Bomba de tiempo

Una mañana, volvió. Comenzó, al igual que la última vez, desde los párpados, extendiéndose hacia el resto del cráneo. Tomó unas pastillas, se acostó a dormir otro rato. Despertó unas horas después, sintiendo la cabeza pesada y sin energía para abrir los ojos. El dolor seguía ahí, pulsante. Se resignó, salió de la cama y se metió a bañar. El agua fría refrescaba pero no tranquilizaba. Pasó un día, dos. Tomaba tés relajantes, dejó la cafeína nuevamente, el alcohol. El dolor continuaba, insistente, taladrando sus sentidos y sus pensamientos. A la semana fue con el médico, le prescribieron más fármacos contra el dolor. Aunque acariciaban a su pobre cabeza y disminuían su pesar, el dolor se mantenía ahí, pulsante, amenazante, y con el paso del tiempo se volvieron inservibles.

Pasó una semana, dos, tres, dos meses, tres, cuatro. El tormento continuaba. Había días en que se aplacaba y le permitía continuar con sus actividades diarias; había días en que era tan intenso que le provocaba el vómito. Había algo detrás de sus ojos que hacía presión contra el cerebro, y sentía como si eso lo estuviera empujando contra las paredes de su cráneo. Lloraba con frecuencia, cansada. Ya no podía recordar los días de sol, los días en que la cabeza no le pesara como yunque ni la atormentara con poderoso suplicio. La tolerancia a los medicamentos, construida a través de los años, le dejaba cada vez menos opciones con las cuales calmar sus sesos. A la vez, no quería ser una molestia: este pesar era suyo y de nadie más. Mamá tenía suficientes problemas como para molestarla por un dolor de cabeza, sin importar qué tan fuerte fuera. Además, seguía en el sopor causado por la muerte de la abuela. Comoquiera el seguro básico que le ofrecía la empresa en la que trabajaba -¿dejó de trabajar? No lo recuerda- no cubría procedimientos mayores a $5,000, y sabía que nada más una resonancia magnética costaba arriba de $10,000. Podría recurrir al opio y marihuana, probar con lo natural para ver si así podría llegar a un dulce despertar. El problema principal de ese plan era que a la larga era aún más costoso que buen tratamiento médico, y le pasaría lo mismo que con drogas legales: usarlas al máximo sin solucionar nada, para que luego sus efectos resultaran benignos. Aparte, no tenía energía para salir, ese día no soportaba ni la luz de la pantalla de su celular o de la laptop. No tenía ganas de continuar existiendo. ¿Qué sería de ella, con este sufrimiento monumental diario? Había días buenos, claro, pero eran raros tras 5, 6, 7 meses de martirio. ¿Podría recuperar, quizás en un futuro lejano, alguna especie de calma?

En el entumecimiento cotidiano, recordó el clímax de una película de suspenso que vio hace años, en donde un hombre se taladraba la cabeza para recuperar la ignorancia. Soluciones extremas para un problema extremo. Tal vez si lo hacía, podría deshacerse del dolor, era cuestión de averiguar cuál era el núcleo del dolor para destruirlo. No es necesario, sabe de dónde proviene con exactitud: las punzadas constantes no dejarían de recordarle el origen. Podría envenenarse con detergente o cortarse para que el dolor se extendiera al resto de su cuerpo, y así atenuar su cabeza. Podría buscar a alguien para que le presionara los ojos con la fuerza suficiente para hacerlos explotar, quizás así se detenga el dolor. Quedaría ciega, sí, pero su sufrimiento concluiría. No, qué ridícula, no necesita de nadie: ella podría hacerlo sola.

Se levantó, tambaleando, de su cama. Caminó fuera del cuarto hacia la lavandería, y buscó un martillo. Lo tomó y volvió a su recámara. Sentada sobre su colchón, lo observó detenidamente. El mango estaba desgastado, pero la opacidad de su cabeza la animaba. Lo sostuvo con ambas manos, sintiendo su peso, lo colocó sobre su ojo derecho, midiendo distancia, calculando qué tanta fuerza necesitaría para acabar con los espasmos de dolor en su cabeza. Se recostó contra la pared, la cabeza firme y la espalda recta. Respiró profundo. Acercó la cabeza del martillo a su ojo. Podría presionarlo contra él o podría golpearse la cabeza. Inhaló, exhaló, inhaló, exhaló. Lo alejó, para luego jalarlo con fuerza contra su rostro, escuchó un golpe sordo, y oscureció bruscamente. Silencio.

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