¿Quién dijo que los trapos sucios se lavan en casa?

En su libro “Usted puede ser lo bueno que quiera ser” el publicista Paul Arden refiere una anécdota protagonizada por Victoria Beckham.

Victoria Beckham

Cuenta Arden que de jovencita, la celebrity “no sólo deseaba ser mejor que sus compañeras. Ni siquiera ser una cantante famosa. Quería estar en boca del mundo entero. Y no sólo soñaba con ello, sino que lo deseaba lo suficiente como para hacer todo lo posible por conseguirlo. Eso es lo que la diferencia de la mayoría de nosotros. Daba igual lo buena que fuera, sólo importaba lo buena que quería llegar a ser. Quizá pueda resultar sorprendente que no se comparara con George Michael o Mariah Carey. Prefirió el Persil Automatic.”

La anécdota ilustra perfectamente las ansias de fama que encontramos en la sociedad contemporánea. Por ella, las personas están dispuestas a hacer casi cualquier cosa. Incluso, ventilar en público aspectos hasta hace algunos años estaban reservados al ámbito privado. Esta anécdota, además, me permite introducir el concepto de tendencia a través de un ejemplo: la progresiva disolución de los límites que separan lo público de lo privado a lo largo de los últimos años.

Quince minutos

De acuerdo a la definición propuesta por Trendwatching.com, una tendencia de consumo es “una nueva expresión del consumidor -ya sea mediante su conducta, actitud, o expectativas- de una necesidad, carencia o deseo fundamentales”. En este sentido, “Las modas pasajeras vienen y van. Las tendencias surgen y evolucionan”. Veamos un ejemplo.

En “La sociedad del espectáculo”, Guy Debord presenta uno de los retratos más agudos, penetrantes y despiadados de la sociedad contemporánea hechos hasta la fecha. El libro se inicia con la siguiente consigna:

“La vida entera de las sociedades en las que imperan las condiciones de producción modernas se anuncia como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo directamente experimentado se ha convertido en una representación.”

En la sociedad del espectáculo, el deseo de alcanzar la fama se convierte en una obsesión.

Andy Warhol

Este deseo queda claramente graficado en la frase atribuida al artista plástico Andy Warhol quien a fines de la década del sesenta afirmaba que: ”En el futuro todos tendrán sus quince minutos de fama mundial”.

En su libro “Partes públicas” Jeff Jarvis, experto en medios de comunicación, sitúa el inicio de este fenómeno en los años ochenta con los realities. Al referirse a la presentadora de la televisión norteamericana Oprah Winfrey, Jarvis señala: “En la década de los ochenta, poco después de convertirse en la presentadora de un magacín matinal en Chicago, copió –o corrompió, como dicen algunos– el formato del programa de entrevistas de Phil Donahue presentando a personas reales que se humillaban a sí mismas”. Winfrey explotaba un instinto primario de la audiencia: alcanzar la fama.

“Antes, cuando era tan inaccesible, las personas que no podían comprarla con talento o dinero decidían obtenerla a cambio de su humillación”, concluye Jarvis.

En nuestro país, Laura Bozo en el terreno de los talk shows y Magaly Medina en la prensa del espectáculo amasaron pingües fortunas lucrando con las miserias de famosos y gente común y corriente.

Personalidad del año

Con la aparición de la World Wide Web entre 1989 y 1992, la tendencia migro de los medios masivos de comunicación a la Internet:

Según refiere Paula Sibila en “La intimidad como espectáculo”, una señal de los tiempos que corren “surgió de la revista Time, todo un ícono del arsenal mediático global, al perpetrar su ceremonia de elección de la “personalidad del año” que concluía a fines de 2006. De ese modo se creó una noticia rápidamente difundida por los medios masivos de todo el planeta, y luego olvidada en el torbellino de datos inocuos que cada día se producen y descartan. La revista estadounidense repite ese ritual hace más de ocho décadas, con la intención de destacar “a las personas que más afectaron los noticieros y nuestras vidas, para bien o para mal, incorporando lo que ha sido importante en el año”. Así, nadie menos que Hitler fue elegido en 1938, el Ayatollah Jomeini en 1979, George W. Bush en 2004. ¿Y quién ha sido la personalidad del año 2006, según el respetado veredicto de la revista Time? ¡Usted! Sí, usted. Es decir: no sólo usted, sino también yo y todos nosotros. O, más precisamente, cada uno de nosotros la gente común. Un espejo brillaba en la tapa de la publicación e invitaba a los lectores a que se contemplasen, como Narcisos satisfechos de ver sus personalidades resplandecientes en el más alto podio mediático”.

