Mural realizado por Banksy en la ciudad de Clacton, Inglaterra [léase de izquierda a derecha: “Inmigrantes no son bienvenidos”; “Regresaros a áfrica”; “Aléjense de nuestros gusanos”]

Hola, soy un inmigrante

Corría el año 1998. El día exacto hace mucho que se me borró de la cabeza, pero el recuerdo aún sigue vivo en mí, como si hubiese sido ayer. Afuera llovía a cantaros. Recuerdo buscar frenéticamente un lugar donde refugiarme de la torrencial lluvia. Después de unos minutos, todo empapado, encontré una rincón al lado de una papelera. Acababa de salir del cole, cursaba primaria. Unos chicos vieron cómo me resguardaba en aquel sitio y decidieron dejar de jugar a la pelota y unirse a mí. Todos teníamos la misma misión, estábamos esperando ser recogidos por nuestros padres.

Después de un largo día, lo único que yo anhelaba era el calor y la tranquilidad de mi casa. En mi caso, yo esperaba a mi madre. En aquel entonces, ella -madre soltera- tenía dos trabajos y llegaba tarde casi todo el tiempo. Yo siempre era el último en irme. Nada me cabreaba más que esto. Hoy en día reconozco los sacrificios y retos que tuvo que afrontar mi madre para proveer a sus dos hijos, pero recuerdo que me enfurecía enormemente con ella, en días como aquellos donde el frío y la tempestad hacían de las suyas, y donde la espera se hacía interminable y angustiosamente larga.

Uno a uno cada niño comenzó a partir de aquel rinconcillo, yo me ponía cada vez más ansioso al ver que la noche caía, después de un rato me encontraba completamente en cuclillas. Las piernas me mataban del dolor y no podía sentirlas más y entonces de repente fue cuando la avisté. Ella venia hacia mí, cargada de bolsas de la compra. Sus cabellos castaños brillaban en la distancia. Mientras se acercaba más, pude ver como con su mirada y una sincera sonrisa me decía: ¨Lo siento¨. Estaba emocionado de verle, pude ver que ella, también. Mientras me levantaba del suelo para reunirme con ella, un niño gritó “¡Ey!, que haces si esa no es tu madre” otro rápidamente añadió “¿Éstas ciego? Pero no ves que es blanca”

Y fue allí cuando me di cuenta que estaba siendo diferenciado de mi propia madre, que una etiqueta se me había sido asignada sin mi consentimiento. Estaba siendo definido por la sociedad, incluso unos inocentes niños percibían lo distinguible. De pequeño recuerdo haber tenido incómodos encuentros y conversaciones en los que a mi madre se le preguntó -para referirse a mí- varias veces inapropiadamente: “¿Es adoptado?”. Ella como una campeona abordaba tales situaciones siempre de la misma manera, bromeando “Si, sí que lo es, ¿Es tu cerebro adoptado también?” redpondía diplomáticamente.

En aquel momento, las opiniones y comentarios que la gente expresaba hacia mi raza me parecían simplemente actos ignorancia pura y dura (me pregunto si el ignorante era yo). Ciertamente, me tomaría un montón de tiempo antes de que pudiera interiorizar aquellos episodios de realidad y, cuando finalmente ocurrió -bien entrado ya en la adolescencia- supuso un trago amargo. Era un chico mestizo y mi camino hacia mi identidad estaba aún por ser explorado.

Todo se volvió más claro en mi etapa de adolescente cuando entré a formar parte de un grupo de teatro en el instituto, recuerdo que nunca pude interpretar roles de gran importancia debido a mi aspecto. Cualquier rol que involucrara un estatus social alto estaba fuera de mi alcance. Punto. Sin derecho a preguntas. Mis papeles quedaban encasillados en el chico marginalizado, el sin techo, el extranjero adoptado por la familia rica, el estudiante problemático, el pandillero. Sabía que iba a resultar imposible ganarle a este asunto del racismo; comencé a aceptar el hecho de que ser mestizo iba a definir mi vida, mi carrera, mi todo y que no iba a ver manera de pelear contra de ello. Tenía yo mismo que ser mi propio modelo a seguir, el buen ejemplo, si quería avanzar en mi vida. Era mi tarea, romper aquel estereotipo.

Siempre he definido mis orígenes étnicos como un cóctel de culturas, pues soy el resultado de una relación multirracial. Mi madre es de ascendencia italiana y española. Mi padre es venezolano-libanés. Sin embargo, mi autentico ser es en realidad una combinación de vastas experiencias de vida, que van más allá de mi procedencia.

