Sándwich de tocino
Lo intento una y otra vez y simplemente no lo logro. No sé qué hago distinto. No logro reproducir el sabor de los sándwiches de tocino que me preparaba mi abuela. No sé si no logro llegar al tostado perfecto del tocino… Tal vez sea el pan; ¿la marca? ¿Será lo que había alrededor de ese sándwich? ¿Qué lo que me haga falta es pasar la noche anterior a ese desayuno en su casa? ¿Necesitaré vestir ese camisón rosa con olanes que me prestaba para que diera vueltas sobre la cama y frente al espejo? ¿Le hará falta como ingrediente desvelarme viendo las telenovelas que tenía prohibidas en casa?
Es posible que el toque secreto sean los olores. Que necesite que el ambiente se impregne de “english leather”, la loción que usaba mi abuelo. Que deba ponerme sobre la piel la auténtica agua de colonia (si, la 4711). Tal vez así logre que el sándwich que yo me prepare tenga el mismo sabor a los de desayunos de fin de semana en casa de la abuela. O más que los olores sean los complementos al desayuno. En esos días en donde aún había panaderías de barrio y mi abuelo salía a las 6 en punto para alcanzar la primera tanda de pan recién horneado ¿O será que la bebida que deben llevar los sándwiches de tocino sea café con leche y mucha azúcar y no el simplón café con leche que bebo ahora?
Ya no hay manera de preguntarte, abuela… Ya no queda más que seguir intentando llegar al sabor que añoro y recuerdo con tanto cariño. No hay olor a english leather, no hay agua de colonia, no hay pan dulce recién horneado. Se terminaron las vueltas con el camisón de olanes y la morbosidad de ver telenovelas.
De cualquier manera, mientras yo recuerde el sabor lo seguiré intentando y espero poder compartir esos intentos. Tal vez alguien recuerde mis intentos con la misma nostalgia con la que yo recuerdo esos desayunos y esas noches permisivas en casa de los abuelos.