Los testículos del toro

¡Joooder con la señora!, gritó el joven turista español cuando a una viejecita asiática no le importó ser una de las últimas en llegar y se metió entre la gente para sacarse la foto e invitar, uno por uno, a sus familiares para que hicieran lo mismo.

Alrededor de la estatua había de todo. Muchos indios, muchos chinos, españoles y alemanes, gente de los Balcanes, latinoamericanos.

Aunque los más civilizados (de todas las latitudes) querían respetar el orden, la tolerancia desaparecía ante los empujones, codazos y agandalles de quienes no aprendieron (en todas las latitudes) que en casa ajena hay que portarse bien.

Pero el comportamiento era natural. Estaban frente al símbolo del capitalismo salvaje: el toro embistiendo del parque Bowling Green, a unos pasitos de Wall Street.

El emblema de la fortaleza de los mercados (y de la fe en ellos) nació, irónicamente, de una crisis.

Tras una caída financiera (de entre tantas), en 1987, el escultor Arturo Di Modica gastó sus ahorros para hacerle un regalo a la ciudad y dos años más tarde apareció el bóvido de bronce frente a la Bolsa de Nueva York.

Ahí sigue (bueno, ahí cerca): con sus 3 mil 200 kilos de peso y sus más de 3 metros de altura es ahora una imagen que atrae a un tipo curioso de peregrinos: los turistas frotan los cuernos, los lomos y el prolongado hocico del animal como una petición de prosperidad económica.

Paradójicamente, la Gran Recesión, esa terrible crisis de 2008 que tal vez pospuso las vacaciones de estos visitantes por años, se gestó en ese mismo lugar, por ese mercado financiero a cuya efigie ahora le piden suerte.

La falta de una regulación adecuada de los mercados, un sistema que otorgó créditos a personas que no los podían pagar y la creación de complejos instrumentos de inversión que se convirtieron en bonos basura fueron algunos de los factores que provocaron una crisis de la que apenas estamos saliendo.

Pero al retirarme de la estatua, veo la gran sonrisa de una visitante argentina; está sentada en el piso mientras, con ambas manos, batalla por apretar el par de testículos de bronce.

Y si éste es un lugar para el optimismo y Argentina, un país que tanto ha sufrido por las decisiones de los mercados internacionales, me imagino que la intención de la turista era darle una lección al toro.

*Editor de las secciones Empresa y Tecno en El Diario NTR, y profesor universitario

@gabrielorihuela | goe@ntrguadalajara.com

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