Tres

¿Qué es la paz?

Debe ir más allá de la simple ausencia e conflicto. Quizás sea una habilidad que se fortalece con la práctica, debería partir de nuestra forma de enfrentar el mundo. No deberíamos anhelar la paz, sino actuar para fomentarla.

No hay modo de que alcancemos una paz duradera y próspera porque quemamos su pólvora en los infiernitos de la convivencia. Y en vez de gozar el bienestar, nos conformamos con las migajas de tranquilidad que caen de la mesa de la intolerancia.

Perdemos el tiempo en sus versiones esterilizadas de paz: la paz interior, la paz mundial, ignorar a tu vecino jodón o al ciclista gandalla. La concebimos como ausencia de conflicto, cuando quizás sea el resultado de una confrontación con nuestros hábitos.

Y así, el triunfo es de los agresivos: no hay más paz que evitar el conflicto, dejar paso libre al que arrolla. Por eso el mundo está así: vivimos en una época en que el grito desaforado domina la comunicación. El escándalo, la sangre y la tripa mandan.

Estamos cosechando lo que hemos sembrado: miseria. Moral, ética, económica, cultural, educativa: la que prefieran. Por eso la belleza pasa de noche.

Además, perdemos el tiempo discutiendo los méritos de lo bello, en lugar de simplemente apreciarlo. Todos podemos reconocer el impacto de lo degradante y agresivo, pero no nos atrevemos a pensar un poco más y ser atrapados por lo hermoso.

Hay que refugiarse en algún lugar en lo que pasa la tormenta. ¿Y si elegimos hacerlo en lo que nos parezca bello? Igual de belleza en belleza vamos abriendo el mundo. Rompiendo las crisálidas. Sonriendo.

Igual y así duele menos nuestro infierno interior.