Pinchismo

El complot mongol (1969) de Rafael Bernal

Andy Warhol, Mao, 1973
O porque así era la vida en esos tiempos, o porque así querían que fuera yo. ¡Pinche vida!

Filiberto García es un asesino comisionado a investigar una intriga internacional en Ciudad de México en medio de la Guerra Fría. Sus compañeros de investigación, o mejor dicho, los otros comisionados son un estadounidense y un ruso. Los enemigos son los chinos. La República Popular China (con coqueteos a Cuba) está envuelta en una intriga que busca asesinar al presidente gringo en una de sus visitas a México. A lo largo del relato, Filiberto García se nos revela pincheando la vida, para él todo es “pinche”: pinche ruso, pinches chinos, pinche Martita, pinche vida.

¡Pinche soledad!

Qué es “pinche” sino una maldición. Filiberto es un personaje que vive maldiciendo su entorno, maldiciendo la realidad. ¿Por qué? Porque no la puede cambiar y al no poderla cambiar, la maldice; el último de los remedios ante la des-gracia, el último remedio ante la impotencia y la maldición propia de estar dentro de una situación que no disfruta, la maldición del destino, la maldición de la muerte. Más allá de la trama policíaca, el complot mongol nos revela el complot personal de Filiberto García en el último y al parecer, el más importante de sus asesinatos.

Eso me saco por pendejo. Y por maricón. ¡Pinche maricón yo! […] ¡Pinche intriga internacional! Quinientos mil verdecitos. Ora sí se puso buena la cosa. Y yo haciéndole a la Mongolia Exterior. ¡Pinche Mongolia Exterior!

Además de sus eternas maldiciones, tenemos algo más: el simulacro. Filiberto no se toma nada (bueno, casi nada) en serio. Nada de lo que hace lo cree y de cierta manera tampoco cree en él, todo es un simulacro, todo es un “hacerle a…”, un “le estamos haciendo al…”

Excepto cuando se trata de asesinar a alguien, ahí sí no le hace al asesino.

Martita […] está acostada en mi cama y yo aquí haciéndole al importante en la intriga internacional.

En el mundo filibertano uno no es un policía, uno le hace al policía; uno no es detective, uno le hace al detective; uno no es escritor, uno le hace al escritor; uno no es amigo, uno le hace al amigo. Todo es un llegar a ser que no llega, intención y simulacro. Hacer como que trabajamos, hacer como que pensamos, hacer como que escribimos, hacer como que bebemos, hacer como que investigamos, hacer como que nos divertimos, hacer como sí. Haciéndole a la intriga diría Filiberto. ¡Pinche intriga! ¡Pinche simulacro!

¿Y hay razones para pensar que ‘hacerle al simulacro’ es cierto? De cierta manera sí, las desventajas intelectuales de Filiberto García frente a Richard P. Graves, el gringo del FBI e Iván M. Laski, el ruso de la KGB, parecen abismales.

Cuando muchacho debí aprender eso, pero había otras cosas que aprender, como eso de seguir viviendo.

Aún y ante la desventaja de ser un mexicano caído en medio de una globalización asesina, y ante el infortunio de ser México en medio de la Guerra Fría, Filiberto García intentará cumplir las ordenes más importantes de su vida: las órdenes del corazón.

— Tiene manchas de sangre en la ropa, mi Capi — dijo el licenciado.
García destapó la botella de coñac y se sirvió en un vaso.
 — Antiguamente los abogados tenían siempre manchas de tinta en las manos y en la ropa. Gajes del oficio. Pero nosotros ya no usamos tinta. Usamos máquinas de escribir. Ustedes deberían buscar sistemas semejantes. Toda nuestra civilización tiende a que los hombres puedan conservar las manos limpias… siquiera las manos.

Debería haber una facultad para pistoleros. Expertos en pistolerismo. Experto en joder al prójimo.

Citas: Bernal, Rafael. El complot mongol. México, 1969