasar. Pero nos pasó, y llegamos a California con 34 horas de retraso y sin fin del mundo. Ni todo el cielo azul del Golden State fue suficiente para consolarme.

En el medio de Nevada detenidos por la policía

Ya casi rendido decidí jugar la última carta que me quedaba. Quizás mi reticencia a aceptar este hecho fue lo que me llevó a deambular por el mundo. Quizás deambular por el mundo fue lo que me ayudó a aceptar este hecho. El fin del mundo se encuentra en Argentina. Una vez uno se da cuenta de eso parece obvio. Es hasta ridículo pensar en otras alternativas.

El viaje empezó en pleno Centro de Buenos Aires. Con dos amigos conseguimos un auto por calle Suipacha y salimos por la Ruta 3 en busca del destino al que estábamos convencidos que íbamos a encontrar. El interior de Buenos Aires nos envolvió con ese aire que huele a milonga surera. La noche nos agarró al costado de la carretera, más allá de Bahía Blanca. Con el sol saliendo seguimos nuestro viaje hacia el sur sin mirar mucho hacia atrás para evitar la nostalgia. En Puerto San Julián nos recibieron con bondad y buena comida, a pesar de que la herida de las Malvinas seguía aún viva en el dueño de aquel restaurante. “Muchos de mis amigos murieron en el Belgrano” me dijo. “Eran unos muchachitos que no sabían ni agarrar un rifle. Yo los tuve que entrenar”. Luego de una pausa lagrimosa nos advirtió: “Eso sí, si van para el sur, tengan cuidado con el viento”.

Patagonia

Ya más al sur casi se nos termina Sudamérica. El Estrecho de Magallanes era nuestro último obstáculo antes de llegar al fin del mundo. Nos subimos a un barco y cruzamos sin inconveniente alguno. Las toninas saltaban junto a la embarcación. Ellas seguro sabían que estábamos cerca y nos querían alentar a continuar.

Unas toninas en el Estrecho de Magallanes

Ya del otro lado seguimos por la Ruta 3 rumbo a Ushuaia. El viento se dio cuenta de nuestro cometido y nos soplaba de lado, fuerte, como pidiéndonos que desistiéramos. Para mí era una señal de que estábamos cerca.

Ya de noche cruzamos el paso más austral de los Andes y bajo una lluvia torrencial nos metimos en Ushuaia. El destino quizo que la primera persona con la que hablamos al llegar fuera el Doctor Sombra. “Otra señal” me dije, mientras lo saludaba con un apretón de manos. Su mirada me insinuó que él ya sabía qué cosa andábamos buscando, su sonrisa sin embargo, no dejó duda alguna. La lluvia continuó cayendo sobre la noche de Ushuaia. Nosotros, sin mucho hablar, nos fuimos a dormir. Había que descansar y bien. Sabíamos que al otro día nos íbamos hacia el fin del mundo.

Por la mañana arrancamos el auto y salimos para atrás, deshaciendo nuestro camino hacia el norte, hacia donde nacen los Andes. El error de muchos turistas es seguir la Ruta 3 hacia su fin, hasta llegar a Bahía Lapataia, pero se equivocan. Ahí hay un parque y un trencito, pero no el fin del mundo. Si volvemos por la Ruta 3 casi hasta donde comienzan los Andes vamos a ver que el sendero se bifurca, naciendo una calle que lleva por nombre la letra J. Es de ripio y sin pretensiones. Pasa por al lado del lago Harberton. Los distraídos se quedan a mitad de camino en la estancia que se llama igual que el lago. Nosotros sabíamos que había que seguir hacia más adelante, mucho más allá del lago.

Pasando el lago tuvimos que cruzar una colina donde había un árbol solitario al que decidimos visitar. El viento soplaba fuerte y frío pero el árbol se la aguantaba quietito allí sin chistar. Él sabía muy bien hacia dónde íbamos. Seguimos viaje y al pasar por un bosque nos salieron unos perros al cruce y nos ladraron al vernos pasar. Nuestra odisea quijotesca parecía llegar casi a su fin.

