La oración

y los tiempos de Dios


Una persona muy molesta decía: “He orado, he ayunado, he proclamado las promesas de Dios sobre mi vida, he examinado mi corazón y he confesado cada pecado. He atado y reprendido poderes demoníacos a través de la Palabra de Dios, y aun así, no he visto la respuesta. ¿Qué es lo que está pasando?”

Muchas veces, al no ver respuestas rápidas a nuestras oraciones -como a esta persona- nos invaden la impotencia, la frustración y nos abruma la condenación. Sin embargo hay un aspecto muy importante que debemos comprender acerca de la oración. Dios no siempre responde en el tiempo y la forma en que nosotros esperamos. Tenemos muchos ejemplos en la Biblia en los que Dios no contestó inmediatamente las peticiones, sin importar cuántas veces le pidieron ni cuán grande fuera la fe de los que oraban.

Podríamos citar como ejemplo a Abraham, que tuvo que esperar 25 años para ver realizada la promesa de tener un hijo (Génesis 21:2); José, que fue vendido por sus hermanos cuando tenía 17 años (Génesis 37:2) y pasó 13 años como esclavo hasta que fue nombrado gobernador de Egipto (Génesis 41:1,46). También Moisés, Ana y David esperaron. En el Nuevo Testamento tenemos a Marta y María, quienes llamaron a Jesús y él llego cuatro días después, o el propio apóstol Pablo, entre otros.

Esto se debe a que el tiempo de Dios es distinto a nuestro tiempo. En la Biblia, en el original griego existen dos vocablos para definir el tiempo, kairos y kronos. Se utiliza kairos para referirse al tiempo de Dios, y kronos (de ahí viene el término cronometrar, y otros) para referirse al tiempo del hombre. Muchas veces el tiempo de Dios no coincide con el tiempo del hombre. Dios conoce mejor que nosotros el tiempo apropiado para todas las cosas. Él no obraría ni antes ni después. Él obra en el tiempo perfecto. Si no entendemos esto, puede que nos desanimemos o nos llenemos de frustración y hasta reneguemos contra Dios. Así como dice Eclesiastés 3:1: Todo tiene su momento oportuno; hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo”.

Esperar en el tiempo de Dios no debe desanimarnos mucho menos entristecernos; por el contrario, debe alegrarnos porque él está tratando con nosotros, y tiene un plan maravilloso al responder nuestras oraciones en el momento oportuno.

Debemos permanecer en cada promesa y orar con fe, efectivamente, fervientemente, sin dudar, y luego esperar y descansar, confiando en que el Señor hará lo correcto, en su tiempo y a su manera. Pocas personas hoy día esperan con paciencia que Dios obre. Cuanto más se retrasa, algunos más se enojan. Otros finalmente se dan por vencidos, pensando que Dios no contesta. Digamos como el salmista:

“Pacientemente esperé a Jehová, y se inclinó a mí, y oyó mi clamor. Y me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso; puso mis pies sobre peña, y enderezó mis pasos. Puso luego en mi boca cántico nuevo, alabanza a nuestro Dios. Verán esto muchos, y temerán, y confiarán en Jehová.” Salmo 40.1–3

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