Y si en realidad no cachamos na’?

Luego de casi un siglo escuchando la visión unidireccional de los medios de comunicación masivos, las redes sociales nos permiten «rebelarnos» y volver a una estructura más natural de comunicación bidireccional, donde podemos interactuar e incluso refutar la fuente. Sin embargo, nos hace enfrentar problemas tan primitivos como la credibilidad de cada fuente de información. Y entonces, en un mundo bombardeado de información y noticias, ¿A quién le creemos?

Nos está tocando vivir un mundo donde — gracias en mayor parte a las redes sociales — nos inclinamos a concluir apelando mayormente a motivos emocionales, en desmedro de hechos reales, tanto para discernir nuestra propia opinión como para enjuiciar a algo o alguien. Varios ocupan el neologismo posverdad, sin embargo, y para efectos de este texto, me referiré simplemente y en buen chileno a que no cachamo’ na’. Porque este gran invento llamado internet nos convirtió en un primate hiperconectado, que ahora no sólo puebla cada rincón de tierra firme del planeta sino que también tiene la opción de copuchentear a lo largo y ancho del globo, con o sin una verdad de respaldo. Es decir, volvimos al medio de comunicación más primitivo — la comunicación «boca a boca» — , con la diferencia de que ahora en vez de estar acotado a un pequeño grupo humano (llámese comunidad, poblado, pueblo, ciudad pequeña, etc), se traslada a un gigantesco mundo digital, lleno no sólo de personas sino también de entes abstractos, donde tenemos la capacidad de evaluar y criticar con mínima dificultad cada fuente, pero sin embargo somos incapaces de distinguir con facilidad quien miente o no, quien «mira a los ojos o no», quién se está jugando la vida con lo que dice o no, o incluso lograr evaluar si es usa persona de carne y hueso o no.

Esta nueva suerte de vacío asusta. Bueno, al menos a mí me asusta, y creo no ser el único.

Los medios de comunicación masivos y tradicionales perdieron parte de su credibilidad. Sin embargo, esto no fue gratis. Por años los periódicos y la televisión no tuvieron escrúpulos en orientar la opinión públicah o incluso desinformar a su propio público. Les era útil a sus intereses. Informar de forma imparcial no es lamentablemente la función principal, definitivamente no es lo más atractivo. El problema es que mantener sus intereses alejándose de forma sistémica de los intereses de su propio público no iba a soportarse mucho hasta encontrar agotamiento estructural, estirar el elástico en algún momento tiene su natural desenlace.

No veo una solución cercana a este — relativamente — nuevo problema. Pero hay algunos puntos que creo podrían servir tenerlos en cuenta, en especial a alguien que sufra de este tipo de preocupaciones y pretende minimizar un poco el efecto no cachai na’:

  • Conocer la línea editorial y los fines económicos de las fuentes de información debería ser el primer paso para evaluar la credibilidad y valor de la información. Preferir además fuentes de información de visones que contrasten puede ayudar a entender distintos puntos de vista de la misma noticia.
  • Los titulares están diseñados para llamar la atención. En principio no hay nada malo ahí, sin embargo, un titular fuera de contexto o amarillista es con lo que más nos rodeamos día a día. En el largo plazo esos titulares son ruido que se desvanece, mientras la noticia real sobrevive. Un corolario relacionado a esto tiene que ver con la historia: es más probable que la lectura de unos buenos libros de historia te logren explicar mejor quien eres y donde estás ahora que estás leyendo esto, que todos los periódicos y titulares que leíste el último año.
  • Cada cosa tiene su lado bueno o malo. Es clave evaluar los dos. Así también, cada persona tiene derecho a tener una opinión distinta: lo importante es que intente comunicarla bien, al mismo tiempo que uno mismo intente entender bien cada opinión antes de discutir. Además, todos tenemos el derecho a cambiar de opinión cuando queramos, y eso no nos hace peor, sino que probablemente nos hace más sensatos.
  • Del conocimiento popular: si una aplicación, si un periódico, o cualquier medio informativo o de entretenimiento es gratis, lo más probable es que el producto seas tú. Sería bueno al menos estar consciente en qué medida y hasta dónde eres tú el producto.
  • Hay hechos científicos y «hechos científicos». Los hechos científicos son eventos replicables, y en el mejor de los casos deducibles. Los estudios del tipo «un estudio mostró que tomar helado de zanahoria incrementa la probabilidad de divorcios en un 10%» generalmente terminan siendo estadísticas entretenidas, pero están lejos de ser conclusiones científicas. El p-valor, por mencionar un ejemplo, herramienta estándar de la estadística paramétrica, es la llave para producir investigación universitaria basura y hace tiempo es blanco de bastantes críticas.
  • Ser intelectual no genera inmunidad automática a ser un idiota. Ser un experto en sociología no te transforma en un ser razonable a la hora de discutir que es lo que se necesita para mejorar las pensiones, de la misma forma que un PhD en economía de Harvard no te convierte en un gran político. Un intelectual logra entender muy bien su campo de estudio, pero no necesariamente sabe de otro tema que no haya explorado. Un gran economista puede entender bien el panorama macroeconómico local e internacional, pero no necesariamente sabe más como afecta el día a día el cambio de paraderos de micro que mi abuela (que no tiene ninguna especialización en economía ni en transporte). Así mismo, y de forma lamentable, muchas veces los burócratas toman decisiones claves del día a día de la mayoría sin siquiera tener un pelo de conocimiento y mucho menos un pelo en juego de su propio pellejo.
  • Ni hablar de los intelectuales que prefieren acaparar columnas en el diario llenas de palabras rimbombantes pero que no dicen más que parafrasear algún concepto de moda o alguna problemática que probablemente se haya discutido de forma bastante más profunda hace dos mil años (y seguramente por varios filósofos).
  • Las soluciones mágicas no existen. Si la pobreza no se ha eliminado en Chile no es porque no hayan existido proyectos o estrategias, sino porque la ejecución de ellas resultan ser la prueba de fuego, el real desafío. Un charlatán generalmente subestima la dificultad de la ejecución, olvidando que en el mundo real usualmente «hacer» resulta tan o más difícil que «planificar». Una estrategia bien construida contempla las dificultades de la ejecución. Un populista, tanto de derecha como de izquierda, las esconde.
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