Ya hubiera llegado a Sayulita

800 kilómetros desde San Francisco Tlalcilalcalpan, mi pueblo, hasta Sayulita, Nayarit. Ya hubiera llegado corriendo, claro, en 10 meses.
Créditos: Grant Snider, 2018. URL de la fuente: http://www.incidentalcomics.com/2018/09/running.html

¿Cómo es que alguien como yo, con una vida híper-sedentaria, pudo haber iniciado a correr? Todo inició sin haberlo pensado demasiado, igual que tantas cosas en mi vida. En febrero de 2018 comencé a trabajar en una biblioteca, para llegar a las 8 am tenía que levantarme desde las 5:15, después de un baño fresco salía de casa a las 6 en punto. No era algo motivador pero tenía que trabajar, tampoco era algo nuevo: cuando iba al bachillerato, entre 2005 y 2008, mi día iniciaba desde las 4:45 am. Así que el año pasado mi ritmo de vida dio un giro y mi despertador biológico se tuvo que adaptar. Bastó una semana para que, sin mayor dificultad, estuviera despierto a las 5 am.

Y fue en ese momento la revelación. El primer sábado de descanso desperté, me quedé echo bolita en la cama y caí en un abismo, el fondo del abismo: los pensamientos. (Aquí describo lo que en adelante será referido como los pensamientos.) Tuve la sensación de mirarme desde fuera, como si una cámara de video hiciera una toma cenital. Me vi acostado, sin motivación y lleno de pereza. Me sentí desperdiciado. Pensé, “cabrón, tienes 27 años, es la etapa de la vida en que tienes energía y salud”. “ Por lo menos deberías tener ganas de hacer algo, además del trabajo con un sueldo mediocre.” Entonces, por instinto y para protegerme en mi estado de conformidad, puse música, miré algunos videos de conciertos y traté distraerme. Lo logré. Superé la prueba el día sábado. No imaginaba que la mañana siguiente ocurriría algo parecido, quise levantarme de la cama pero era muy temprano así que me forcé a dormir hasta las 11 am.

Llegó el siguiente fin de semana, un sábado 10 de marzo. Inevitablemente desperté a las 5 am y, como el fin de semana anterior, me forcé a dormir. Desperté algunos minutos antes de las 7, los pensamientos regresaron insistentes. Me fastidié, no sé por qué lo hice pero me levanté, me puse un short que no era muy deportivo, unos tenis (cuando los compré nunca pensé que los utilizaría para correr) y una playera de manga larga. Salí de la casa como 7:30, caminé todavía sin saber cómo daría la primera zancada para correr, solo caminaba. Llegué a la unidad deportiva e hice algunos ejercicios, algo así como de calentamiento. Con toda la pena del mundo y tratando de que nadie me viera comencé a trotar. La -por así decirlo- pista para correr tiene unos 650 metros (esa distancia la supe algunas semanas después) y yo solo tenía en mente dar una vuelta, acabarla por dignidad y ya. Deseaba regresar a mi casa en donde podía estar sin que nadie me viera. Terminé la primera vuelta con jadeos y caminé un poco, me propuse dar una vuelta más aunque caminaba por algunos momentos. Di tres vueltas y me regresé a casa. No lo sé, me sentí un poco apenado (hago este paréntesis para acotar que soy una persona extremadamente tímida e introvertida). Al bañarme me di cuenta que los pensamientos habían estado ausentes, correr fue una forma de enfrentarme y pelear contra ellos.

Evidentemente terminé cansado y con la garganta irritada. No sabía respirar y cuando lo hacía corriendo mi garganta se irritaba y terminaba con una infección que duraba 2 semanas, anteriormente eso me servía para justificar mi falta de ejercicio. Con algunos remedios caseros lo alivié. La mañana siguiente, el domingo, lo volví a hacer, antes de recibir la visita de los pensamientos ya estaba decidido a salir a correr. Salí un poco más temprano. Fue la primera carrera que registré en la app de Nike. Corrí en total 6.04 kilómetros en un tiempo de 44:18, el ritmo fue de 7:20 minutos por kilómetro. No lo hice para presumirlo en redes ni para compararme con mas personas. Lo hice para tener registro de mi actividad física, lo que se convertía también en una forma de motivación.

El lunes siguiente no podía ni subir al autobús. Me dolía todo. En otro tiempo hubiera aborrecido ese dolor, pero esta vez sabía que ese dolor lo había obtenido a causa de mitigar los pensamientos. Pasó una semana y un día y tontamente tuve mi primera lesión: pisé la pared. ¿Eso es posible? Pues en un mundo paralelo, evidentemente el mío, eso es tan posible y tan poco sorprendente. Di un paso hacia atrás y mi talón pegó fuerte con la pared. Se me inflamó la bursa del tendón de Aquiles.

