El monstruo que perseguía al silencio

Silencio, silencio es lo que siempre escuchó Oliver de su padre.

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Silencio, silencio es lo que siempre escuchó Oliver de su padre. Silencio cuando entraba a la casa, silencio cuando comía la cena de la misma usual manera que lo hacía todos los días, silencio cuando lo saludaba después de un arduo día de escuela. Pero no todo era silencio en la casa, cuando su padre salía y hacía el mantenimiento de su nada menos que perfecto jardín; su santuario; nacía música. No cualquier tipo de música, volaba la vibración infinita de unas cuerdas vibrando en la inmensidad del espacio que hay entre una cuerda y el cielo, escuchaba la cuerda vibrar en lo terminal que es la tapa armónica de un violonchelo igual de impecable que su jardín. Oliver jamás entendió lo que pasaba en el jardín, su madre le tenía prohibido salir al patio trasero a observar a su padre crear la única cosa buena que el señor Granados sabía hacer.

A Oliver nunca le importó, su padre, de todas maneras, nunca lo había invitado al jardín, y cuando él le preguntaba que hacía tanto tiempo ahí, él le contestaba: “Algún día lo entenderás”. Oliver creía que era una forma de seguir haciéndolo a un lado, de apartarlo de su ya intangible vida. Pero él seguía escuchando la música desde su cuarto, cuando su padre abría las puertas corredizas oscuras que conectaban el corazón de su casa con el patio trasero. Nunca fue la misma canción, nunca fue el mismo tempo, nunca fueron los mismos instrumentos, cada día, descubría algo nuevo, con el tiempo la música fue cambiando de género, algunas veces escuchaba baladas simples, otras veces podía escuchar complejas sinfonías, pero al final, el último día que su padre puso las plantas de sus pies sobre su adorado jardín, escucho algo totalmente diferente a lo que había escuchado por doce años de su vida, era una obra maestra, una sinfonía con todos los instrumentos de los que él alguna vez tuvo conocimiento, escuchaba sonidos que ni si quiera él sabía que eran posibles escuchar, sonidos que le eran incomprensibles pero que le causaban una catarsis de emociones, le hicieron hervir la sangre de la emoción, sentía como el vapor de su sangre escalaba su cuerpo, no sabía por dónde saldría, comenzó a sentirse ansioso, tocó su corazón, y después escapo por la única parte en la que un humano puede expresar la intimidad de su cabeza, por los ojos; lágrimas condensadas de tanta emoción que su cuerpo pudo sentir caían de sus ojos, las lágrimas eran empujadas por la gravedad al mismo ritmo que la sinfonía, se mezclaban con la obra maestra que él escuchaba, al mismo ritmo, y después; el silencio. Un silencio que por alguna razón Oliver esperaba que fuera sobrellevado con racimos de aplausos, pero solo escuchó silencio.

Su padre abrió la puerta corrediza y volvió a entrar a la casa, después, la cerro de una manera ensordecedora, Oliver no sabía que ocurría, vio a su padre salir de la casa por la entrada principal, entrar en el auto al mismo tiempo que el motor rugía y vio el auto marcharse. A los treinta minutos escuchó el mismo motor afuera de su casa, era su padre, venía con un espejo del mismo tamaño que él, vio como su padre batallaba para poder coger el espejo y entrar a la casa, vio como pateo las puertas corredizas y puso el espejo tapando la salida al patio trasero, el espejo reflejaba el corazón de la casa, casi toda la sala, la entrada, el comedor, hasta la puerta que dirigía a la cocina eran visibles, su madre miraba horrorizada y gritaba preguntando de manera arrebatada qué es lo que pasaba por su cabeza, el señor Granados sonrió y entregó su ultimo silencio, y se marchó. Oliver y su madre jamás volvieron a ver al señor Granados.

Su madre nunca entendió por qué se marchó, ante tanta incertidumbre solo quedaba sanar la gran herida que su esposo le había dejado en el corazón de la única manera que lo hemos sabido hacer desde el primer hombre, y de la única manera que el último hombre podrá; llorando. Oliver se derrumbaba siempre que veía a su madre llorar, no sabía cómo consolarla, que decir, como no herirla en un intento heroico por apartar el huracán que se formaba en sus ojos. A Oliver no le quedaba nada, más que salir por la puerta de su casa y subir al techo para esconder de su madre sus propias lágrimas. No podía detenerlas, seguía sintiendo ese cosquilleo en su cuerpo acercándose por su pecho, acariciando su corazón y escapando por sus ojos orvallamente.

