Ríos

Antes de que el río fuera río por allí no pasaba nada. No había ninguna fuerza que arrastrara colina abajo. Un día el agua empieza a correr y, si corre frecuentemente, marca la roca y empieza a labrar un cauce.

Antes de que temieras quedarte solo por allí no ocurría nada. No había ninguna emoción que te arrastrara colina abajo. Un día las emociones empiezan a correr y, si corren muy frecuentemente, marcan tu cerebro. La ansiedad por la separación de los padres, si se vuelve costumbre, crea un circuito. El mecanismo que se dispara cuando la madre sale del dormitorio, es el mismo que se activa cuando perdemos un gran amor. Elevados niveles de cortisol y separaciones prematuras van de la mano. Igual de indefenso está el bebé que el adulto ante ese caudaloso movimiento emocional.

En mi hay cauces tan profundos que no entiendo. Aceptarlo y ser consciente de que existen parece la única opción posible. Conocer nuestros ríos, sobre todo los caudalosos y profundos, tantear el esfuerzo necesario para hacer frente al caudal. El desarrollo de los mapas afectivos es laborioso y depende, marcadamente, de elementos tan aleatorios que en lugar de zambullirme en la interpretación minuciosa del río prefiero perseguir el destello de un nuevo resplandor.

De modo que he elaborado un mantra a partir de una frase de Antonio Damasio: “La mejor manera de precipitar el final de una emoción negativa es generando otra emoción de la misma intensidad pero de signo contrario”. Ante un estado de angustia, me dejo llevar imaginando que me arrastra agua limpia que discurre por mis cauces internos. Si me detengo a escucharme más detenidamente puedo sentir como la angustia sigue corriendo y, el agua transparente, trae ciertas ilusiones que a veces se encuentran dormidas. Me quedo con ellas el tiempo suficiente para reír. Luego vuelta a empezar.

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