A propósito de este texto, acabo de recordar una noche del 2017, soñé que corría en Ciudad Universitaria de la UAEMéx. Ahí hay un circuito para correr y dar la vuelta al cerro de Coatepec. He pasado caminando por ese lugar en mis años de licenciatura. Bueno, pues en el sueño yo corría por el circuito y me sentía a gusto. Al despertar conservaba esa sensación agradable que había experimentado durante el sueño. No lo comenté con nadie más y tampoco tuve la intención de hacerlo realidad. Un día en abril del 2018, a la mitad de la carrera me daba cuenta que mis piernas se despegaban del suelo y mi velocidad aumentaba, vino a mi mente una voz muy profunda y me dijo:

— “¡Verga, realmente estoy corriendo!”

Se dibujó una sonrisa y pensé:

— “¡Claro, como en el sueño!”.

Con que eso se siente que los sueños se vuelvan realidad.

Correr se volvió una parte fundamental en mis días de descanso laboral. Me hizo conocer mi cuerpo y de paso quitar la lonja que me impedía sentarme a gusto para escribir. Los pensamientos siguieron presentes en varias ocasiones durante el 2018, fueron mis compañeros todas las tardes cuando regresaba del trabajo a la casa. También se aparecían en cada almuerzo. Por lo menos no en fines de semana por la mañana. Como era de esperarse perdí peso y los músculos de mis piernas se han hecho firmes. Me gusta, pero me gusta más mi cuerpo por lo que es capaz de hacer.

He salido ha correr en estos días de invierno, algunos días son muy fríos, -3º en San Francisco Tlalcilalcalpan eso es frío; eso y considerando que estamos a 2770 metros sobre el nivel del mar es un buen obstáculo. Un día me di cuenta que mi cabello estaba mojado y muy frío, mi sudadera tenía escarcha. Jamás había imaginado que algún día lo podría hacer en una mañana helada.

Una mañana de agosto completé mi primera carrera de 10km, el día de mi cumpleaños (3 de septiembre) me di como regalo 14km, y en octubre completé una carrera de 15km con un ritmo promedio de 4:45 minutos por kilómetro. Después de un bajón muscular que tuve a finales de noviembre y que se alargó durante tres semanas de diciembre, en enero, o sea hace unos días, volví a correr una distancia larga para mí. El domingo hice 10km, casi escupo el riñón en la carretera, esta vez, a diferencia de todas las veces anteriores que he salido correr, lo hice fuera de la unidad deportiva. Corrí por las calles y regresé por la carretera Toluca — Amanalco. No tuve más remedio que terminar los kilómetros que me había propuesto. Me sentí muy cansado pero totalmente satisfecho a pesar de haber bajado mi ritmo de carrera a 5:34 minutos por kilómetro. En el día, mientras estaba en misa con mi mamá, tenía un agradable dolor en el cuerpo y ligero. Recuerdo que tenía ganas de sonreír en plena homilía, la razón era que me sentía feliz.

El lunes, es decir ayer, volví a correr 10km. En realidad mi meta eran solo 8km pero ya entrado en calor y dándome cuenta que las piernas me exigían un poco más de esfuerzo completé un poco más de 10. Faltando 2 km para terminar me quité la sudadera, con ella me cubrí la cabeza y el cuello. Terminé ¿cómo puedo decirlo?, terminé siendo muy feliz. Me aplaudí en los muslos y levanté las manos en señal de victoria. ¿A quién derrote? A los pensamientos. No los maldigo, al contrario, les doy gracias por haberme hecho correr. No sabía que en esta actividad encontraría una forma de ser feliz. Es más, no recordaba qué se sentía ser feliz.

Algo que quiero compartir es que desde que comencé a correr no me he inscrito ni he participado en alguna carrera, la verdad es que no me da la gana correr junto a más personas. Aunque sí tengo un motivo para hacerlo: quiero una playera de manga larga de esas que dan para correr, ya que las dos que tengo no quiero que se gasten, me gustan mucho y me siento cómodo con ellas.

Hoy tuve mucha dificultad para salir de la cama, de hecho casi me quedo acostado en toda la mañana. Así que hice un esfuerzo muy grande para poder llegar la la unidad deportiva, pensando conservar los músculos en forma solo corrí 5 km e hice algunos ejercicios de equilibrio y relajamiento. Mañana tendré fuerza para volver a correr. Espero terminar el año con los kilómetros suficientes para decir “ya hubiera llegado Guaymas”.


Si has llegado hasta este párrafo tendré que hacerte una confesión. He estado leyendo De qué hablo cuándo hablo de correr, de Haruki Murakami. No puedo negar que después de llegar a la mitad de ese libro me han dado ganas de escribir.

Ya hubiera llegado a Sayulita, caramba.