Pasaban los meses y seguían llorando al señor Granados, Oliver nunca entendió por qué le dolía tanto su partida, si para su padre nunca significó nada más que un estorbo, una tarea que tenía que cumplir, hasta que se cansó y lo abandonó. Después entendió que no lo extrañaba a él, extrañaba la música que creaba en el jardín, esa música que solo podía ser escuchada después de un silencio ubicuo que SI, LO EXTRAÑABA extrañaba a su padre y no había forma de poder esconderlo, que no daría por pretender escucharlo, que no cambiaría para que su padre siguiera estando ahí ignorándolo, por que siguiera estando en el jardín, en la casa, en su corazón. Oliver todos los días después de la partida de su padre se miraba en el espejo que su padre había dejado en las puertas del jardín, seguía sin ver el jardín pero admiraba el espejo, nunca entendió porque el espejo reflejaba toda la casa, a su madre, pero no le mostraba su reflejo, era como si para el espejo él no existiera. Su madre le decía que era su imaginación que su reflejo salía claramente en él y mientras ella lo veía en el espejo, Oliver la miraba pero no podía verse a sí mismo.


Pasaron los años y Oliver cumplió dieciséis años, cuatro años desde la partida de su padre, su vida seguía siendo igual, ahora su madre tampoco estaba en la casa, se la pasaba trabajando en cualquier empleo que pudiera encontrar, pero nunca fue suficiente trabajo para olvidar el vacío que su esposo le había dejado, tenía dos trabajos, en la mañana era cajera de una farmacia, y en la tarde era mesera en un restaurante de la ciudad. Oliver volvía de la escuela y se encontraba con el silencio que la ausencia de su familia formaba, había descubierto algo estos últimos cuatro años, un invento llamado cigarrillos, evocaban el instinto primal del hombre de crear fuego y quemar todos los problemas, una bocanada de humo a la vez. Su madre llegaba a altas horas de la noche, entonces el siempre aprovechaba el crepúsculo del día para subir a su techo, y encender los cigarrillos que hicieran falta para sacar todas las lágrimas que tuviera atrapadas en su cuerpo.

Las estrellas iluminaban el cielo una por una, Oliver veía como la oscuridad del cielo era agujerada por la luminiscencia de la esperanza, miraba el cielo; escuchaba el silencio. Se quedaba ensoñando recostado en las faldas de la noche, su techo, hasta que llegaba su madre, veía como llegaba arrastrando sus pies, con el chaleco negro del restaurante recostado en sus hombros, Oliver sufría, quería proteger a su madre, se sentía obligado en hacer lo que su padre jamás se había atrevido a hacer. Y al siguiente día le dijo a su madre que dejaría la escuela y tomaría el lugar de su madre en el restaurante, por supuesto su madre se opuso, pero al final el brío con el que Oliver tomó la decisión la convenció y habló con el dueño del restaurante para que lo aceptaran. El dueño aceptó, habiendo notado antes que Oliver el alma lisiada de su madre luchando por su hijo. Ni Oliver ni la señora (antes Granados) Valencia notificaron a la escuela e ignoraban las llamadas de la misma hasta que eventualmente cesaron. Oliver seguía de vez en cuando mirando el espejo que su padre había dejado, pero seguía sin poder ver su reflejo.

La vida alcanzó un equilibrio en la casa de los Valencia, Oliver comenzó a tomar el turno de la mañana en el restaurante y llegaba poco después que su madre, Oliver traía cualquier platillo que hubiera sobrado del restaurante o cualquier experimento del cocinero y comían juntos. El recuerdo del señor Granados no rosaba ni si quiera el recuerdo de Oliver y su madre, lo habían superado. Oliver había superado el silencio y comenzó a soñar. La familia Valencia no le sobraba nada para poder gastar en lujos, pero Oliver comenzaba a juntar dinero de propinas (que no reportaba a su madre) para poder comprar su propio violonchelo e intentar recrear esa oda que escucho el día que su padre lo abandono. Guardaba el dinero en el estuche donde su padre guardaba las herramientas para el jardín, que a pesar de haber sido usadas por más de doce años, seguían intactas. Llegó a estar tan cerca de lograr la cantidad que necesitaba para ir a la tienda musical de la ciudad, donde soñaba todos los días en el techo de su casa como sería abrir el estuche la primera vez y ser azotado por el olor de madera nueva, de metal esperando el ser frotado para poder vibrar y gritarle al silencio, el sentimiento de usar el arco como espada y derrotar al dragón del silencio, para poder empezar el camino en la enseñanza musical donde el destino final era esa música que no podía sacar de su cabeza y ese sentimiento que le había dejado. Pero la realidad lo esperaba una tarde llegando del trabajo.