Lifecasting

El hecho daba partida de nacimiento oficial a la llamada “revolución de la Web. 2.0". Como señala Sibila, la expresión fue acuñada en 2004, en un debate en el cual participaron varios representantes de la cibercultura, ejecutivos y empresarios del Silicon Valley. La intención era bautizar una nueva etapa de desarrollo on-line, luego de la decepción provocada por el fracaso de las compañías puntocom: mientras la primera generación de empresas de Internet deseaba vender cosas, la Web 2.0 ‘confía en los usuarios como codesarrolladores’.

La Web 2.0 es el escenario ideal para alojar el arte que acabaría llamándose lifecasting, consistente en difundir en directo la vida de una persona. “En marzo de 2007, Justin Kan se dedicó a retransmitir ininterrumpidamente lo que le sucedía a lo largo del día con una cámara en la gorra y un ordenador a la espalda. No se televisaba a sí mismo, sino todo lo que veía. Más tarde, ese mismo año, Kan se cansó de tanta atención y apagó la cámara. Convirtió la plataforma que había creado, Justin.tv, en un servicio para que otras personas pudieran transmitir en directo”, cuenta la estudiosa.

En este mismo sentido, Vincenzo Susca en “Deleite trágico” apunta que las transmisiones en directo de Justin.tv, “pese a sus contenidos escasos y elementales (una especie de grado cero de la escritura), suelen ser creaciones producidas y gestionadas por el mismo protagonista, formas narrativas que el emisor desarrolla de forma autónoma a partir de su mirada, sin influencias externas a la sala o grupo del cual forma parte. Se trata de relatos en primera persona, donde contenido y emisor suelen coincidir, lo cual genera un lenguaje insólito que acaba siendo un valor añadido de la plataforma frente a la competencia presente en la red y en otros medios.

El fenómeno no permaneció ajeno a las corporaciones. Según recuerda Jarvis, la existencia de estos pioneros llegó a oídos de Apple y la competencia, que “pronto pusieron a la venta la tecnología que habían utilizado, convertida ingeniosamente en teléfonos con cámara en la parte delantera y trasera. Ahora todos podemos enseñarle al mundo lo que vemos y ser vistos al mismo tiempo.”

Síndrome selfie

Un “ selfie “ es un tipo de autorretrato fotográfico que por lo general se toma con una cámara digital de mano o teléfono con cámara. Los Selfies se asocian a menudo con las redes sociales. Según Wikipedia, el término “selfie” se originó en Australia en el año 2002 en un foro de internet . En 2013 “selfie” se incluyó en el diccionario Oxford que lo nombró la palabra del año .

Algunos investigadores sostienen que los “selfies” son un ejemplo de cómo las redes sociales nos están haciendo narcisistas. Este fenómeno se denomina el síndrome selfie. Personalidad narcisista se define como la preocupación por uno mismo y cómo uno es percibido por los demás. Como resultado de un estudio de los estudiantes universitarios de la Universidad de Michigan se encontró que los que obtuvieron calificaciones más altas en narcisismo también registraron una mayor frecuencia de uso en Twitter .

Overshared

De esta manera, cada uno de nosotros terminó convertido en un auténtico medio de comunicación. El resultado: un inmanejable exceso de información.

Jeff Jarvis lo llama “sobrecompartir”. Según refiere el investigador: “La invención o la divulgación del término se atribuye a Emily Gould, quien dijo en el New York Times Magazine que había ‘sobrecompartido’ (overshared) en su época como escritora para el blog de cotilleos Gawker. En este espacio, Gould afirmaba sobre las celebridades y, en cierto modo, se convertía en una de ellas. Más que definir el concepto de ‘sobrecompartir’, lo vivía, pues escribía sobre sus novios y sus rupturas en una web que se estaba tornando, en sus propias palabras, en un grupo de terapia, hasta que consideró que había llegado demasiado lejos. ‘Había convertido mi existencia en algo tan público de una manera tan extraña –dijo Gould– que quería retirarlo todo, pero para hacerlo tendría que destruir Internet. ¡Ojalá hubiera podido hacerlo!’”.

