4:13 am

Desperté pensando en lugares que no sé si existieron o no, ni por qué los recuerdo. De nuevo estuve cerca de aquella sala subterránea, la misma que soñaba de niña y pensaba que era la puerta al infierno (podía sentir el Mal vibrando tras las puertas), la misma que veía en mi inconsciente adolescente y a la que era imposible entrar. Es siempre la misma: dos puertas de madera oscura con detalles en plástico -¿o es de plástico con detalles en madera?-, cada una con una pequeña ventana circular rodeada por un marco dorado. La puerta está al fondo de un pequeño pasillo, inclinado para simular que se baja de piso y cuyas paredes y suelo tienen alfombra roja oscura. Huele a viejo, a rancio, a polvo.

Empero, esta vez, yo estaba dentro de la sala, por primera vez en la vida. Era amplia, con un escenario dorado y decenas de filas con asientos. Había gente muy bien arreglada, con vestidos de noche, perlas, diamantes y vasos de whisky en las rocas. Me sentía mareada, fuera de lugar, y presentía que en cualquier momento el suelo se abriría y me jalaría hasta las entrañas de la tierra. Eso es lo que me aterra cada vez que sueño con esta sala: la ola de alerta y ansiedad que recorre mis venas, que me indica que no debería estar ahí y que entre más pronto me vaya mejor. Despertar es un alivio, aún si queda la duda de dónde es ese lugar, por qué lo visito en sueños y qué me espera si llego, en vida o después de ella.

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