Abrió la puerta de su casa y cargaba consigo la comida de ese día que tristemente solo era ensalada y unas cuantas piezas de pollo que habían sobrado en el restaurante, pero se quedó asombrado con la cantidad de bolsas que vio al entrar al comedor, después fue golpeado por el olor a comida casera hecha con ingredientes de buena calidad — llevaba suficiente tiempo en el restaurante para poder distinguir los olores — su madre estaba cocinando, y no solo eso, se dio cuenta como había una vajilla diferente, cubiertos de mayor calidad y dos juegos de diferentes tipos de sartenes. Se quedó asombrado no había visto a su madre de tan buen humor en años,

“¿De dónde sacaste tanto dinero para comprar todo esto?” preguntó Oliver, incrédulo.

“Cuando el idiota de tu padre nos abandonó olvidó mucho dinero guardado en su estuche de herramientas, jamás me había atrevido a abrirlo pero estaba buscando la paleta para sacar hierbas de la acera y lo encontré” dijo con una sonrisa en su rostro, las lágrimas comenzaron a hundir los ojos de Oliver y se fue corriendo a encerrar a su cuarto, su madre no sabía lo que pasaba y desconcertada fue a tocar la puerta de su cuarto y preguntarle qué estaba pasando, estuvo haciendo eso alrededor de una hora, hasta que Oliver salió y le explicó lo que había hecho, le contó de donde venía ese dinero, y le dijo de su sueño, ahora arruinado, de aprender a tocar el violonchelo, a lo que su madre le contestó,

“Déjate de chingaderas, ya estás muy grandecito como para andarte con esas cosas, la casa es primero, nosotros somos primero, y dinero que haya en la casa dinero que se usará en ella” dijo su madre ahora furiosa. Oliver cerró la puerta y comenzó a sollozar fuertemente, su madre le gritaba que se callara pero el volvió a escuchar el silencio. Su sueño había muerto, ya no podía ahorrar dinero de nuevo por que sin importar donde lo guardara su madre se las ingeniaba para encontrarlo y gastarlo en ella y en cosas para él, que despreciaba, al ver su violonchelo ̶̶̶ su única esperanza en poder combatir el silencio que tanto aborrecía y le hacía recordar a su padre ̶̶̶ convertido en camisas, pantalones, relojes, que según él, no necesitaba.


A los dieciocho años Oliver ya tenía dos trabajos, su madre había dejado de trabajar, su madre aún recolectaba todo el dinero que pasaba por él; Oliver seguía escuchando el silencio. Ya había tanto silencio que había tomado forma, había tomado la forma de un monstruo con dos piernas, dos brazos, dos cuernos, era como una sombra que emanaba humo cuasinvisible, era de todos los colores, tenía todos los olores, sus ojos eran dos llamas del color de las estrellas y lo que más tristeza le dio a Oliver es que hasta este monstruo, este monstruo que él se negaba a creer que existía, era indiferente a su presencia, el monstruo nunca lo volteo a ver, nunca se interesó en él, era como si ni si quiera para el monstruo él existiera.

El monstruo solo se interesaba en seguir a su madre, Oliver se dio cuenta que desde que el monstruo apareció en la casa, su madre volvía a llorar todo el tiempo, veía a Oliver y su madre lloraba. Su madre comía y lloraba. El monstruo vivía viendo fijamente a su madre. Oliver se preocupaba por su madre porque no sabía que era lo que pasaba, no sabía si había perdido la razón y lo que pasaba era solo su imaginación, así que un día decidió preguntarle a su madre si ella también veía al monstruo que la seguía, a lo cual su madre ni si quiera pudo contestar y comenzaba a llorar. Después de unas semanas Oliver se dio cuenta que el monstruo si tenía voz, veía como cuando iba de tras de su madre el monstruo murmuraba algo, el intentaba escucharlo pero no podía. El monstruo no se marchaba, Oliver intento confrontarlo y el monstruo jamás se dio cuenta de su existencia. El monstruo no dormía, solo iba y se quedaba esperando a que su madre despertara para poder comenzar a seguirla al día siguiente.

