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Era una tarde lenta y calurosa, como todas en esta caldera de ciudad. Faltaba rato para encontrarme con Daniela -avisó que llegaría tarde gracias al tráfico-, y decidí deambular por el centro en lo que ella llegaba al Café. El cielo claro y con pocas nubes anunciaba que la canícula intentaría superarse en los récords alcanzados el año pasado, y parecía que las elevadas temperaturas no cederían ante la segunda parte de la tarde. Caminé por la calle Morelos, maldiciendo el momento en que dejé los lentes de sol en la oficina, y entre todo el barullo de la avenida, densamente poblada a pesar del calor, pude discernir una suave melodía. Miré alrededor para ver de dónde provenía, y ninguno de los músicos callejeros estaba tocando esa canción. No sé por qué, pero me recordaba a mi infancia: una tonada que protege de la fría realidad al decir que todo está bien, que no hay nada que temer bajo la cama y que sólo te corresponde disfrutar del día.

Decidí seguir la tonada, y me llevó a la entrada de una pequeña casa de cantera amarilla, escondida entre imponentes edificios de concreto. El lugar era un souvenir del pasado que se resistía al paso del tiempo, con el techo de tejas resquebrajado, la entrada destartalada y con las ventanas selladas con tablas de madera. La música, empero, se escurría entre las grietas y me invitaba a pasar. Revisé la hora, y aún faltaban 40 minutos para que llegara Dani. Tenía tiempo, podría entrar y averiguar de dónde venía los sonidos armoniosos. ¿Qué podría pasar? En el peor de los casos, hallaría probablemente a un vago con una grabadora. El lugar, oscurecido, le daba un aire lúgubre, y no me daba mucha confianza entrar. Después de todo, así es como comienzan las historias de horror. Pero, ay, me ganó la curiosidad.

Entré y lo primero que percibí fue un largo pasillo iluminado vagamente por luces de neón, con algunas sombras impresas en las paredes, el cual serpenteaba hasta lo que parecía ser una puerta al final del camino. Extrañamente, me dio la impresión de que lo habían limpiado hace poco. La melodía sonaba más cerca, llamando al final del corredor. Caminé, cuidadosa, hasta el final, donde encontré una pesada puerta de metal. Toqué la puerta con tres ligeros golpes, y una voz cavernosa y grave cimbró la habitación. De entre las palabras que recitó, lo único que pude discernir fue la frase “panta rhei”. Un escalofrío bajó por mi espalda: me acababa de tatuar esa frase en latín el fin de semana pasado, sobre mi hombro izquierdo. Con un fuerte rechinido, la puerta se abrió de par en par y sentí como si se me detuviera el corazón: adentro había una amplia sala, de paredes y suelo en color blanco prístino, un contraste cruel con el pasillo tenebroso. Colgadas en las paredes, se encontraban 7 cuadros en gruesos marcos de roble. La música que me había atraído desde la calle había desaparecido.

Cada cuadro contenía una obra de arte, compuestas por armónicos patrones en colores brillantes. Algunos eran abstractos completos, otros tenían algunas figuras visibles sólo desde ciertos ángulos. Me acerqué con cuidado al primer cuadro, y noté que la pintura cobraba vida: los patrones lineales comenzaron a moverse, creando una danza hipnótica que me recordó a la última canción de moda. No podía concentrarme en la obra, ya que sentía la paranoia que me da cada que salgo sola de noche, más si me toca caminar junto a cualquier hombre. También, sentía como si las otras obras también se despertaran y reclamaran mi atención a gritos, como si fueran niños pequeños.

De nuevo, sentí un fuerte escalofrío que me hizo girar la cabeza y ver los otros cuadros. Caminé alrededor de la sala, y me acerqué a otra pintura. No sé qué me atrajo más: si su composición o los tonos cálidos que olían a fruta recién cortada y a mar. La pintura, con fuertes influencias impresionistas, mostraba una cubeta en altamar, que era arrastrada lejos de la orilla. Podía jurar que el rugido del mar salía de la pintura, y podía oler la sal. Me acerqué un poco más, tantito más, tanto que ya estaba a puntos peligrosos para la integridad de la obra, y me pregunté por qué no venía un guardia a reclamar distancia. Me detuve en seco. ¿Por qué no había nadie más? Tomé conciencia de mi soledad pero sentía que algo -o alguien- me observaba. Los colores cálidos de la pintura eran demasiado atrayentes pero algo en ellos me atemorizaban. Algo andaba mal. Giré para irme y sentí firmememte que me jalaban hacia la pared. Con horror voltée y sólo vi los vivos colores en la pintura, que me declaraban suya y me envolvieron hasta la asfixia. Creí haberme desmayado, desperté sintiéndome débil. Para mi horror, escuché, clarita, la voz grave que me dejó pasar. Una sombra fornida entró a la galería, y, enfurecida e impotente, le grité con todas mis fuerzas. Voltea. Mírame.

Oralia Torres🌹💀📚

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Textos míos míos / Snob pretenciosa en recuperación, punk de gustos refinados y valemadrista con corazón. También escribo en @HELLOW_LA