Estamos como una pila +|-

La aparición de Pokémon Go ha generado opiniones diversas entre los chilenos, quienes ya no somos indiferentes ante los sucesos de la tecnología de la información (la que tomamos cada vez con más liviandad debido a su carácter masivo). Entre esas sentencias destacan las que hacen referencia a muertos vivientes y a esclavitud para dejar por otro lado a quienes exaltan el juego. Tal polaridad no es sorpresa para nuestro país, puesto que en el ideario colectivo se encuentra plasmado un interés por opinar siempre con la espalda puesta en alguna posición que ya conocen y les acomoda, dentro de una clasificación.

Para opinar de política, o eres de izquierda o de derecha. Para opinar de religión, debes ser católico o protestante, si eres ateo no hay derecho. Si quieres opinar de las decisiones de los gobernantes, al parecer estamos obligados a votar para tener voz. Ahora, ¿Qué tiene que ver esto Pokémon GO? Que sobran las expresiones de amor y odio, y escasean los matices.

Permítanme contarles una mini historia: Ayer estaba en la Plaza de la Constitución, tomando el sol y jugando con mi celular como tantos en el mismo lugar a la hora de almuerzo. El ambiente era de amistoso silencio y compañerismo ante la emotiva empresa de “capturar” criaturas virtuales. En el momento en que capturaba un magmar, pasó un señor de unos 40 años y dijo en voz alta: “Esta ya no es la plaza de la constitución, es la plaza de los zombies”. Como zombies, varios levantamos la mirada y miramos al personaje para luego cruzar miradas entre nosotros y seguir jugando. “Abulia”, dirán algunos, yo lo llamo “desinterés por polemizar”. Después de eso, llegó un grupo de cuatro mujeres de alrededor de 30 años y exclamó una de ellas con algarabía: “Hay un magmar y no lo tengo, pero no me quedan pokébolas, a lo que una de sus compañeras le respondió: “pucha, weona, tenís que salir a caminar más, poh”.

Esa frase es el nacimiento de este artículo y es donde quiero detenerme. Quienes defienden el juego hablan de hacer más actividad física y tener excusa para conocer la ciudad debido a la necesidad de caminar cierta cantidad de kilómetros para obtener más pokémones gracias a la eclosión de huevos (todo muy digital, por supuesto). Sin embargo, el juego requiere que la aplicación esté abierta en todo momento para disfrutarlo mientras caminas, lo que llevará a que muchos usuarios lleven la mirada fija en la pantalla de su Smartphone. Esta posición cabizbaja y la dependencia a mirar en todo momento la aplicación han llevado a que los detractores del juego califiquen a los usuarios de “esclavos”.

Ahora bien, la esclavitud no es dependencia sino una “sujeción obsesiva por la cual se ve sometida una persona a otra, o a un trabajo u obligación[1]”, es decir, siendo el juego de carácter no obligatorio es más bien una pasión o una diversión realizada con ímpetu. ¿Quién está realmente capacitado para evaluar las diversiones del otro? Cada uno, mientras sea dentro de un marco legítimo (ojo, ni siquiera legal) tiene derecho a escoger con qué divertirse o pasar sus tiempos de ocio. Si a alguien no le gusta el juego, puede divertirse con otras aplicaciones como Candy Crush o realizar algunas actividades que, miradas desde algún punto de vista (quizá quisquilloso), puede ser igual de alienantes, como mirar fútbol o mirar televisión. Y sí, es una polarización, tal como comenzó todo esto.

Señor, sí, a usted le hablo, a usted que pasó por la plaza y lanzó ese comentario para ofender a todos quienes estábamos jugando, si su intención es ir en contra de la alienación de la sociedad y la pérdida de valores o conceptos que tienen que ver con la convivencia, lo acompaño y le ayudo a gritar más fuerte. Pero no apunte a un juego que lo único que hizo fue aprovecharse de que los que cuando pequeños éramos fanáticos de Pokémon (series, juegos, merchandising y otros) ahora tenemos smartphones y planes de datos porque estamos en una edad donde, se supone, estamos trabajando. Sí, caímos como una golfa ante este ofrecimiento del mercado, que es tan divertido. Y nos gustó. Lo invito a apuntar a los noticieros de la televisión, a las publicaciones sesgadas de los diarios de comunicación, a los bajos sueldos, al sistema de pensiones, al sistema de salud o a cualquier institucionalidad que nos obliga a vivir en un sistema injusto. Pues, eso sí es esclavitud, eso sí nos lleva a ser zombies, eso nos lleva a ir cabizbajos, pues no podemos escoger otra alternativa, estamos forzados a vivir en él y, sin quererlo, seguir validándolo. Se lo prometo, señor, muchos estarían dispuestos a desinstalar el juego si nos acompañamos con el objetivo claro de luchar contra lo que no podemos “desinstalar” de nuestras vidas, lo que nos violenta estructuralmente.


Tomarse el tiempo para reflexionar.


Entonces, para finalizar, me tomo el permiso de hablar en primera persona: maticemos, alejemos nuestras espaldas de los polos. Analicemos, descompongamos y deconstruyamos, miremos debajo de los tapetes, pensemos en lo que nos aproblema realmente y conversemos. Divirtámonos, sin juicios.

[1] Real Academia Española; 2015. Diccionario de la lengua española (23.a ed.). Consultado en http://dle.rae.es/?id=GEhlL8e

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