Cenizas

Onieva
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Sep 7, 2018 · 2 min read

Con 8 años, unos niños me insultaron y me echaron de un parque pues, siendo yo de La Rosa Luxemburgo, debía ser roja. Los hijos de los rojos no pueden jugar con vosotros, les decían sus padres. Casualidades de la vida, o no, aquellos niños vivían en la urbanización privada del señor Rajoy. Y yo me pregunto, ¿quién abrió la herida aquella tarde en unos columpios de Aravaca? ¿O será que nunca se cerró, y por eso le llamamos herida y no recuerdo?

Justo en Aravaca, luchó mi abuelo paterno. Cuando era pequeña, iba con mi hermana y mi padre a recoger balas en la Casa de Campo. Siempre pensábamos con temor, casi sin querer pensarlo, ¿alguna de ellas vendrá del fusil de mi abuelo? Pero él nunca mató a nadie, decía mi padre, o al menos es lo que sabemos. Lo que sí desapareció de un arrebato fue su juventud, entre guerra, exilio, campo de concentración, cárcel y franquismo.

Nos guste o no, este país se puede dividir de muchas formas, pero hay una que no cambia: los que piensan a Lorca como un rojo marica y los que depositan en sus cenizas su redención. Porque eso es lo único que nos dejan de los vencidos, cenizas perdidas, sin reconocimiento.

Mucho peso es llevar sobre tu tumba la confrontación entre el ayer y el hoy, pero es un peso que con orgullo llevaría el poeta. Somos muchos los que queremos que exhumen al andaluz, pero como dice su familia, que sea en orden alfabético. Porque el día que levanten a Federico por encima de sus compañeros, entonces los desaparecidos ya no solo no serán sepultados, sino que esta vez serán olvidados. Es la lucha que le toca al poeta una vez muerto, por mediático, por reconocido, por globalizado. Resistir sin descanso hasta dar paz a los que se fueron y a los que estamos.

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    Escribo tonterías y, de vez en cuando, algo serio. O viceversa.