Según la periodista Delia Rodríguez, la era de la información “resultó ser la era de la emoción y el contagio descontrolado de ideas. Además de los medios, publicistas, empresas, políticos famosos o activistas luchan por sembrar sus memes (ideas contagiosas) porque conseguir un éxito viral es hoy la única forma de alzar la voz en el ruido informativo global”. A esta situación la llama “Memecracia”.

Entonces, surgen las lógicas preguntas: “¿estas nuevas formas de expresión y comunicación que hoy proliferan en la Web –blogs y fotologs, redes de relaciones, webcams y vídeos caseros– deben considerarse vidas u obras? Todas esas escenas de la vida privada, esa infinidad de versiones de usted y yo que agitan las pantallas interconectadas por la red mundial de computadoras, ¿muestran la vida de sus autores o son obras de arte producidas por los nuevos artistas de la era digital? ¿Es posible que sean, al mismo tiempo, vidas y obras? ¿O quizá se trata de algo completamente nuevo, que llevaría a superar la clásica distinción entre estas dos nociones”.

Lo público y lo privado

“¿Qué es lo privado en nuestros días?”, se pregunta Mario Vargas Llosa. “Una de las involuntarias consecuencias de la revolución informática es haber volatilizado las fronteras que lo separaban de lo público y haber confundido a ambos en un happening en el que todos somos a la vez espectadores y actores, en el que recíprocamente nos lucimos exhibiendo nuestra vida privada y nos divertimos observando la ajena en un strip tease generalizado en el que nada ha quedado ya a salvo de la morbosa curiosidad de un público depravado por la necedad”, concluye Vargas Llosa.

En este contexto en que lo público y lo privado se diluyen, las relaciones humanas adquieren fundamental importancia. Tanto las personales como las profesionales.

Tal como señala el sociólogo Zigmunt Bauman en el prólogo de su libro “Amor líquido”: “El héroe principal de este libro son las relaciones humanas. Los protagonistas de este volumen son hombres y mujeres, nuestros contemporáneos, desesperados al sentirse fácilmente descartables y abandonados a sus propios recursos, siempre ávidos de la seguridad de la unión y de una mano servicial con la que puedan contar en los malos momentos, es decir, desesperados por ‘relacionarse’. Sin embargo, desconfían todo el tiempo del ‘estar relacionados’, y particularmente de estar relacionados ‘para siempre’, por no hablar de ‘eternamente’, porque temen que ese estado pueda convertirse en una carga y ocasionar tensiones que no se sienten capaces ni deseosos de soportar, y que pueden limitar severamente la libertad que necesitan –si, usted lo ha adivinado– para relacionarse…”. Una descripción exacta de los romances que alimentan los hashtags relacionados con Combate, Esto el guerra o BTL.

Por otro lado, el fenómeno se ha extendido al mundo laboral bajo la forma de la llamada marca personal. El gurú de la marca personal Dan Schawbel cuenta que cuando comenzó a escribir Yo 2.0 en 2007, “el desarrollo de una marca personal como estrategia profesional viable todavía no estaba aceptado del todo, y los medios sociales estaban solo al inicio de cobrar más y más fuerza. Avancemos hasta 2010: hoy todo el mundo está conectado y Google arroja más de un millón de resultados para la expresión “marca personal”. Es muy raro encontrarse con alguien que no tenga Facebook, ya sea en una clase en la facultad, en un concierto o en el lugar de trabajo. Las marcas personales están en auge y ya no son solo una expresión en boga, sino algo que está al alcance de todo el mundo, a cualquier nivel de una organización”.

En el ámbito de la publicidad, la campaña Surprise de KLM sacó partido del afán de sobrecompartir de los viajeros. Usando Hootsuite, KLM monitoreó los destinos que compartían sus pasajeros a través de sus redes sociales para sorprenderlos con un regalo alusivo al destino del viajero.

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