Una noche, decidido a entender que era lo que pasaba con el monstruo, entro al cuarto de su madre cuando estaba dormida para poder ver que era lo que el monstruo hacía mientras su madre no lloraba. Entró al cuarto sigilosamente, descalzo para evitar cualquier sonido no deseado, y vio al monstruo parado sobre su madre, viéndola fijamente, con esos ojos brillantes que parecían iluminar con más oscuridad el cuarto. Cuando Oliver se quedó entre la cama y la pared viendo al monstruo, el monstruo abrió la boca, sus colmillos gigantes haciendo el sonido de una espada mojada siendo desenvainada, el pecho se le sumió como preparándose para dar el grito más fuerte que jamás hubiera sido escuchado, y lo escuchó, Oliver escuchó la voz del monstruo, Oliver estaba llorando, lagrimas caían en su ropa como cascada, no podía creerlo; era música, el monstruo estaba haciendo un esfuerzo sobremonstruesco y estaba saliendo música de su boca, Oliver no pudo sostenerse y se dejó caer de rodillas, lo comprendía, comprendía todo lo que estaba pasando y sabía lo que tenía que hacer. Oliver fue por sus cigarrillos y subió al techo de su casa, se acabó toda la cajetilla esa misma noche, cuando ya era de mañana le dijo a su madre que no iría a trabajar ese día,

“Por fin tengo algo verdaderamente importante que hacer” le dijo a su madre sonriendo. A lo cual su madre simplemente le contestó con una sonrisa seguida de lágrimas puesto que el monstruo no descansaba y seguía persiguiendo a su madre. Oliver se dirigió al espejo, y por primera vez en los seis años que el espejo había estado en guardia permanente en la salida al jardín, podía ver su reflejo, se veía, el espejo lo reflejaba, Oliver no podía contener su felicidad, su emoción, su algarabía, tocó el espejo y por fin sintió la luz reflejada de sí mismo, estuvo parado enfrente del espejo por dos horas sin cansarse, sin perder una pisca de su felicidad, mientras los sollozos de su madre seguían retumbando por toda la casa.

Oliver salió y compró otra cajetilla de cigarros, llegó a su casa y ni si quiera entró, solo subió al techo a seguir fumando, hasta que su boca se asqueara del sabor del tabaco. Estuvo tarareando, estuvo reflexionando, estuvo escuchando el silencio, por primera vez sentía el silencio, y no le importó. Cuando el sol calló, Oliver bajó y se dirigió hacia donde estaba el estuche de herramientas de su padre. Tomo las tijeras de podar que guardaba su padre y sintió su metal, sintió el sonido que hacía su dedo al deslizarse por el filo de cada una de las hojas y arrancó una mitad de las tijeras, para quedarse con solo una cuchilla, había creado un tipo de cuchillo gigante. Sin poder contener la emoción se dirigió al cuarto de su madre, en medio de risillas entró al cuarto y vio al monstruo sobre su madre otra vez. Oliver caminó lentamente hacia el lecho donde se encontraba su madre descansando, se veía tan en paz, tenía una sonrisa dibujada en su rostro, el monstruo comenzó a gritar la música, Oliver se acercó a su madre, recogió el pelo que le cubría la cara, se lo acomodó detrás de las orejas, besó su frente, acarició sus mejillas, y colocó la cuchilla en su cuello. Poco a poco Oliver comenzó a arrastrar la cuchilla por el cuello de su madre, Oliver lloraba de la emoción, no solo cortaba el cuello de su madre, construía el camino que siempre quiso, el camino hacia la música. Cuando acabó de cortar su cuello y la sangre comenzó a ser expulsada al ritmo de su corazón latiendo cada vez más lento, al mismo tiempo que la música bajaba su ritmo, Oliver vio como la sangre se evaporaba, ya jamás se formarían en lágrimas. Oliver vio al monstruo, y el monstruo lo vio a él. El monstruo se bajó de su madre y salió del cuarto. Oliver dejo la cuchilla en la cama y juntó las manos de su madre, y las puso sobre su abdomen manchado de sangre, y siguió al monstruo. El monstruo se dirigía al jardín, se detuvo en el espejo, y Oliver no veía el reflejo del monstruo, solo el de él. El monstruo golpeó con su puño el espejo y lo rompió en mil diminutos pedazos, el monstruo avanzó y salió al jardín. Oliver salió y bajo la luz de la luna lo vio, vio el jardín que tanto había soñado ver, pero estaba todo seco, estaba cubierto por una una sábana dorada y avanzó, y vio, en medio de todo el jardín, apareció un tulipán rojo, uno muy chico, un tulipán muriendo, pero el monstruo lo tomó y lo compuso, el tulipán creció enfrente de los ojos de Oliver y el monstruo se lo entregó. Oliver miró al cielo, y comenzó a escuchar, por primera vez, la sinfonía de su vida. Y Oliver, Oliver sonrió.