Nunca olvidamos

Dejadme que os cuente una historia. La historia de los que nunca olvidamos.

Por lo visto, la mayoría de personas son incapaces de olvidar. Me cuento entre ellas. Pero la cuestión es que mi mente es así de perversa. En realidad sí que soy capaz de olvidar: realizo olvidos selectivos. Cosas que me avergüenzan, cosas que he hecho mal, episodios de mi pasado que prefiero mantener encerrados en su opaca burbuja para que no me hagan daño… incluso alguna que otra cosa que me han hecho y que prefiero arrinconar en algún lugar de esa oscuridad, porque el agua hay que dejarla correr para que no se estanque y pudra. Hay que avanzar, reconocer los errores, y saber pedir perdón.

Pero hay algunas personas que, en cambio, les sucede todo lo contrario. Organizan su vida en torno a ellas, el mundo gira a su alrededor, y por sistema olvidan el daño que han hecho, distorsionando la realidad para amoldarla a su falta de conciencia o escrúpulos. Crean su universo paralelo en el que son intocables y forjan una red de conexiones con otras personas pensando que existe un beneficio mutuo y por tanto tienen derecho a emplearse con saña. Aquello de que quien más te quiere te hará llorar… Todo mentira.

En ocasiones se cruza en mi camino alguna persona de esas. Es importante recalcar que cada vez son menos, porque afortunadamente para mi, ya les voy reconociendo y les aparto de mi camino antes de que puedan poner un pie y ensuciarlo con el polvo de sus botas.

En ocasiones, también, esas personas salen de mi camino. Voluntariamente o invitados a ello. Por mi o por otras. En días, meses o años. No viene al caso.

Pues bien. Huelga decir que mi obtusa facilidad para ejercer el olvido selectivo es de todo grado compatible con mi grandísima capacidad de perdón, y a su vez, con mi afiladísimo sentido de la venganza; las cuales ejerzo asímismo de manera caótica e inmotivadamente.

Como buen estratega, para mantener el control sobre el tablero de juego, en ocasiones es necesario renunciar y sacrificar unidades… incluso las mías propias. Mantener el equilibrio alcanzado siempre se encuentra entre mis prioridades. Esto no significa que no arriesgue en la vida (en ocasiones, más de lo que debiera), pero al sopesar los efectos dañinos que desequilibrar la balanza podría acarrear, prefiero absorver las colisiones que dañen mi línea de defensa para preservar el bien mayor: el círculo de mi estabilidad. Llegará el tiempo de la venganza, que se sirve fría, y en ocasiones, ni siquiera la ejecuto yo. Hay otros con más poder que tienen la potestad adecuada, a quienes cabría agradecerles las cosas.

Pero una vez dado el paso, una vez que esos seres humanos tóxicos salen de mi vida… ¿qué cabe esperar por mi parte? Como buen cristiano, tengo dos mejillas. Y pongo las dos. Así lo dice la Biblia. Primero una, y luego la otra. Pero cuando se me acaban las mejillas, las Escrituras no dicen nada al respecto. ¿Y entonces, qué?

Como he dicho antes, la hipocresía y la falsedad son dos armas que en ocasiones hay que emplear para preservar el status quo. Es necesario realizar sacrificios y aguantar golpes y humillaciones que esas personas asumen que debes sufrir porque sí. Pasado el desconcierto inicial, llega la pérdida y el regocijo en el alma que supone el que estas personas ya no puedan herirte.

Podrán, por supuesto. Pero en otros ámbitos. En otros campos de batalla. En otras guerras. Pero no en la que ya estabas embarcado. Esta termina cuando su ficha cae sobre el tablero.

Y uno se pregunta. ¿Será tan necia que aún pensará que entre nosotros pudo sobrevivir aquello que una vez nos unió y que permitió que entrara en mi círculo? Se ve que en ocasiones, sí.

No se trata de emplear el término necedad aleatoriamente. En su segunda acepción según el Diccionario de la Real Academia, un necio es quien se halla falto de inteligencia o razón. ¿Puede acaso una persona que, valiéndose de su relación conmigo, me ha empleado para conseguir sus propios fines, y ha menospreciado mi condición como ser humano (sin entrar en detalles) para su propio beneficio, esperar que sienta pena, lástima o compasión hacia ella?

Cristinamante, debería. Pero como he dicho, mi cristiandad termina cuando aún resuena el segundo bofetón en mi segunda mejilla, y empieza a encenderse encarnada y acalorada.

No debe ser difícil comprender que, obviamente, quien hace eso con una persona de su supuesta confianza, lo hace con otras, normalmente, todas las de su entorno. Porque se trata de una persona necia. Falta de inteligencia. De manual. Pensar que los demás son tan tontos que no ven todas sus faltas denota nuevamente su carencia.

Quien no se ha dado cuenta del daño que ha causado, es imposible que entienda por qué su ausencia no provoca sentimiento alguno. Ni en sentido positivo ni negativo. Indiferencia, tal vez.

Y si encima ha herido a quienes también se encuentran en mi círculo, peor se pone la cosa. Cuando muchos se alegran de que alguien abandone una senda para poder dejarles caminar, no son los caminantes lo que deben hacérselo mirar: es quien la ha abandonado. Tal vez no fuese todo tan injusto. Tal vez, su salida fuese la manifestación de la justicia.

Es hora de andar otros caminos. Pero siempre mirando de reojo atrás. Para no repetir los mismos errores.

Dixit.

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