Cry, baby.
Es todo lo que nos queda: el llanto.
Los gritos.
Aullar.

Las palabras ya no sirven.
No hay lenguaje civilizado que compartamos.
Si hablamos no nos escucharemos 
y si susurramos quedaremos sordos.

Ya no hay toques suaves.
Las manos son mazos. Garras. 
Nos golpeamos, abrimos la piel.

Llora.
Grita.
Busca la luna y síguela, aullando.

No digas nada. Nadie entiende tu dialecto,
mezcla de balbuceos y quejas.
¿Y si entendieran? 
Tampoco importaría 
porque nadie quiere escuchar.
Y tú ya olvidaste 
cómo se habla.

Grita, eso sí, fuerte.
Llora.
Pero sin molestar a nadie.
Sigue siendo una bonita pieza de museo,
el curioso borracho que no habla,
mira desde su mesa desatendida.
Y se muere.

Al que nadie recuerda.
Por quien nadie llorará 
ni gritará.

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