Starry Me

Todos los silencios que soy

Todos los silencios caben en una sola persona, por eso, afirmo que conozco todos los silencios del mundo. Desde el silencio de la negritud pacífica del vientre materno, donde no existe nada más porque todo es pleno y tibio y satisfecho. El silencio es la expresión de eso.

El silencio de la falta, que nace en la infancia y crece a cada edad, dado a luz por quienes nos programan para ser y estar en el mundo como debe ser. Se reproduce como un ser mitológico de cientos de cabezas. Se agota cuando se suspende la costumbre de mentirse a si mismo, o no se agota. (Lo he dejado olvidado en una casa vacía.)

Con el de la soledad me entiendo bastante bien. Este silencio es la impronta originaria del Ser y por mi parte no tengo nada que reprocharle. Pocas compañías me han dado tanta luz y satisfacciones personales: pensar y hacer es lo que enseña. La sosegada paz del uno mismo va de su mano, igual que los pequeños triunfos y las habilidades personales acrecentadas con esfuerzo. Y silencio. No se confunda esta especie con la pena, que es un vacío de amor y, por tanto, no es silencio sino carencia.

Hay un silencio que no lo es tanto porque lo abarca todo, y su magnitud está llena. Ahí el canto de las aves. El sonido de la lluvia, como deditos de niño golpeando los cristales. El mar en una caracola. El viento deslizándose en las ramas o el cabello. El mar que repite su rumor milenario. El sollozo tibio de los amantes. La risa cómplice que lo hace estallar en diminutos cristales.

Soy la noche estrellada de mi propio silencio.