Pasando el lago Harberton

Un puente anaranjado de óxido nos ayudó a cruzar el Río Moat. El último puente y el último río antes del fin del mundo. La calle apenas si se extendió un kilómetro más. Terminaba sobre un terraplén que daba a un pequeño acantilado junto al océano. Bajamos hacia la playa de piedras por una escalera abandonada, con barandas de cuerda totalmente deshilachadas por el tiempo. Por alguna razón habían tanques oxidados desparramados por todos lados. El mar golpeaba una y otra vez esas piedras que le daban textura a la playa. Eran todas casi negras, teñidas de un musgo anaranjado. El cielo estaba nublado y el viento siempre lo abrazaba todo.

Volvimos a subir hacia donde estaba el auto y se me da por prestar atención a ese terraplén donde estábamos parados. El pasto estaba liso y bien cortado, casi que injustificable en aquel lugar. Como todo en la vida, había una explicación. Si aquel lugar fuese el fin del mundo, ¿qué cosa sería la señal que así lo indicase? Estábamos en Argentina, al final de Sudamérica, a 3000 kilómetros de Buenos Aires, ya lejos de la Pampa y más allá de la Patagonia. La respuesta estaba ahí no más, era simple, como todo, como el fin del mundo. El terraplén no era un terraplén como cualquier otro, el pasto no era cualquier pasto. Estábamos parados sobre una cancha de fútbol. Aquello era sin dudas el fin del mundo.

El Fin del Mundo — Argentina

El año pasado decidí ir al desierto de los desiertos. Salí en moto desde Suiza con el objetivo de cruzar Marruecos hasta llegar al Sahara. Pasaron muchas cosas en ese viaje, pero hay un par que no dejan de ser muy interesantes. En mi primer día en Marruecos, me agarró el atardecer en pleno ascenso a las montañas Atlas. Mi objetivo era cruzarlas por el puerto de montaña de Tizi n’Tichka. Paré a dormir en Taddart, una villa en plena montaña, sin internet ni acceso a teléfono alguno. Cuando logré preguntar por alojamiento me dijeron que tenía que esperar por Abdul, que estaba jugando al fútbol. Mi cara de incredulidad lo decía todo. Estaba en Marruecos, en medio de las montañas y me dicen que el encargado del hospedaje ya viene, que está jugando al fútbol. Me señalaron en dirección a la cancha para que lo fuera a esperar si quería.

Taddart en los Altos Atlas

La canchita se encontraba al lado de un río totalmente seco. Había dos equipos jugando, unos vestidos de rojo y otros de azul. Terminado el partido Abdul me recibió y me mostró mi habitación en el hospedaje y luego me llevó hacia un comedor en la casa de al lado, donde me iban a servir la cena. Logré entablar conversación con el hombre encargado del comedor en una mezcla de Español, Inglés y Francés. Decidí pedirle consejos sobre la ruta hacia el sur. Me dijo que una vez cruzado el Tichka, me tomara un desvío por un camino lateral, “que tenía mejor vista”. Me dibujó un mapa en la hoja de un cuaderno y me explicó como encontrar el desvío.

Al otro día luego de cruzar el Tichka iba más concentrado en encontrar la calle lateral que en atender el camino. Ni bien la ruta empieza a descender en una parte que parece que lleva a un precipicio se halla la calle que me mencionó Alí. Al adentrarme en ella parecía me me metía en el Marruecos oculto, lleno de magia y villas olvidadas por el tiempo. A la mitad del camino se encuentra la Casbá de Télouet, un castillo de estilo árabe donde una vez vivió El Rey del Atlas. Recorrí la Casbá como cualquier turista inadvertido que pasa por allí, pero la sorpresa me la llevé al mirar por entre una de las tantas ventanas del castillo. Afuera había una cancha de fútbol. Otra cancha de fútbol. ¿Qué estaba pasando?

La Casbá de Télouet

Mi ruta continuó hacia el sur de Marruecos rumbo a M’hamid, donde termina la carretera y comienza el Sahara. Luego de un día de viaje llegué a aquel pueblo, que parecía estar somnoliento bajo el estupor del desierto. Las pocas personas que se veían en la calle llevaban sus cuerpos totalmente cubiertos; el sol del Sahara no perdona. Cuando decido dar la vuelta para comenzar mi regreso a casa, me doy cuenta que ese burro que veía desde hace un rato, no estaba atado a un poste cualquiera, si no que ese poste era ni más ni menos que el palo de un arco de fútbol. Allí había otra cancha de fútbol. El fin del mundo me había seguido hasta el mismísimo Sahara.

Una cancha en M’Hammid