El fuego inolvidable

Uno de los pasatiempos favoritos en este mundo, desde hace unos 10 años, es dividirse entre los que aman profundamente a U2 y quienes los detestan, aún más profundamente. La intensidad de este ejercicio casi-deportivo es tal que pocos quedan indiferentes y los bandos ya empiezan a generar, como todo derby pambolero, nuevas generaciones de amantes y odiantes.

Yo debo confesar que me inclino más hacia el lado de los que ya no se emocionan con los irlandeses. Y se debe, básicamente, a que entre mis 14 y 30 años no hubo otro artista que me dijera exactamente lo que necesitaba escuchar. Ni modo, no puedo ser sensato con U2.

Lo que me pasa con Bono & Co. es que no encuentro en sus nuevos trabajos (desde el How to Dismantle an Atomic Bomb para acá: una década) lo que les sobraba en los años ochenta: esa combinación de carne, sangre y nervios que los distinguía. Decidieron reemplazarlo por soberbia, espectáculo y efectismo.

Edvard Munch, “El grito” (1893). Galería Nacional de Oslo.

La honestidad con la que abordaban los temas sociales −cuando canciones como Pride o Where the Streets Have no Name parecían el equivalente sonoro de El Grito de Edvard Munch− fue reemplazada por la actitud fría y autosuficiente del vocero.

Pero es mejor remitirme a las pruebas: al final, de eso se trata esta columna. Hay que revisitar The Joshua Tree. Es ese tipo de álbum que, aunque está cerca de cumplir tres décadas, parece haber sido grabado ayer. Es un ejemplo de la inusual confluencia de pasión, inspiración, talento y creatividad que marca a las grandes obras de arte.

El viaje sugerido pide dejar de lado las canciones clásicas: debe empezar en el quinto track del álbum.

Hay que dejarse atrapar por la profundidad abrumadora de Running to Stand Still (calificada en 1987 por la revista Time como ‘LouReediana’) y por la deslizante locura amorosa de Trip Through your Wires, flotar a toda velocidad por la velocidad de In God’s Country o One Tree Hill, solidarizarse con la compasión de Mothers of the Disappeared.

Y, lo más importante, date cuenta de cómo el mensaje de compromiso social y político no se siente forzado: está allí, entrelazado con la cumbre de la capacidad poética de Bono. Es simple, asimilable. Real. Honesto.

Escucha entonces las cuatro primeras canciones y, sin duda, lo harás con oídos frescos. Otra vez serás el adolescente que sabe nunca hallará lo que está buscando, que no puede vivir con o sin ese alguien, que percibe dolorosamente la ubicación de ese lugar donde las calles no tienen nombre.

Recuperarás el hechizo original y, al final, atrapado por el prodigio de un milagro, lamentarás lo que vino después. Lo que U2 pudo haber sido, las razones por las que no son mayoritariamente respetados. Lo que perdimos en el camino, pues.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.