Es interesante ver cómo frecuentemente la narrativa alrededor de la identidad es concebida y representada. Una creencia impuesta, enmarcada, una construcción social, una homogeneización de la raza. Nada puede estar más alejado de la realidad. La identidad fluye y se forma en cada persona de manera diferente. Eso es lo mágico al respecto, su fluidez. La identidad se refleja en los atributos y cualidades de las personas y de sus experiencias vividas. Un enriquecimiento interior que contrasta con la representación distorsionada que generalmente vemos en los medios de comunicación. Las etiquetas a las minorías también son vulnerables al cambio. Hoy puedes ser un ejemplo positivo, mañana se te puede ignorar o tratar con indiferencia, e incluso te puedes llegar a convertir en el enemigo. ¿Recordáis cuando ser árabe no tenía ninguna relación inmediata con el islam?

Odio admitirlo, pero nunca antes me había preocupado tanto tener el aspecto que tengo, como hoy en día. Durante el último año una sensación tenebrosa invade mi cuerpo cada vez que recibo miradas indiscretas de agentes de seguridad mientras viajo. Solo en los últimos 6 meses he sido detenido e interrogado debido a prejuicios raciales más veces que en los últimos cinco años. Se me ha interrogado deliberadamente y en varias ocasiones registrado mis pertenencias de forma arbitraria ¿Mi culpa? Tener un aspecto lo suficientemente arabesco como para detonar ridículos protocolos antiterroristas. Estas indignantes experiencias han vuelto a desenterrar olvidados dilemas identitarios, aquellos que yo creía que había superado ya hace mucho tiempo.

Es indiscutible que antes de que puedas probar que eres un inmigrante de los buenos, por defecto eres uno de los malos. Un individuo de sospechoso origen, un parásito dispuesto a vivir solo de las ayudas sociales y un oportunista listo para arrebatar los trabajos destinados a los autóctonos. La mayoría de estos miedos suelen venir por temor a lo desconocido. Es entendible tenerle miedo a alguien de otra cultura, me atrevería a decir que es incluso un instinto humano, uno que ni siquiera la civilización moderna ha sido capaz de eliminar de su sistema.

Aún así, esta más allá de la compresión que en un mundo globalizado y tan profundamente internacionalizado algunas personas aún posean mentalidades anticuadas sobre los inmigrantes. Atrás quedaron los días en los que las razas se exhibían en retorcidos zoológicos humanos para el placer de las élites blancas. Aun, muchos xenófobos preferirían ser despellejados vivos que proveerle un refugio a otro ser escapando de una sangrienta guerra. Suena extremo, pero estoy muy seguro que la realidad superaría a la ficción.

En un planeta donde la mercancía puede viajar libremente a todas partes es impactante que se continúen erigiendo fronteras para mantener a personas fuera. Es chocante que en un mundo tan rico no se le pueda proveer asilo y techo a aquellos que desesperadamente lo buscan, aquellos que sufren debido a nuestras estrategias políticas fallidas. Es repugnante creer que hay gente allí fuera que está en contra de darle una mano generosa a un niño, a una familia, a una mujer que está escapando del extremismo, de regímenes desastrosos, literalmente, del mismísimo infierno. Miedo es lamentablemente la emoción que actualmente lidera al mundo. En el pasado año hemos visto escenas horrorosas y exasperantes de odio e intolerancia y un espeluznante ascenso del discurso nacionalista en Europa y el mundo. Donald Trump es un claro ejemplo y síntoma de está rabia colectiva de algunos, así como también el frustrado ascenso de la derecha extrema en nuestro continente. ¿Cuánta gente inocente tendríamos que condenar de ostracismo para que esto finalmente pare? ¿Cuánta gente más tiene que morir antes de que hagamos algo?

Lo único que todo ser humano quiere es poder vivir en un lugar seguro, poder progresar, tener éxito, vivir una vida sana, decente y pacífica; contribuir, coexistir, ser parte de una comunidad donde poder mostrar su potencial y ser el mismo. Todos queremos tener libertad, amor, generosidad y apoyo. Es hora de cambiar nuestra narrativa y convertirnos en ciudadanos del mundo, unidos en una raza. Deberíamos todos estar peleando por la opresión, asqueados con el autoritarismo y la ignorancia. No debería de quedar lugar para el odio, la intolerancia en nuestra sociedad. El patriotismo no sólo está sobrevalorado sino también es innecesario y ridículo. El amor, la solidaridad y la verdad siempre prevalecerán y deberían convertirse en nuestro idioma común. Me enorgullezco de posicionarme como un ciudadano del mundo ¿Y tú? ¿Estás conmigo?


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Este artículo fue publicado originalmente en inglés el 13 de marzo de 2017 y puede leerse aquí.