Vengo de un país
Vengo de un país en el que no invitamos a cenar, sino a follar.
En el que nos abrazamos para evitar decirnos te quiero.
En el que si eres demasiado afectuoso,
corres el riesgo de ser sospechoso.
En el que triunfó Don Quijote frente a Amadís de Gaula,
pero es que que ya no nos representaba.
Un país de gente espontánea, muy directa y sarcástica,
que te dicen “el chocolate espeso y las cuentas claras”.
Un país de gente que inventó el esperpento para sentirse identificada,
que luce más en el desencanto y en en el regeneracionismo,
con un poquito de Larra y de Lazarillo.
En el que preferíamos galanes como Gabino Diego,
a “Princesas” frente a “Pretty Woman”.
Vengo de un país en el que las penas se curan con cañas y algo de escarnio
(pero no del malo),
en el que el corazón se desprecia para sentirnos más modernos.
En el que la gente no sabe si es pasional o racional,
en el que no se siente europea pero tampoco sabe dónde encajar.
Un país de “a jodarse y aguantarse”, que la vida es así y no la he inventado yo.
En el que los problemas siempre vienen de fuera,
pero es que ni queremos pensar en lo que tenemos dentro.
En el que hablar de introspección y espiritualidad es de excéntricos.
Por eso, cuando le hable sobre ti a alguien en mi país
y le diga que tú y yo debíamos encontrarnos y amarnos,
pero para reconstruirnos y no para quedarnos,
entonces, se reirá de mí y me llamará pardilla e ingenua,
porque aquí las cosas, me dirá,
así no se llevan, aquí las palabras bonitas no cuentan.
Solo espero que al menos la primera caña sí vaya por su cuenta.
